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Me gobiernan y me explotan

Te enseñaron todo está bien, que tiene que haber ricos y pobres, y que debes respetar al rico y debes estar contento con tu suerte.

me gobiernan y me explotan

El+patrón+te+necesita,+tú+no+necesitas+al+patrón.
Te dijeron que tu país defendía la justicia y que tú debes obedecer la ley.

Y cuando veías que arrastraban a un pobre hombre a la cárcel.

Te decían que él era malo porque había robado algo, y que eso era un gran crimen.

Pero ni en casa, ni en la escuela, ni en ninguna parte te dijeron que es un crimen que el rico robe el producto del trabajo del pobre, o que los capitalistas son ricos porque se han apoderado de la riqueza que ha creado el trabajo.

No, nunca te dijeron eso, ni lo oyó cualquier otro en la escuela.

¿Cómo puedes esperar entonces que lo sepan los trabajadores?

Tal vez puedes ver ahora por qué los trabajadores no entienden que la riqueza que ellos han creado se la han robado y se la siguen robando cada día.

La totalidad del sistema capitalista descansa en un robo así.
La totalidad del sistema de leyes y gobiernos sostiene y justifica este robo.

Ese es el orden de cosas denominado capitalismo, y la ley y el gobierno existen para proteger ese orden de cosas.

«¿Me esclaviza?», me dices con extrañeza. «¡Pero si soy ciudadano libre!»
¿Eres realmente libre? ¿Libre para hacer qué? ¿Para vivir como te parezca?
¿Haces lo que te agrada?

Veamos. ¿Cómo vives? ¿A qué equivale tu libertad?
Tú dependes de tu empresario para tus salarios o tu sueldo, ¿no es así? Y tus salarios determinan tu modo de vida, ¿no es así? Las condiciones de tu vida, incluso lo que tú comes y bebes, a dónde vas y con quien te asocias, todo esto depende de tus salarios.

No, no eres un hombre libre. Depende de tu empresario y de tus salarios.

Eres realmente un esclavo asalariado.
La totalidad de la clase trabajadora, bajo el sistema capitalista, depende de la clase capitalista.
Los trabajadores son esclavos asalariados.

La libertad que te dan en el papel, que está escrita en los libros de leyes y en las constituciones, no te proporciona bienestar alguno. Una libertad así significa tan sólo que tienes el derecho de hacer una cosa determinada. Pero no significa que puedes hacerla. Para ser capaz de hacer algo, tienes que tener la oportunidad, la ocasión. Tienes el derecho de comer tres estupendas comidas al día, pero si no tienes los medios, la oportunidad para conseguir esas comidas, entonces ¿a qué viene ese tu derecho?

De este modo, la libertad significa realmente la oportunidad de satisfacer tus necesidades y deseos. Si tu libertad no te proporciona esa oportunidad, entonces no te sirve de nada. La libertad real significa oportunidad y bienestar. Si no significa eso, no significa nada.

Ves, entonces, que toda la situación se reduce a esto:
El capitalismo te roba y te convierte en un esclavo asalariado.
La ley sostiene y protege ese robo.
El gobierno te engaña haciéndote creer que eres independiente y libre.

De este modo te engañan y te timan cada día de tu vida.

Te dicen que tienes que ser honrado, mientras que te roban durante toda la vida.

Te ordenan que respetes la ley, mientras que la ley protege al capitalista que te está robando.

Te enseñan que es malo matar, mientras que el gobierno ahorca y electrocuta a la gente y hace con ellos matanzas en la guerra.

Te dicen que obedezcas la ley y al gobierno, aunque la ley y el gobierno apoyan el robo y el asesinato.

Así, durante toda tu vida te mienten, te engañan y te defraudan, de modo que sea más fácil sacar ganancias de ti, explotarte. Porque no es sólo el empresario y el capitalista los que sacan ganancias de ti.
El gobierno, la Iglesia y escuela, todos ellos viven de tu trabajo. Tú los sostienesa todos.

Esa es la razón por la que todos ellos te enseñan que tienes que estar contento con tu suerte y comportarte bien.

«¿Es realmente verdad que yo los sostengo a todos?», preguntas desconcertado. Veamos. Ellos comen y beben y se visten, sin hablar de lujos que disfrutan. ¿Hacen ellos las cosas que usan y consumen? ¿Plantan ellos y siembran y construyen y todo lo demás?

«Pero ellos pagan por esas cosas», objeta tu amigo. Sí, ellos pagan. Supón que un tipo te roba cincuenta dólares y entonces va y compra con ellos un traje. ¿Es ese traje según el derecho suyo? ¿No pagó por él? Bien, de ese mismo modo la gente que no produce nada o que no realiza un trabajo útil paga por las cosas. Su dinero es la ganancia que ellos o sus padres antes que ellos exprimieron de ti, de los trabajadores.

«¿Entonces no es mi patrón el que me sostiene, sino que yo le sostengo a él?» Por supuesto. El te da un empleo; es decir, te da el permiso para trabajar en la fábrica o industria que no construyó él sino otros trabajadores como tú. Y por ese permiso tú contribuyes a sostenerle durante el resto de tu vida o mientras que trabajes para él. Lo sostienes tan generosamente que él se puede permitir una mansión en la ciudad y una cada en el campo, incluso varias, y criados para atender sus deseos y los de su familia y para el entretenimiento de sus amigos, y para carreras de caballos y carreras de botes, y para centenares de cosas. Pero no es sólo con él con quien eres tan generoso. Con tu trabajo, mediante el impuesto directo e indirecto, se sostienen el gobierno entero, local, estatal y nacional, las escuelas y las iglesias, y todas las otras instituciones cuyo asunto consiste en

proteger las ganancias y mantenerte engañado. Tú y tus compañeros trabajadores, el trabajo como un todo, sostenéis a todos ellos. ¿Te extrañas de que todos ellos te digan que todo está en orden y que tienes que ser bueno y permanecer tranquilo? Es bueno para ellos que tú te mantengas tranquilo, porque ellos no podrían seguir engañando y robando, una vez que tú abras tus ojos y veas lo que te está ocurriendo.

Por eso todos ellos apoyan decididamente el sistema capitalista, están por «la ley y el orden».

La ley y el gobierno permiten y favorecen este robo decretando que:
– La tierra que nadie ha creado, pertenece al terrateniente;
– Los ferrocarriles, que han construido los obreros, pertenecen a los magnates de los ferrocarriles;
– Los almacenes, silos y depósitos, erigidos por los obreros, pertenecen a los capitalistas;
– Todos esos monopolistas y capitalistas tienen derecho a obtener ganancias del campesino por usar los ferrocarriles y otros servicios antes de que pueda hacer llegar su alimento hasta ti.

