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El Sindicato

El sindicato

«Sí, el sindicato es nuestra única esperanza», convienes tú. «Nos hace fuertes».

Ciertamente, nunca se dijo una frase más verdadera: en la unión está la fuerza. Le ha costado al trabajo mucho tiempo constatar esto e incluso actualmente muchos proletarios no lo comprenden del todo.

Hubo una época en que los obreros no sabían nada sobre la organización. Luego, cuando comenzaron a agruparse para mejorar su condición, se aprobaron leyes contra eso y fueron prohibidas las asociaciones trabajadoras.

Los amos siempre se opusieron a la organización de sus empleados, y el gobierno les ayudó a impedir y a suprimir los sindicatos. No hace tanto tiempo que Inglaterra y otros países tenían leyes muy severas contra cualquier organización de los trabajadores. El intento por mejorar su situación mediante un esfuerzo conjunto fue condenado como «conspiración» y fue prohibido. Tuvieron que emplear mucho tiempo los asalariados en conquistarse mediante la lucha el derecho de asociación; y, recuérdalo, ellos tuvieron que luchar por ella. Lo cual te prueba que los patrones nunca concedieron nada a los obreros, excepto cuando estos últimos lucharon por ello y les obligaron a otorgarlo. Incluso actualmente muchos empresarios se oponen a la organización de sus trabajadores; ellos la impiden siempre que pueden; hacen que detengan a los organizadores de los trabajadores y que los expulsen de la ciudad, y la ley está siempre de parte de ellos y les ayuda a hacer esto. O recurren a la argucia de formar cuerpos laborales falsos, sindicatos amarillos, en los que se puede confiar, y que harán lo que manden los patronos.

El fácil comprender por qué los amos no desean que tú estés organizado, por qué tienen miedo a la unión real de los trabajadores. Saben muy bien que un sindicato fuerte y combativo fuerza a unos salarios más elevados y a unas mejores condiciones, lo que significa menos ganancia para los plutócratas. Por eso es por lo que hacen todo lo que está en su poder para detener la organización de los trabajadores. Cuando no pueden detenerla, intentan todo lo que está a su alcance para debilitar el sindicato o para corromper a sus líderes, de modo que el sindicato no sea peligroso a los intereses de los patronos.

Los amos han encontrado un medio muy efectivo de paralizar la fuerza del trabajo organizado. Han persuadido a los obreros que ellos tienen los mismos intereses que los empresarios; les han hecho creer que el capital y el trabajo tienen «intereses idénticos» y que lo que es bueno para el empresario es bueno también para sus trabajadores. A esto le han dado el nombre que suena tan bonitamente de «armonía entre capital y trabajo». Si tus intereses son los mismos que los de tu patrón, ¿por qué entonces tendrías tú que luchar contra él? Eso es lo que te dicen. La prensa capitalista, el gobierno, la escuela y la Iglesia, todos te predican lo mismo: que vivas en paz y amistad con tu empresario. Es bueno para los magnates industriales que sus obreros crean que ellos son «socios» en un negocio común; entonces ellos trabajarán duro y con lealtad porque es «para su propio interés»; los obreros no pensarán en luchar contra sus amos por mejores condiciones, sino que serán pacientes y esperarán hasta que el empresario pueda «compartir su prosperidad» con ellos. Ellos considerarán también los intereses y el bienestar de «su» país y no «perturbarán la industria» y la «vida ordenada de la comunidad» mediante huelgas y paros del trabajo. Si escuchas a tus explotadores y a sus portavoces, serás «bueno» y considerarás tan sólo los intereses de tus amos, de tu ciudad y de tu país, pero a ninguno le preocupa tus intereses y los de tu familia, los intereses de tu sindicato y de tus compañeros obreros de la clase trabajadora. «No seas egoísta», te advierten, mientras que el patrono se hace rico por ser tú bueno y desprendido. Y ellos se ríen con disimulo y le dan gracias al Señor de que tú eres tan idiota.