Puedes ver entonces cómo roba al campesino el gran capital y los hombres de negocios, y cómo la ley ayuda a ese robo, exactamente igual que en el robo del obrero.

Pero no es sólo el obrero y el campesino los que son explotados y forzados a entregar la mayor parte de su producto a los capitalistas, a los que han monopolizado la tierra, los ferrocarriles, las fábricas, la maquinaria y todos los recursos naturales. El país entero, el mundo entero es obligado a pagar tributo a los reyes de las finanzas y de la industria.

El pequeño hombre de negocios depende del vendedor al por mayor; el vendedor al por mayor del industrial; el industrial de los magnates de la industria, y todos ellos dependen de los señores del dinero y de los bancos para su crédito. Los grandes banqueros y financieros pueden eliminar a cualquiera de los negocios simplemente retirándoles su crédito. Hacen esto siempre que desean excluir a alguien del negocio. El hombre de negocios está enteramente a merced de ellos. Si no desarrolla el juego que ellos desean, que convenga a sus intereses, entonces simplemente lo echan del juego.

De este modo, toda la humanidad depende de y está esclavizada por un puñado de hombres que han monopolizado casi la riqueza entera del mundo, pero que ellos mismos nunca han creado nada.

Los capitalistas saben que es necesitan al gobierno para que legalice sus métodos de robo, para proteger el sistema capitalista. Y así es como el gobierno necesita leyes, policía y soldados, tribunales y prisiones, para proteger el capitalismo.

Es el mismo sistema. Esto es lo que supone:
El capitalismo roba y explota a todo el pueblo; las leyes legalizan y defienden este robo capitalista; el gobierno usa una parte del pueblo para ayudar y proteger a los capitalistas en su robo a todo el pueblo.

Todo el asunto se mantiene educando al pueblo a creer que el capitalismo es correcto, que la ley es justa y que el gobierno debe ser obedecido. ¿Descubres ahora este juego?

Reflexiona y mira si no es la misma ley, el gobierno, la que realmente crea el crimen al obligar a la gente a vivir en condiciones que las hacen malas. Considera cómo la ley y el gobierno sostiene y protege el crimen más grande de todos, la madre de todos los crímenes, el sistema salarial capitalista, y luego se pone a castigar al criminal pobre.

No son los males y los crímenes castigados por la ley los que causan más daño en el mundo. Son los males legales y los crímenes no castigables, justificados y protegidos por la ley y el gobierno, los que llenan la tierra con la miseria y la necesidad, con la reyerta y el conflicto, con las luchas de clases, la matanza y la destrucción.

Oímos mucho sobre el crimen y los criminales, sobre asaltos y robos, sobre ofensas contra las personas y la propiedad. Las columnas de la prensa diaria están llenas de esas historias. Se consideran las «novedades» del día.

Pero no te dicen que las condiciones capitalistas producen la mayoría de nuestros males y crímenes, y que el mismo capitalismo es el crimen más grande de todos, que devora más vidas en un solo día que todos los asesinos puestos juntos. La destrucción de vidas y propiedades que han causado los criminales en todo el mundo desde que comenzó la vida humana es mero juego de niños comparada con los diez millones de muertos y los veinte millones de heridos, y el estrago y la miseria incalculables originados por un solo acontecimiento capitalista, la reciente Guerra mundial. El enorme holocausto era el hijo legítimo del capitalismo, lo mismo que todas las guerras de conquista y de ganancia son el resultado de los intereses financieros y comerciales conflictivos de la burguesía internacional.

«¿Cómo dispone el capitalismo de los parados?», preguntas. Simplemente obligándote a trabajar largas jornadas y lo más duro posible de modo que produzcas la mayor cantidad. Todos los modernos esquemas de «eficiencia», el sistema Taylor y otros sistemas de «economía» y de «racionalización» sirven tan sólo para exprimir grandes ganancias del trabajador. Es economía tan sólo en interés del empresario. Pero en lo que se refiere a ti, el trabajador, esta «economía» supone el gasto más grande de tu esfuerzo y de tu energía, un desgaste fatal de tu vitalidad.

Le conviene al empresario utilizar y explotar tu fuerza y habilidad con la máxima intensidad. Verdaderamente esto arruina tu salud y destruye tu sistema nervioso, te convierte en presa de la enfermedad y los achaques (existen incluso especiales enfermedades proletarias), te mutila y te lleva a una muerte temprana; pero, ¿qué le importa todo eso a tu patrón? ¿No hay miles de parados que esperan conseguir tu trabajo y que están dispuestos a cogerlo en el momento en que estés incapacitado o muerto?

Por esta razón, le conviene al capitalista mantener un ejército de parados a mano. Es una parte y una parcela del sistema salarial, una característica necesaria e inevitable de él.

no sólo eres un productor, también eres un consumidor. Y cuando vas a comprar cosas, encontrarás que son más caras que antes. Salarios más altos suponen un incremento del coste de la vida. Porque lo que el empresario pierde pagándote un salario mayor, lo recupera de nuevo elevando el precio de su producto.

Puedes ver entonces que toda la idea de salarios superiores es en realidad muy engañosa. Hace creer al trabajador que se encuentra actualmente mejor cuando consigue más paga, pero el hecho es que, por lo que refiere a la totalidad de la clase trabajadora, todo lo que el trabajador gana mediante salarios superiores, lo pierde como consumidor y a la larga la situación permanece la misma. Al final de un año de «salarios superiores», el trabajador no tiene más que después de un año de «salarios inferiores». Algunas veces incluso se encuentra peor, porque el costo de la vida se incrementa con mayor rapidez que los salarios.

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Abajo los muros de las prisiones. Anticarcelarios

Abajo los muros de las prisiones. Anticarcelarios

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2013-02-02 18.17.47

Abjo los muros de las prisiones

¿Quién nos protegerá del crimen y de los criminales?”, preguntas.
Pregúntate, más bien, si el gobierno nos protege realmente de ellos. ¿No crea y sostiene el mismo gobierno las condiciones que engendran el crimen? ¿No cultivan el espíritu de intolerancia y persecución, de odio y de más violencia? ¿No se incrementa el crimen con el aumento de la miseria y la injusticia, fomentadas por el gobierno? ¿No es el propio gobierno la mayor injusticia y el mayor crimen?