Pero si me has seguido hasta ahora, sabrás que los intereses del capital y del trabajo no son los mismos. Nunca se inventó una mentira mayor que la denominada «identidad de intereses». Sabes que el trabajo produce toda la riqueza del mundo y que el mismo capital es tan sólo el producto acumulado del trabajo. Sabes que no puede haber capital, ni riqueza de ninguna clase, excepto como resultado del trabajo. De modo que con derecho toda riqueza pertenece al trabajo, a los hombres y mujeres que la han creado y que la siguen creando mediante su cerebro y sus músculos; es decir, pertenece a los trabajadores industriales, agrícolas y mentales del mundo; en resumen, pertenece a la totalidad de la clase trabajadora.

Sabes también que el capital que poseen los amos es una propiedad rabada, productos robados del trabajo. La industria capitalista es el proceso de continuar apropiándose los productos del trabajo para beneficio de la clase de los amos. Los amos, en otras palabras, existen y se hacen ricos guardando para sí mismos los productos de tu fatiga. Sin embargo, se te pide creer que tú, los trabajadores, tienes los mismos intereses que tus explotadores y saqueadores. ¿Se puede coger en un fraude tan notorio a alguien que no sea en absoluto imbécil?

Está claro que tus intereses como trabajador son diferentes de los intereses de tus amos capitalistas. Más que diferentes: son enteramente opuestos; de hecho son contrarios, antagónicos. Cuando mejores salarios te paga el patrón, tanta menos ganancia saca él de ti. No requiere una gran filosofía comprender eso. No puedes prescindir de eso, y ningún artilugio y sutileza puede cambiar esta verdad sólida.

La misma existencia de los sindicatos es de por sí una prueba de esto, aunque la mayoría de los sindicatos y de sus miembros no lo comprendan. Si los intereses del trabajo y del capital fueran los mismos, ¿por qué los sindicatos? Si el patrono creyera realmente que lo que es bueno para él, como patrón, es también bueno para ti, su empleado, entonces te trataría con seguridad correctamente, te pagaría los salarios más elevados posibles; ¿para qué serviría entonces tu sindicato? Pero sabes que tú necesitas el sindicato, necesitas de él para que te ayude a luchar por mejores salarios y por mejores condiciones de trabajo. ¿Para luchar contra quien? Contra tu patrón, por supuesto contra tu empresario, contra el industrial, contra el capitalista. Pero si tienes que luchar contra él, entonces no parece que tus intereses y los de él son los mismos; ¿verdad que no? ¿En qué se convierte entonces la magnifica «identidad de intereses»? ¿O tal vez tú estás luchando contra tu patrón en busca de mejores salarios porque él es tan tonto que no comprende sus propios intereses? ¿Tal vez él no comprende que es bueno para él pagarte a ti más?

Bien, puedes ver a qué sin sentido conduce la idea de la «identidad de intereses». Y sin embargo, el sindicato promedio está construido sobre esta «identidad de intereses». Existen algunas excepciones, por supuesto, tales como los Obreros Industriales del Mundo (I.W.W.), las uniones sindicalistas revolucionarias y otras organizaciones trabajadoras con conciencia de clase. Ellos lo saben mejor. Pero los sindicatos ordinarios, tales como los que pertenecen a la Federación Americana del Trabajo en los Estados Unidos, o a los sindicatos conservadores en Inglaterra, Francia y Alemania, y en otros países, todos ellos proclaman la identidad de intereses entre el trabajo y el capital. Sin embargo, como acabamos de ver, su mera existencia, sus huelgas y luchas, todo ello prueba que la «identidad» es una impostura y una mentira. ¿Cómo ocurre entonces que los sindicatos pretenden creer en la identidad de intereses, mientras que su mera existencia y actividad lo niegan?

Porque el trabajador medio no se detiene a pensar por sí mismo. Se fía de sus líderes sindicales y de los periódicos para que piensen por él, y ellos se encargan de que él no piense directamente. Pues si los trabajadores comenzasen a pensar por sí mismos, pronto descubrirían todo el esquema de corrupción, engaño y robo que se denomina gobierno y capitalismo, y no lo apoyarían. Harían lo que ha hecho el pueblo antes en diversas ocasiones. En cuanto comprendieron que eran esclavos, destruyeron la esclavitud. Posteriormente, cuando se dieron cuenta de que eran siervos, suprimieron la servidumbre. Y en cuanto comprendan que son esclavos asalariados, abolirán también la esclavitud asalariada.

Ves entonces que le interesa al capital impedir que los trabajadores comprendan que son esclavos asalariados. El timo de la «identidad de intereses» es uno de los medios para conseguir esto.

Pero no es sólo el capitalista el que está interesado en engañar de este modo a los trabajadores. Todos los que se aprovechan de la esclavitud asalariada están interesados en mantener el sistema, y todos ellos naturalmente intentan impedir que los trabajadores comprendan la situación.

Hemos visto antes quiénes se aprovechan de que las cosas sigan como están: los dirigentes y gobiernos, las iglesias, las clases medias, en resumen, todos los que viven a costa del trabajo de las masas. Pero incluso los mismos líderes de los trabajadores están interesados en mantener la esclavitud asalariada. La mayoría de ellos es demasiado ignorante para comprender el fraude y por ello creen realmente que el capitalismo es correcto y que no podemos prescindir de él. Sin embargo, otros, los más inteligentes, saben la verdad muy bien, pero en cuanto funcionarios del sindicato, bien pagados y con influjo, ellos se benefician de la continuación del sistema capitalista. Saben que si los trabajadores vieran toda la cuestión, exigirían que sus líderes dieran cuenta por haberlos desorientado y engañado. Se rebelarían contra su esclavitud y contra sus falsos líderes, se podría llegar a una revolución, como ha ocurrido con frecuencia antes en la historia. Pero los líderes de los trabajadores no se interesan por la revolución; prefieren que las cosas sigan por si solas, pues las cosas son lo suficientemente buenas para ellos.

Ciertamente, los falsos líderes de los trabajadores no favorecen la revolución; ellos se oponen incluso a las huelgas e intentan impedirlas siempre que pueden.

Cuando estalla una huelga procurarán que los hombres «no vayan demasiado lejos», y harán todo lo que puedan para solucionar las diferencias con el empresario mediante el «arbitraje», en el que los trabajadores por lo general suelen llevar la peor parte. Mantendrán reuniones con los patronos y les suplicarán que hagan algunas concesiones menores, y con demasiada frecuencia harán un compromiso en la huelga con desventaja del sindicato; pero en cualquiera de los casos y en todos ellos exhortarán a los trabajadores a «mantener la ley y el orden», a conservarse tranquilos y a ser pacientes. Se sentarán a la misma mesa con los explotadores, serán invitados por ellos a beber y a comer, y apelarán al gobierno para «interceder» y para solucionar la «dificultad», pero tendrán extraordinario cuidado de no mencionar nunca la fuente de todas las dificultades laborales ni tocar la misma esclavitud asalariada.

¿Has visto alguna vez a un solo líder laboral de la Federación Americana del Trabajo, por ejemplo, levantarse y declarar que todo el sistema salarial en un puro robo y un timo, y exigir para los trabajadores el producto completo de su esfuerzo? ¿Has oído alguna vez se algún líder «oficial» en algún país que haga eso? Yo nunca lo oí ni tampoco ningún otro. Al contrario, cuando algún hombre decente se atreve a hacer eso, son los líderes laborales los primeros que le declaran un perturbador, un «enemigo de los trabajadores», un socialista o anarquista. Son los primeros en gritar: «¡Crucifícale!» y los trabajadores que no piensan, desgraciadamente, les hacen eco.