El crimen es el resultado directo de las condiciones económicas, de la desigualdad social, de injusticia y males que tienen su paternidad en el gobierno y el monopolio. El gobierno y la ley sólo pueden castigar al criminal. Nunca curan ni previenen el crimen. La única cura verdadera del crimen es abolir sus causas, y esto nunca puede hacerlo el gobierno porque está en su puesto para conservar esas mismas causas. Sólo puede terminarse con el crimen eliminando las condiciones que lo crean.

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Las cárceles y su influencia moral sobre los presos – P. Kropotkin 

Discurso pronunciado por Piotr Kropotkin en Paris el 20 de diciembre de 1877


Introducción:
Tras el problema económico y tras el problema del Estado, quizás el más importante de todos sea el que concierne al control de los actos antisociales. La distribución de justicia fue siempre el principal instrumento para crear derechos y privilegios, pues se basaba en sólidos fundamentos de derechos constituidos; el problema de lo que ha de hacerse con los que cometen actos antisociales contiene en consecuencia en sí el gran problema del gobierno y del Estado.

Es hora ya de que nos preguntemos si la condena a muerte o a la cárcel son justas.

¿Logran el doble fin que se marcan como objetivo, el de impedir la repetición del acto antisocial y (en cuanto a las cárceles) el de reformar al infractor?

Son graves cuestiones. De la solución que se les de depende no sólo la felicidad de miles de presos, no sólo el destino de mujeres y niños asolados por la miseria, cuyos padres y maridos no pueden ayudarles desde detrás de sus rejas, sino también la felicidad de la especie humana. Toda injusticia cometida contra un individuo la experimenta, en último termino, todo el conjunto de la especie.

He tenido ocasión de conocer dos cárceles en Francia y varias en Rusia, y diversas circunstancias de mi vida me han llevado a volver a estudiar las cuestiones penales, y creo que es mi deber exponer claramente lo que son las cárceles: relatar mis observaciones y mis ideas, resultado de ellas.


1. La cárcel como escuela de delito.

Cuando un hombre ha estado en la cárcel una vez, vuelve. Es inevitable, las estadísticas lo demuestran. Los informes anuales de la administración de justicia penal de Francia muestran que la mitad de los que comparecen ante los jurados y dos quintas partes de los que anualmente comparecen ante los órganos menores por faltas reciben su educación en las cárceles. Casi la mitad de los juzgados por asesinato, y tres cuartas partes de los juzgados por robo con allanamiento son reincidentes. En cuanto a las cárceles modelo, mas de un tercio de los presos que salen de estas instituciones supuestamente correctivas vuelven a ser encarcelados en un plazo de doce meses después de su liberación.

Otra característica significativa es que la infracción por la que el hombre vuelve a la cárcel es siempre mas grave que la anterior. Si antes era un pequeño robo, vuelve ya por un audaz robo con allanamiento. Si la primera vez le encarcelaron por un acto de violencia, lo más probable es que vuelva luego como asesino. Todos los tratadistas de criminología coinciden en este punto. Los ex-presidiarios se han convertido en un grave problema en Europa. Y ya sabemos como lo ha resuelto Francia: decretando su destrucción total por las fiebres de Cayena, un exterminio que se inicia en el viaje.

2. La Inutilidad de las cárceles.

Pese a todas las reformas hechas hasta el presente, pese a los experimentos de los distintos sistemas carcelarios, los resultados son siempre los mismos. Por una parte, el número de delitos contra las leyes existentes ni aumenta ni disminuye sea cual sea el sistema de castigo. En Rusia se ha abolido la flagelación y en Italia la pena de muerte, sin que variara el número de crímenes. La crueldad de los jueces puede aumentar o disminuir, la crueldad del sistema penal jesuítico cambiar, pero el número de actos considerados delitos se mantiene constante. Sólo le afectan otras causas que brevemente enunciaré.

Por otra parte sean cuales fueren los cambios introducidos en el régimen carcelario, el problema de la reincidencia no disminuye. Esto es inevitable; así ha de ser; la prisión mata todas las cualidades que hacen al hombre adaptarse mejor a la vida comunitaria. Crea el tipo de individuo que inevitablemente volverá a la cárcel para acabar sus días en una de esas tumbas de piedra que tienen grabado: «Casa de detención y corrección».

A la pregunta “¿Qué hacer para mejorar el sistema penal?», sólo hay una respuesta: nada. Es imposible mejorar una cárcel. Con excepción de unas cuantas mejoras insignificantes, no se puede hacer absolutamente nada más que demolerla.

Podría proponer que se pusiese un Pestalozzi al frente de cada cárcel. Me refiero al gran pedagogo suizo que recogía niños abandonados y hacer de ellos buenos ciudadanos.

Podría proponer también que substituyesen a los guardias actuales, ex soldados y ex policías, sesenta Pestalozzis. Aunque preguntareis:

«¿Dónde encontrarlos?»… Pregunta razonable. El gran maestro suizo rechazaría sin duda el oficio de carcelero, pues, el principio de toda cárcel es básicamente malo porque priva al hombre de libertad.

Privando a un hombre de su libertad, no se conseguirá que mejore. Cultivaremos delincuentes habituales, como ahora mostraré.

3. Los delincuentes en la cárcel y fuera.

Para empezar, tengamos en cuenta que no hay preso que considere justo el castigo que se le aplica. Esto es en si mismo una condena de todo nuestro sistema judicial. Hablad con un hombre encarcelado o con un gran estafador. Dirá: «Aquí están los de las pequeñas estafas, los de las grandes andan libres y gozan del público respeto». ¿Qué responder, sabiendo que existen grandes empresas financieras expresamente dedicadas a arrebatar los últimos céntimos de los ahorros de los pobres, y cuyos fundadores se retiran a tiempo con botines legales hechos a costa de esos pequeños ahorros? Todos conocemos esas grandes empresas que emiten acciones, sus circulares falsas, sus inmensas estafas. ¿Cómo no dar al preso la razón?

Y el hombre encarcelado por robar una caja fuerte, te dirá: «Simplemente no fui bastante listo; nada mas». ¿Y qué contestarle, sabiendo lo que pasa en sitios importantes, y cómo, tras terribles escándalos, se entrega a esos grandes ladrones el veredicto de inocencia?

Cuantas veces se oirá decir a los presos: «Son los grandes ladrones los que nos tienen aquí encerrados; nosotros somos los pequeños». ¿Cómo discutir esto cuando los presos saben de las increíbles estafas perpetradas en el campo de las altas finanzas y del comercio. Cuando saben que la sed de riquezas, adquiridas por todos lo medios posibles, es la esencia misma de la sociedad burguesa? Cuando ha examinado la inmensa cantidad de transacciones sospechosas que separan a los hombres honestos (según medidas burguesas) y a los delincuentes, cuando ha visto todo esto, tiene sin duda que creer que las cárceles son para torpes, no para delincuentes.

Esta es la norma respecto al mundo exterior. En cuanto a la cárcel misma, no hace falta extenderse mucho en ello. Sabemos bien lo que es. Sea respecto a la comida o a la distribución de favores, en palabras de los presos, desde San Francisco a Katmchatka: «Los mayores ladrones son los que nos tienen aquí, no nosotros».

4. El trabajo en la cárcel.

Todos conocemos el influjo dañino de la ociosidad. El trabajo realza al hombre. Pero hay muchos trabajos. El trabajo del libre hace sentirse parte del todo inmenso; el del esclavo degrada. Los trabajos forzados se hacen a la fuerza, sólo por miedo a un castigo peor. Y ese trabajo, que no atrae por si mismo porque no ejercita ninguna de las facultades mentales del trabajador, esta tan mal pagado que se considera un castigo.

Cuando mis amigos hacían corsés o botones de concha y ganaban doce centavos por diez horas al día, y cuatro los retenía el Estado, podemos comprender muy bien la repugnancia que este trabajo producía al condenado a ejecutarlo.

Cuando uno gana treinta y seis centavos por semana, hay derecho a decir: «Los ladrones son los que aquí nos tienen, no nosotros».

5. Consecuencias del cese de los contactos sociales.

¿Y qué inspiración puede lograr un preso para trabajar por el bien común, privado como está de toda conexión con la vida exterior? Por un refinamiento de crueldad, quienes planearon nuestras cárceles hicieron todo lo posible por cortar toda relación del preso con la sociedad. En Inglaterra, la mujer y los hijos del preso sólo pueden verle una vez cada tres meses y las cartas que se le permiten escribir son realmente ridículas. Los filántropos han llegado a veces a desafiar la naturaleza humana hasta el punto de impedir a un preso a escribir algo más que su firma en un impreso.

La mejor influencia a que un preso podría someterse, la única que podría aportarle un rayo de luz, un soplo de cariño en su vida (la relación con los suyos) queda sistemáticamente prohibida.

En la vida sombría del preso, sin pasión ni emoción, se atrofian en seguida los buenos sentimientos. Los trabajadores especializados que amaban su oficio pierden el gusto por el trabajo. La energía corporal se esfuma lentamente.

La mente no tiene ya energía para fijar la atención; el pensamiento es menos ágil, y, en cualquier caso, menos persistente.

Pierde profundidad. Yo creo que la disminución de la energía nerviosa en las cárceles se debe, sobre todo, a la falta de impresiones variadas.

En la vida ordinaria hay miles de sonidos y colores que asaltan diariamente los sentidos, un millar de pequeños hechos llegan a nuestra conciencia y estimulan la actividad del cerebro. Esto no sucede con los sentidos de los presos. Sus impresiones son escasas y siempre las mismas.

6. La teoría de la fuerza de voluntad.

Hay otra importante causa de desmoralización en las cárceles. Todas las transgresiones de las normas morales aceptadas pueden atribuirse a la falta de una voluntad fuerte. La mayoría de los habitantes de las cárceles son gentes que no tuvieron la fuerza suficiente para resistir las tentaciones que les rodeaban o para controlar una pasión que les arrastró momentáneamente. En las cárceles, como en los conventos, se hace todo lo posible para matar la voluntad del hombre. No se suele tener posibilidad de elegir entre dos opciones.

Las raras ocasiones en que se puede ejercitar la voluntad son muy breves. Toda la vida del preso está regulada y ordenada previamente. Sólo tiene que seguir la corriente, que obedecer so pena de graves castigos.

En estas condiciones, toda la fuerza de voluntad que pudiese tener al entrar desaparece.

¿Y dónde buscar fuerzas para resistir las tentaciones que surjan ante él, como por arte de magia, cuando salga de entre los muros de la cárcel? ¿Dónde encontrará la fuerza necesaria para resistir el primer impulso de un arrebato de pasión, si durante años se hizo lo posible por matar esa fuerza interior, por hacerle dócil instrumento de los que le controlan? Este hecho es, en mi opinión, la condena más terrible de todo el sistema penal basado en privar de libertad al individuo.

Es claro el motivo de esta supresión de la voluntad del individuo, esencia de todo sistema penitenciario. Nace del deseo de guardar el mayor número de presos posible con el menor número posible de guardias. El ideal de los funcionarios de prisión seria millares de autómatas, que se levantaran, trabajaran, comieran y fueran a dormir controlados por corrientes eléctricas accionadas por uno de los guardianes. Quizá así se ahorrase presupuesto, pero nadie debería asombrarse de que estos hombres, reducidos a máquinas, no fuesen, una vez liberados, tal cómo la sociedad los desea. Tan pronto como un preso queda libre, le esperan sus viejos camaradas. Lo reciben fraternalmente y se ve una vez mas arrastrado por la corriente que le llevó a la cárcel. Nada pueden hacer las organizaciones protectores. Lo único que pueden hacer para combatir la influencia maligna de la cárcel es aliviar su influjo en los ex-presidiarios.

¡Qué contraste entre la recepción de sus viejos camaradas y la de la gente que se dedica a tareas filantrópicas con ex-presidiarios! ¿Cuál de estas personas le invitará a su casa y le dirá simplemente: «Aquí tienes una habitación, aquí tienes un trabajo, siéntate en esta mesa como uno mas de la familia»?

El ex-presidiario sólo busca la mano extendida de cálida amistad. Pero la sociedad, después de haber hecho todo lo posible por convertirle en enemigo, después de inocularle los vicios de la cárcel, le rechaza. Le condena a ser un «reincidente».

7. El efecto de las ropas de la cárcel y de la disciplina.

Todo el mundo conoce la influencia de la ropa decente. Hasta un animal se avergüenza de aparecer ante sus semejantes si algo le hace parecer ridículo.

Si pintan a un gato de blanco y amarillo no se atreverá a acercarse a otros gatos. Pero los hombres empiezan por entregar una vestimenta de lunático a quien afirman querer reformar.

El preso se ve sometido toda su vida de prisión a un tratamiento que indica un desprecio absoluto por sus sentimientos. No se concede a un preso el simple respeto debido a todo ser humano. Es una cosa, un número, y a cosa numerada se le trata. Si cede al más humano de todos los deseos, el de comunicarse con un camarada, se le culpa de falta de disciplina. Quien no mintiese ni engañase antes de entrar en la cárcel: allí aprenderá a mentir y a engañar y este aprendizaje será para él una segunda naturaleza.