Tales hombres son crucificados, porque el capital y el gobierno se sienten seguros haciéndolo, mientras que el pueblo lo apruebe.

¿Ves, amigo mío, dónde está la fuerza de la cuestión? ¿Acaso aparece como si tus líderes laborales desearan que tú te aproximaras a las cosas, que entendieras que eres un esclavo asalariado? ¿No sirven ellos realmente a los intereses de los amos?

Los líderes sindicales y los políticos —los más inteligentes— saben de sobra bien qué gran poder podría ejercer el trabajo como el único productor de la riqueza del mundo. Pero ellos no desean que lo sepas. Ellos no desean que tú sepas que los trabajadores, organizados e ilustrados apropiadamente, podrían suprimir su esclavitud y su sometimiento. En lugar de eso te dicen que tu sindicato existe tan sólo para ayudarte a conseguir mejores salarios, aunque ellos son conscientes de que tú no mejorarás mucho tu condición dentro del capitalismo y que tú tienes que permanecer siempre un esclavo asalariado, sea cual fuere la paga que pueda darte el patrón. Tú sabes bien que incluso cuando tienes éxito, por medio de una huelga, y consigues un aumento, lo pierdes de nuevo con el coste creciente de la vida, sin hablar de los salarios que pierdes mientras que estás en huelga.

La estadística muestra que la mayoría de las huelgas importantes se han perdido. Pero supongamos que tú ganas tu huelga y que estuviste sin trabajar sólo unas pocas semanas. En ese tiempo has perdido más en salario que lo que puedes recuperar trabajando durante meses con una paga superior.

Examina un ejemplo sencillo. Supón que estabas ganando 40 dólares a la semana cuando te pusiste en huelga. Concedamos el resultado mejor posible: digamos que la huelga duró solamente tres semanas y que conseguiste un aumento de 5 dólares. Durante tu huelga de tres semanas perdiste 120 dólares en salario. Ahora consigues 5 dólares a la semana más y esto supondrá 24 semanas para recuperar de nuevo los 120 dólares perdidos. Así, después de trabajar durante seis meses con una paga superior te encontrarás al mismo nivel. ¿Pero qué ocurrirá con el incremento del costo de la vida mientras tanto? Porque no sólo eres un productor, también eres un consumidor. Y cuando vas a comprar cosas, encontrarás que son más caras que antes. Salarios más altos suponen un incremento del coste de la vida. Porque lo que el empresario pierde pagándote un salario mayor, lo recupera de nuevo elevando el precio de su producto.

Puedes ver entonces que toda la idea de salarios superiores es en realidad muy engañosa. Hace creer al trabajador que se encuentra actualmente mejor cuando consigue más paga, pero el hecho es que, por lo que refiere a la totalidad de la clase trabajadora, todo lo que el trabajador gana mediante salarios superiores, lo pierde como consumidor y a la larga la situación permanece la misma. Al final de un año de «salarios superiores», el trabajador no tiene más que después de un año de «salarios inferiores». Algunas veces incluso se encuentra peor, porque el costo de la vida se incrementa con mayor rapidez que los salarios.

Esa es la regla general. Por supuesto, existen factores particulares que afectan a los salarios lo mismo que al costo de la vida, tales como la escasez de materiales o de mano de obra. Pero no necesitamos entrar en situaciones especiales, en casos de crisis industrial o financiera, o en épocas de prosperidad desacostumbrada, lo que nos interesa es la situación regular, la condición normal del obrero. Y la condición normal es que siempre permanece un obrero, un esclavo asalariado, que gana justo lo suficiente como para permitirle vivir y continuar trabajando para su patrón. Encontrarás excepciones acá y allá, como un trabajador que hereda o que de otro modo consigue algún dinero, lo que le capacita para hacer negocios, o que inventa algo que puede aportarle riqueza. Pero esos casos son excepciones y no alteran tu condición; es decir, la condición del trabajador medio, de los millones de trabajadores en todo el mundo.