Y los que no se someten lo pasan mal. Si verse registrado le resulta humillante, si no le gusta la comida, si muestra disgusto porque el guardián trafica con tabaco, si divide su pan con el vecino, si conserva aun la suficiente dignidad para enfadarse por un insulto, si es lo bastante honrado para sublevarse por pequeñas intrigas, la cárcel será para él un infierno. Se verá abrumado de trabajo o le meterán a pudrirse en confinamiento solitario.

La más leve infracción de disciplina significará el castigo mas grave. Y todo castigo llevará a otro. Por la persecución le empujaran a la locura. Puede considerarse afortunado si no deja la cárcel en un ataúd.

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8. Los carceleros.

Es fácil escribir en los periódicos que hay que vigilar estrechamente a los guardias de las cárceles, que deben elegirse entre hombres buenos. No hay nada más fácil que construir utopías administrativas. Pero el hombre seguirá siendo hombre, guardián o preso.

Y cuando se condena a estos guardianes a pasar el resto se sus vidas en situaciones falsas, sufren las consecuencias. Se vuelven irritables. Sólo en monasterios y conventos hay tal espíritu de mezquina intriga. En ninguna parte abundan tanto escándalos y chismorreos como entre los guardianes de las cárceles.

No se puede dar a un individuo autoridad sin corromperle. Abusará de ella. Y será menos escrupuloso y sentirá su autoridad más aun cuanto su esfera de acción sea mas limitada.

Obligado a vivir en terreno enemigo, el guardián no puede convertirse en un modelo de bondad. A la alianza de los presos se opone la de los carceleros. Es la institución la que les hace lo que son: sicarios ruines y mezquinos. Si pusiésemos a Pestalozzi en su lugar, pronto sería un carcelero.

Rápidamente, el rencor contra la sociedad penetra en el corazón del preso. Se habitúa a detestar a los que le oprimen. Divide el mundo en dos partes: una, aquella a la que pertenecen él y sus camaradas; la otra, el mundo exterior representado por los guardianes y sus superiores. Los presos forman una liga contra todos los que no llevan el uniforme de presidiario. Son sus enemigos y cuanto puedan hacer para engañarles es bueno.

Tan pronto como se ve en libertad, pone el preso en práctica su código. Antes de ir a la cárcel pudo cometer su delito involuntariamente. Ahora tiene una filosofía que puede resumirse en estas palabras de Zola: «Que sin vergüenzas son estos hombres honrados».

Si consideramos las distintas influencias de la cárcel sobre el preso nos convenceremos de que hacen al hombre cada vez menos apto para vivir en sociedad. Por otra parte, ninguna de estas influencias eleva las facultades intelectuales y morales del preso, ni le lleva a una concepción mas elevada de la vida. La cárcel no mejora al preso. Y además, hemos visto que no le impide cometer otros delitos. No logra, pues, ninguno de los fines que se propone.

9. ¿Cómo debemos tratar a los infractores?

Debemos de formular la siguiente pregunta: «¿Qué debería hacerse con los que violan las leyes?» No me refiero a las leyes escritas (son triste herencia de un triste pasado), si no a los principios morales grabados en los corazones de todos nosotros.

Hubo tiempos en que la medicina era el arte de administrar ciertas drogas, laboriosamente descubiertas con experimentos. Pero nuestra época ha enfocado el problema médico desde un nuevo ángulo. En vez de curar enfermedades, busca la medicina ahora ante todo impedirlas. La higiene es la mejor medicina de todas. Aun hemos de hacer lo mismo con este gran fenómeno social al que aun llamamos «delito», pero al que nuestros hijos llamarán «enfermedad social». Impedir la enfermedad será la mejor cura. Y esta conclusión se ha convertido ya en lema de toda una escuela de pensadores modernos dedicados al estudio del «delito».

En las obras publicadas por los innovadores están todos lo elementos necesarios para adoptar una actitud nueva hacia aquellos a quienes la sociedad, cobardemente, ha decapitado, ahorcado o encarcelado hasta ahora.

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10. Causas del delito.

A tres grandes categorías de causas se deben esos actos antisociales llamados delitos. Son causas sociales, fisiológicas y físicas. Empezaré por las últimas. Son las menos conocidas, pero su influencia es indiscutible.
Causas físicas.

Si vemos que un amigo hecha al correo una carta olvidándose poner la dirección, decimos que es un accidente, que es algo imprevisto. Estos accidentes, estos acontecimientos inesperados, se producen en las sociedades humanas con la misma regularidad que los que pueden prevenirse. El número de cartas sin dirección que se envían por correo continúa siendo notable año tras año. Este número puede variar de un año tras otro, pero muy levemente. Aquí tenemos un factor tan caprichoso como la distracción. Sin embargo, este factor está sometido a leyes igual de rigurosas que las que gobiernan los movimientos de los planetas.

Y lo mismo sucede con el número de delitos que se cometen al año. Con las estadísticas de años anteriores en la mano, cualquiera puede predecir con antelación, con sorprendente exactitud, el número aproximado de asesinatos que se cometerán en el curso del año en cada país europeo.

La influencia de las causas físicas sobre nuestras acciones aun no ha sido, ni mucho menos, plenamente estudiada. Se sabe, sin embargo, que predominan los actos de violencia en el verano, mientras que en el invierno adquieren prioridad los actos contra la propiedad. Si examinamos los gráficos obtenidos por el profesor Enrico Ferri y observamos que el gráfico de actos de violencia sube y baja con el de temperatura, nos impresiona profundamente la similitud de los dos y comprendemos hasta que punto el hombre es una máquina. El hombre que tanto se afana de su voluntad libre, depende de la temperatura, los vientos y las lluvias tantos como cualquier otro organismo. ¿Quién pondrá en duda estas influencias? Cuando el tiempo es bueno y es buena la cosecha, y cuando los hombres se sienten a gusto, es mucho menos probable que de pequeñas disputas resulten puñaladas. Si el tiempo es malo y la cosecha pobre, los hombres se vuelven irritables y sus disputas adquieren carácter mas violento.

Causas fisiológicas.

Las causas fisiológicas, las que dependen de la estructura del cerebro, órganos digestivos y sistema nervioso, son sin duda más importantes que las causas físicas. La influencia de capacidades heredadas, así como de la estructura física sobre nuestros actos, han sido objeto de tan profunda investigación que podemos formarnos una idea bastante correcta de su importancia.

Cuando Cesare Lombroso afirma que la mayoría de los que habitan nuestras cárceles tienen algún defecto en su estructura cerebral, podemos aceptar tal afirmación siempre que comparemos los cerebros de los que mueren en prisión con los de quienes mueren fuera en condiciones de vida generalmente malas. Cuando demuestra que los asesinatos más brutales los cometen individuos que tienen algún defecto mental grave, aceptamos lo que dice si tal afirmación la confirman los hechos. Pero cuando Lombroso declara que la sociedad tiene derecho a tomar medidas contra los deficientes, no aceptamos seguirle. La sociedad no tiene derecho a exterminar al que tenga el cerebro enfermo. Admitimos que muchos de los que cometen estos actos atroces son casi idiotas. Pero no todos los idiotas se hacen asesinos.

En muchas familias, tanto en los manicomios, como en los palacios, hay idiotas con los mismos rasgos que Lombroso considera característicos del «loco criminal». La única diferencia entre ellos y los que van al patíbulo es el medio en que viven. Las enfermedades cerebrales pueden ciertamente estimular el desarrollo de las tendencias asesinas, pero no es algo inevitable. Todo depende de las circunstancias de quien sufra la enfermedad mental.

Toda persona inteligente podrá ver, por los datos acumulados, que la mayoría de los individuos a los que se trata hoy como delincuentes son hombres que padecen alguna enfermedad, y a quienes en consecuencia, es necesario curar lo mejor posible en vez de enviarlos a la cárcel, donde su enfermedad sólo puede agravarse.

Si nos sometiésemos todos a un riguroso análisis, veríamos que a veces pasan por nuestra mente, rápidos como centellas, los gérmenes de ideas que son los fundamentos de las malas acciones. Rechazamos estas ideas, pero si hubiesen hallado un eco favorable en nuestras circunstancias o si otros sentimientos, como el amor, la piedad o la fraternidad, no hubiesen contrarrestado estas chispas de pensamientos egoístas y brutales, habrían acabado llevándonos a una mala acción. En suma, las causas fisiológicas juegan un papel importante en arrastrar a los hombres a la cárcel, pero no son las causas de la «criminalidad» propiamente dicha. Estas afecciones de la mente, el sistema cerebro- espinal, etc., podemos verlas en estado incipiente en todos nosotros. La inmensa mayoría padecemos alguno de esos males. Pero no llevan a la persona a cometer un acto antisocial a menos que circunstancias externas les den una inclinación mórbida.

Causas sociales.

Si las causas físicas tienen tan vigorosa influencia en nuestras acciones, si nuestra fisiología es tan a menudo causa de los actos antisociales que cometemos, ¡cuanto más poderosas son las causas sociales! Las mentes más avanzadas e inteligentes de nuestra época proclaman que es la sociedad en su conjunto la responsable de los actos antisociales que se cometen en ella. Igual que participamos de la gloria de nuestros héroes y genios, compartimos los actos de nuestros asesinos.

Nosotros les hicimos lo que son, a unos y otros.

Año tras año crecen miles de niños en medio de la basura moral y material de nuestras grandes ciudades, entre una población desmoralizada por una vida mísera. Estos niños no conocen un verdadero hogar. Su casa es una choza mugrienta hoy y las calles mañana.

Crecen sin salida decente para sus jóvenes energías. Cuando vemos a la población infantil de las grandes ciudades crecer de ese modo, no podemos evitar asombrarnos de que tan pocos de ellos se conviertan en salteadores de caminos y en asesinos. Lo que me sorprende es la profundidad de los sentimientos sociales entre el género humano, la cálida fraternidad que se desarrolla hasta en los barrios peores. Sin ella, el número de los que declarasen guerra abierta a la sociedad sería aun mayor. Sin esta amistad, esta aversión a la violencia no quedaría en pie ninguno de nuestros suntuosos palacios urbanos.

Y al otro lado de la escala, ¿qué ve el niño que crece en las calles? Lujo, estúpido e insensato, tiendas elegantes, material de lectura dedicado a exhibir la riqueza, ese culto al dinero que crea la sed de riqueza, el deseo de vivir a expensas de otros. El lema es:

«Hazte rico. Destruye cuanto se interponga en tu camino y hazlo por cualquier medio, salvo los que puedan llevarte a la cárcel». Se desprecia hasta tal punto el trabajo manual, que nuestras clases dominantes prefieren dedicarse a la gimnasia que manejar la sierra o la azada. Una mano callosa se considera signo de inferioridad y un vestido de seda, de superioridad.

La sociedad misma crea diariamente estos individuos incapaces de llevar una vida de trabajo honesto y llenos de impulsos antisociales. Les glorifica cuando sus delitos se ven coronados del éxito financiero. Les envía a la cárcel cuando no tiene «éxito». No servirán ya de nada cárceles, verdugos y jueces cuando la revolución social haya cambiado por completo las relaciones entre capital y trabajo, cuando no haya ociosos, cuando todos puedan trabajar según su inclinación por el bien común, cuando se enseñé a todos los niños a trabajar con sus propias manos al mismo tiempo que su inteligencia y su espíritu, al ser cultivados adecuadamente, alcanzan un desarrollo normal.

El hombre es resultado del medio en que se cría y en que pasa su vida. Si se le acostumbra a trabajar desde la niñez, a considerarse parte del conjunto social, a comprender que no puede hacer daño a otros sin sentir al fin él mismo las consecuencias, habrá pocas infracciones de las leyes morales. Las dos terceras partes de los actos que hoy se condenan cómo delitos, son actos contra la propiedad.

Desaparecerán con la propiedad privada. En cuanto a los actos de violencia contra las personas, disminuyen ya proporcionalmente al aumento del sentido social y desaparecerán cuando ataquemos las causas en vez de los efectos.

11. ¿Cómo curar a los infractores?

Hasta hoy, las instituciones penales, tan caras a los abogados, han sido un compromiso entre la idea bíblica de venganza, la creencia medieval en el dominio, la idea del poder del terror de los abogados modernos y la de la prevención del crimen por medio del castigo.

No deben construirse manicomios para subsistir a las cárceles. Nada más lejos de mi pensamiento, que idea tan execrable. El manicomio es siempre cárcel. Lejos también de mi pensamiento esa idea, que los filántropos airean de cuando en cuando, de que debe ponerse la cárcel en manos de médicos y maestros. Lo que los presos no han hallado hoy en la sociedad es una mano auxiliadora, sencilla y amistosa, que les ayude desde la niñez a desarrollar las facultades superiores de su inteligencia y su espíritu; facultades estas cuyo desarrollo natural han obstaculizado o un defecto orgánico o las malas condiciones sociales a que somete la propia sociedad a millones de seres humanos. Pero si carecen de la posibilidad de elegir sus acciones, los individuos privados de su libertad no pueden ejercitar estas libertades superiores de la inteligencia y el corazón.