Por lo que respecta a esos millones, y por lo que a ti respecta, como a uno de ellos, tú permaneces un esclavo asalariado, sea cual fuere tu trabajo o tu paga, y no hay posibilidad alguna para ti de que seas ninguna otra cosa bajo el sistema capitalista.

Ahora podrías preguntarme justamente: «¿Cuál es la utilidad del sindicato? ¿Qué están haciendo los líderes sindicales sobre ello?»

La verdad es que tus líderes sindicales no hacen nada sobre ello. Al contrario, hacen todo lo que pueden para mantenerte un esclavo asalariado. Realizan esto al hacerte creer que el capitalismo es correcto y al conseguir que tú sostengas el sistema existente con su gobierno y su «ley y orden». Se burlan de ti diciéndote que no puede ser de otro modo, lo mismo que te dicen tu patrón, la escuela, la Iglesia y el gobierno. De hecho, tu líder laboral está haciendo el mismo trabajo en favor del capitalismo que está haciendo tu líder político para el gobierno: ambos sostienen y consiguen que tú sostengas el presente sistema de justicia y de explotación.

«Pero el sindicato», dices, «¿por qué el sindicato no cambia las cosas?»

El sindicato podría cambiar las cosas. ¿Pero qué es el sindicato? El sindicato eres precisamente tú y el otro compañero y otros más, los miembros y los funcionarios. Te das cuenta ahora que los funcionarios, los líderes laborales, no están interesados en cambiar las cosas. Entonces corresponde a los miembros el hacerlo, ¿no es así?

Es así. Pero si los miembros, los trabajadores en general, no ven de qué se trata, entonces el sindicato no puede hacer nada. Esto significa, por consiguiente, que es necesario hacer que los miembros comprendan la situación real.

Este debería ser el verdadero objetivo del sindicato. Debería ser la ocupación del sindicato el iluminar a sus miembros sobre su condición, mostrarles por qué y cómo son despojados y explotados, y encontrar las vías y los medios de suprimir esto.

Esto estaría cumpliendo el verdadero objetivo del Sindicato de proteger los intereses de los trabajadores. La abolición del orden capitalista con su gobierno y su ley sería la única defensa real de los intereses de los trabajadores. Y mientras que el sindicato se está preparando para eso, también se ocuparía de las necesidades inmediatas de los trabajadores, la mejora de las condiciones presentes, en cuanto esto es posible dentro del capitalismo.

Pero el sindicato ordinario, conservador, tal como hemos visto, sostiene el capitalismo y todo lo que está conectado con él. Considera evidente que eres un trabajador y que tienes que seguir siéndolo, y que las cosas deben permanecer como son. Asegura que todo lo que puede hacer el sindicato es ayudarte a conseguir mejores salarios, disminuir la jornada de trabajo y mejorar las condiciones en las que trabajad. Considera al empresario como un socio de negocio, por así decir, y hace contratos con él. Pero nunca se pregunta por qué uno de los socios, el patrón, se hace rico a costa de ese tipo de contrato, mientras que el otro socio, el obrero, permanece siempre pobre, trabaja duramente y muere siendo un esclavo asalariado. No parece que es una sociedad igual, en modo alguno. Más bien parece un abuso de confianza, ¿no es así?

Bien, así es. Es un juego en el que una parte saca todas las castañas del fuego, mientras que la otra parte se apodera de ellas. Una sociedad muy desigual, y todas las huelgas de los trabajadores son meramente para robarle o forzarle al socio capitalista a que entregue unas pocas castañas de su enorme montón. En conjunto, un timo, incluso cuando el trabajador consigue sacar unas pocas castañas extra.