La cárcel de los médicos, el manicomio, sería mucho peor que nuestras cárceles presentes. Sólo dos correctivos pueden aplicarse a esas enfermedades del organismo humano que conducen al llamado delito: fraternidad humana y libertad. No hay duda de que en toda sociedad, por muy bien organizada que esté, aparecerán individuos que se dejen arrastrar fácilmente por las pasiones y que pueden cometer de cuando en cuando hechos antisociales.

Pero para impedir esto es necesario dar a sus pasiones una dirección sana, otra salida.

Vivimos hoy demasiado aislados. La propiedad privada nos ha llevado al individualismo egoísta en todas nuestras relaciones mutuas. Nos conocemos muy poco unos a otros; los puntos de contacto son demasiado escasos. Pero hemos visto en la historia ejemplos de vida comunal mucho más integrada: la «familia compuesta» en China, las comunas agrarias, por ejemplo.

Estas gentes si se conocen entre sí. Las circunstancias las fuerzan a ayudarse recíprocamente en un sentido material y moral. La vida familiar, basada en la comunidad primigenia, ha desaparecido. Ocupará su lugar una nueva familia, basada en la comunidad de aspiraciones. En esta familia, los individuos se verán forzados a conocerse mutuamente, a ayudarse entre sí y a apoyarse unos en otros moralmente en toda ocasión. Y esta colaboración mutua impedirá el gran número de actos antisociales que vemos hoy.

Se dirá, sin embargo, que habrá siempre algunos individuos, los enfermos, si queréis llamarles así, que serán un peligro para la sociedad. ¿No será necesario, pues, liberarnos de ellos, o impedir al menos que hagan daño a otros? Ninguna sociedad, por muy poco inteligente que sea, necesitará recurrir a una solución tan absurda, y ello tiene un motivo. Antiguamente se consideraba a los locos posesos de demonios y se les trataba en consecuencia.

Les mantenían presos en sitios como establos, encadenados a la pared como animales peligrosos. Luego Pinel, hombre de la gran revolución se atrevió a eliminar aquellas cadenas y probó a tratarles como hermanos. «Te devorarán», gritaron los guardianes. Pero Pinel no tuvo miedo. Aquellos a quienes se consideraba bestias salvajes se reunieron alrededor de Pinel y demostraron con su actitud que él tenía razón al creer en el mejor aspecto de la naturaleza humana, aun cuando la enfermedad nublase la inteligencia. Y ganó la causa. Se dejo de encadenar a los locos.

Luego, los campesinos del pueblecito belga de Gheel encontraron algo mejor. Dijeron:

«Mandadnos vuestros locos. Nosotros les daremos libertad total». Les adoptaron en sus familias, les dieron un sitio en sus mesas, oportunidad de cultivar con ellos sus campos y un puesto entre sus jóvenes en bailes y fiestas. «Comed, bebed y bailad con nosotros. Trabajad y corred por el campo y sed libres.» Este era el sistema, esta era toda la ciencia que sabían los campesinos belgas. (Hablo de los primeros tiempos. Hoy el tratamiento de los locos en Gheel se ha convertido en profesión y, siendo profesión y persiguiendo el lucro, ¿qué significado puede poseer?) Y la libertad obró un milagro. Los locos se curaron. Incluso los que tenían lesiones orgánicas incurables se convirtieron en miembros dóciles y tratables de la familia, como el resto. La mente enferma podía seguir trabajando de un modo anormal pero el corazón estaba en su sitio. Se proclamó el hecho como un milagro. Se atribuyeron estos notables cambios a la acción milagrosa de santos y vírgenes. Pero la virgen era la libertad y el santo, trabajo en el campo y trato fraternal. En uno de los extremos del inmenso «espacio que media entre enfermedad mental y delito» del que Maudsley habla, la libertad y el trato fraternal obraron su milagro.

También lo obrarán por el otro extremo.

12. Conclusión.

La cárcel no impide que se produzcan actos antisociales. Multiplica su número. No mejora a los que pasan tras sus muros. Por mucho que se reforme, las cárceles seguirán siendo siempre lugares de represión, medios artificiales, como los monasterios, que harán al preso cada vez menos apto para vivir en comunidad. No logran sus fines.

Degradan la sociedad. Deben desaparecer. Son supervivencia de barbarie mezclada con filantropía jesuítica.

El primer deber del revolucionario será abolir las cárceles: esos monumentos de la hipocresía humana y de la cobardía. No hay porque temer actos antisociales en un mundo de iguales, entre gente libre, con una educación sana y el hábito de la ayuda mutua. La mayoría de estos actos ya no tendrían razón de ser. Los restantes serían sofocados en origen.

En cuanto a aquellos individuos de malas tendencias que nos legará la sociedad actual tras la revolución, será tarea nuestra impedir que ejerciten tales tendencias. Esto se logrará ya muy eficazmente mediante la solidaridad de todos los miembros de la comunidad contra tales agresores. Si no lo lográsemos en todos los casos, el único correctivo práctico seguiría siendo tratamiento fraternal y apoyo moral.

No es esto una utopía. Se ha hecho ya con individuos aislados y se convertirá en práctica general. Y estos medios serán mucho más poderosos para proteger a la sociedad de actos antisociales que el sistema actual de castigo que es fuente constante de nuevos delitos.

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Hecha la Ley, hecha la Trampa (Hecha la InJusticia)

Hecha la ley, hecha la trampa (Hecha la InJusticia)

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“El capitalismo te roba y te hace esclavo del salario. La ley mantiene y protege ese crimen. El gobierno te engaña haciéndote creer que eres independiente y libre. De ese modo eres embaucado y burlado todos los días de toda tu vida”

La libertad que te dan en el papel, que está escrita en los libros de leyes y en las constituciones, no te proporciona bienestar alguno. Una libertad así significa tan sólo que tienes el derecho de hacer una cosa determinada. 
Pero no significa que puedes hacerla. Para ser capaz de hacer algo, tienes que tener la oportunidad, la ocasión. Tienes el derecho de comer tres estupendas comidas al día, pero si no tienes los medios, la oportunidad para conseguir esas comidas, entonces ¿a qué viene ese tu derecho?
De este modo, la libertad significa realmente la oportunidad de satisfacer tus necesidades y deseos. Si tu libertad no te proporciona esa oportunidad, entonces no te sirve de nada. La libertad real significa oportunidad y bienestar. 
Si no significa eso, no significa nada.