Sin embargo, ellos te hablan de tu dignidad, de la «dignidad del trabajo». ¿Puedes pensar un insulto más grande? Tú trabajas como un esclavo para tus amos durante toda tu vida, les sirves y los mantienes con comodidad y lujo, les permites ser tus dueños, y en sus corazones ellos se ríen de ti y te desprecian por tu estupidez, entonces ellos te hablan de tu «dignidad».

Desde el púlpito y el estrado, en la escuela y en la sala de lectura, incluso el líder laboral y el político, cada explotador y chanchullero exalta la «dignidad del trabajo», mientras que él mismo se sienta confortablemente todo el tiempo a tu espalda. ¿No ves cómo están jugando contigo como con un bobo?

¿Qué está haciendo el sindicato sobre ello? ¿Qué están haciendo tus líderes laborales por el buen salario que ellos te hacen pagarles? Ellos están ocupados «organizándote», están ocupados diciéndote lo bueno que eres, lo grande y fuerte que es tu sindicato, y lo mucho que están haciendo por tus funcionarios. ¿Pero qué están haciendo? Tienen todo el tiempo ocupado con insignificantes asuntos burocráticos, con luchas de facciones, con cuestiones de jurisdicción, con elecciones de funcionarios, con conferencias y congresos. Y tú pagas por todo eso, por supuesto, y ésa es la razón por la que tus funcionarios están siempre en favor de un gran tesoro sindical, pero ¿qué has conseguido de eso? Tú sigues trabajando en la fábrica o en la industria y pagando tus deudas, y tú líder laboral se preocupa divinamente poco de lo duro que trabajas o de cómo vives, y tú tienes que levantar un gran alboroto en la asamblea de tu sindicato para obligar a que dirijan la atención a tus necesidades y a tus quejas.

Cuando se afronta la cuestión de una huelga, notarás, como te lo he mencionado antes, que los líderes por lo general se oponen a ella; pues también ellos, como el patrón y el gobernante, desean la «paz y tranquilidad» en lugar de las incomodidades que supone una lucha. Siempre que puedan, los líderes laborales te disuadirán de ir a la huelga, y algunas veces incluso de modo directo te prevendrán contra ello y te lo prohibirán. Ellos pondrán fuera de la ley tu organización si te pones en huelga sin el consentimiento de ellos. Pero si la presión es demasiada para que ellos puedan resistirla, ellos «autorizarán» graciosamente la huelga. Imagínatelo exactamente: tú trabajas duro y de tus escasas ganancias sostienes a los funcionarios sindicales, que deberían servirte, y sin embargo tú tienes que conseguir el permiso de ellos para mejorar tu condición. Esto se debe a que los has convertido en los patronos de tu organización, del mismo modo que has hecho al gobierno tu amo en lugar de tu servidor, o del mismo modo que permites que el policía, al que tú pagas con tus impuestos, te ordene, en lugar de darle tú órdenes a él.

¿Te preguntaste alguna vez cómo es que ocurre que, siempre que estás de huelga (y en cualquier otro momento también), la ley y toda la maquinaria del gobierno está siempre del lado del patrón? Fíjate, los huelguistas cuentan con millares mientras que el patrón es uno solo, y se supone que ellos y él son ciudadanos con iguales derechos; y sin embargo, aunque parezca extraño decirlo, es el patrón el que siempre tiene el gobierno a su servicio. Puede conseguir que los tribunales den un mandato contra tu «interferencia» en «su» negocio, puede hacer que la policía te aporree la línea de piquetes, puede conseguir que te arresten y te encarcelen. ¿Oíste alguna ves que algún alcalde, jefe de policía o gobernador ordenase a la policía o a la milicia que protegiesen tus intereses en la huelga? ¿No es curioso? Además, el patrón puede conseguir una cantidad de esquiroles, bajo la protección de la policía, para que le ayuden a romper la huelga, porque tú has estado trabajando tantas horas que siempre hay un ejército de parados a mano dispuesto a coger tu puesto. Por lo general, tú pierdes tu huelga porque tus líderes laborales no permitieron que te organizasen del modo correcto.

He visto, por ejemplo, albañiles en rascacielos de Nueva York hacer un paro, mientras que los carpinteros y herreros, que trabajaban en lo mismo, seguían con su trabajo. Según decían sus sindicatos, la huelga no les concernía, porque ellos pertenecían a otro oficio; o ellos no podían unirse a los huelguistas porque esto supondría romper el contrato que sus organizaciones habían hecho con el patrón. De este modo, ellos seguían trabajando en el edificio, mientras que los hombres de un sindicato hermano estaban en huelga. Es decir, ellos estaban actuando de esquiroles de modo efectivo y ayudando a romper la huelga de los albañiles. Porque, en verdad, ellos pertenecían a otro oficio, a una rama diferente. ¡Cómo si la lucha del trabajo contra el capital fuera un asunto de oficio y no la causa común de toda la clase obrera!

Otro ejemplo: los mineros de Pensilvania están en huelga, y los mineros de Virginia pagan un impuesto para ayudar a los mineros sin dinero. Los mineros de Virginia permanecen en el trabajo porque están «obligados por el contrato». Ellos prosiguen extrayendo carbón con lo que los magnates del carbón pueden seguir suministrando al mercado y no pierden nada con la huelga de los mineros de Pensilvania. Algunas veces incluso ganan al hacer de la huelga una excusa para elevar el precio del carbón. ¿Te puedes extrañar de que los mineros de Pensilvania perdieran la huelga, ya que sus propios compañeros mineros actuaban de esquiroles con ellos? Pero si los trabajadores comprendieran sus verdaderos intereses, si ellos estuvieran organizados no por oficios o por profesiones, sino por industrias, de modo que la industria entera, y si fuera necesario toda clase trabajadora, pudiera ir a la huelga como un solo hombre, ¿se podía perder alguna huelga?

Volveremos sobre este asunto. Por ahora deseo hacerte notar que tu sindicato, tal como está organizado actualmente, y sus funcionarios sindicales, no están estructurados para luchar efectivamente contra el capitalismo. No están estructurados siquiera para dirigir con éxito las huelgas. Materialmente no pueden mejorar tu condición.

Sirven tan sólo para mantener a los trabajadores divididos en diferentes organizaciones, con frecuencia opuestas unas a otras; ellos entrenan a los trabajadores para creer que el capitalismo es correcto, paralizan su iniciativa y capacidad de pensar y de actuar de una forma con conciencia de clase. Por esta razón los líderes laborales y los sindicatos conservadores son el baluarte más firme de las instituciones existentes. Son la espina dorsal del capitalismo y del gobierno, el mejor apoyo a «la ley y el orden», y la razón por la que permaneces en la esclavitud asalariada.

«Pero nosotros mismos escogemos nuestros funcionarios sindicales», objetas. «Si los actuales no son buenos, podemos elegir otros».

Por supuesto, puedes elegir nuevos líderes; pero ¿hay alguna diferencia si tu líder es este o aquel hombre, si es Gompers o Green, Jouhaux en Francia, o Thomas en Inglaterra, mientras que tu sindicato se aferre a las mismas ideas necias y a los mismos métodos falsos, mientras que crea en el capitalismo y sostenga la «armonía de intereses», mientras que divida a los trabajadores y reduzca la fuerza de ellos mediante la organización por oficios, mientras que haga contratos con el patrono que obliguen a los miembros y los haga hacer de esquiroles con sus compañeros, y mientras sostenga de muchas otras maneras el régimen de tu esclavitud?

«¿Entonces no es bueno el sindicato?», preguntas.

En la unión está la fuerza, pero tiene que ser una unión real, una verdadera organización del trabajo, porque los trabajadores en cualquier parte tienen los mismos intereses, sin importar qué clase de trabajo hacen o a que oficio en particular pertenecen. Una unión así estaría basada en los intereses mutuos y en la solidaridad del trabajo en todo el mundo.

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