Escrito por el Anarquista Alexander Berkman

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“El gobierno hace la ley. Así que éste ha de poseer una fuerza material (ejército y policía) para imponer la ley, ya que, de no ser así, solo obedecería quién quisiera, y eso no sería ley, sino más bien una simple propuesta que cada uno sería libre de respetar o rechazar. Y esta fuerza los gobiernos la tienen, y se sirven de ella para poder fortalecer su dominio con sus leyes y servir a los intereses de las clases privilegiadas, oprimiendo y explotando a los trabajadores. El límite de la opresión del gobierno es la fuerza que el pueblo pueda oponer. Puede existir un conflicto abierto o latente, pero conflicto lo hay siempre, visto que el gobierno no se detiene ante el descontento y la resistencia popular más que cuando huele el peligro de la insurrección.”

Escrito por el Anarquista Malatesta

¿La justicia?

No, amigo mío, aunque es terrible admitirlo, no hay justicia en el mundo. Peor aún: no puede haber justicia alguna, mientras que vivamos bajo las condiciones que hacen posible que una persona se aproveche de la necesidad de otra, que la convierta en ventaja para él, y que explote a su prójimo.

No puede haber justicia mientras que un hombre sea gobernado por otro, mientras que uno tenga autoridad y poder para obligar a otro contra su voluntad. No puede haber justicia entre amo y siervo. Ni tampoco igualdad.

La justicia y la igualdad sólo pueden existir entre iguales. ¿Es el pobre barrendero socialmente igual que Morgan? ¿Es la limpiadora igual que Lady Astor? Haz que la limpiadora y Lady Astor entren en cualquier lugar, público o privado. ¿Recibirían una bienvenida y un tratamiento igual? El mero atavío de ellas determinará su respectiva recepción. Puesto que incluso sus vestidos indican, en las presentes circunstancias, la diferencia en su posición social, su situación en la vida, su influencia y su riqueza.

Puede ser que la limpiadora haya trabajado con fatiga y duramente toda su vida, puede ser que haya sido un miembro de los más laboriosos y útiles de la comunidad. Puede ser que la Lady nunca haya dado un golpe en cuanto a trabajo, puede ser que nunca haya sido útil en lo más mínimo a la sociedad. A pesar de todo, será bien recibida la señora rica y ella será preferida. 
He recogido este ejemplo casero porque es típico de todo el carácter de nuestra sociedad, típico de toda nuestra civilización.

Sólo el dinero, y el influjo y la autoridad que impone el dinero, es lo que cuenta en el mundo.

No la justicia, sino la posesión. Amplía este ejemplo para que cubra tu propia vida y encontrarás que la justicia y la igualdad sólo son habladuría barata, mentiras que te enseñan, mientras que el dinero y el poder son las cosas verdaderas, las realidades.



Sin embargo, existe un sentido de justicia profundamente asentado en la humanidad, y tu mejor naturaleza se resiente siempre que ves que se comete injusticia con alguien. Te sientes ultrajado y te indignas de ello; porque todos nosotros tenemos una simpatía instintiva hacia nuestros prójimos, pues por naturaleza y por costumbre somos seres sociales. Pero cuando están implicados tus intereses o tu seguridad, tú actúas de un modo diferente; incluso sientes de un modo diferente.

Supón que ves que tu hermano hace daño a un extraño. Le llamarás la atención por esto, le reprocharás esto.

Cuando ves a tu patrón cometer una injusticia con algún compañero obrero, también te resientes y sientes el deseo de protestar. Pero lo más probable es que te contengas de expresar tus sentimientos, porque podrías perder tu puesto o quedar en malas relaciones con tu patrón.

Tus intereses suprimen el mejor impulso de tu naturaleza. Tu dependencia con respecto al patrón y a su poder económico sobre ti influyen en tu conducta.

Escrito por el Anarquista Alexander Berkman

Ley y gobierno

https://www.youtube.com/watch?v=4CZs1R2C69M&list=PLygqavJysUHI8kR7iOCLoY5p-znRLFH-C&index=5

Sí, tienes razón: la ley prohíbe el robo.

Si yo te robara algo, podrías llamar a un policía y me arrestarían. La ley castigará al ladrón y el gobierno te devolverá la propiedad robada, si esto es posible, porque la ley prohíbe robar. Esto significa que nadie tiene el derecho a coger algo de ti sin tu consentimiento.

Pero tu empresario coge de ti lo que tú produces. Toda la riqueza producida por el trabajo la cogen los capitalistas y la guardan como su propiedad.

La ley dice que tu empresario no roba nada de ti, porque lo hace con tu consentimiento. Tú has estado de acuerdo en trabajar para tu patrón a cambio de una determinada paga, y él ha estado de acuerdo en quedarse con todo lo que tú produces. Puesto que tú estuviste de acuerdo con esto, la ley dice que él no te roba nada.

¿Pero estuviste tú realmente de acuerdo?

Cuando el salteador de caminos apunto con su escopeta a tu cabeza, tú le entregas tus cosas de valor. De acuerdo en que tú «consientes», pero lo haces porque no puedes actuar de otro modo, porque te obliga su escopeta.

¿No estás obligado a trabajar para un empresario? Tu necesidad te obliga, exactamente igual que la escopeta del salteador de caminos. Tienes que vivir y lo mismo tienen que vivir tu mujer y tus hijos. No puedes trabajar para ti mismo; en el sistema industrial capitalista tienes que trabajar para un empresario. Las fábricas, las maquinarias y las herramientas pertenecen a la clase empresarial, de modo que tú debes alquilarte a ti mismo a esa clase para trabajar y vivir. Sea cual fuere tu trabajo, sea quien fuere tu empresario, siempre se llega a lo mismo: tienes que trabajar para él. No puedes impedirlo. Estás obligado.

De esta forma la totalidad de la clase trabajadora está compelida a trabajar para la clase capitalista. De este modo los trabajadores se ven forzados a entregar toda la riqueza que producen. Los empresarios guardan esa riqueza como su ganancia, mientras que el trabajador consigue tan sólo un salario, lo justo y suficiente como para seguir viviendo, de modo que pueda seguir produciendo más riqueza para su empresario. ¿No es eso una estafa, un robo?

La ley dice que es un «libre acuerdo». Del mismo modo podría el salteador de caminos decir que tú «acordaste» entregarle tus cosas valiosas. La única diferencia consiste en que la manera de actuar del salteador de caminos se denomina robo y atraco, y está prohibida por la ley, mientras que la manera de actuar capitalista se denomina negocio, industria, realización de ganancias y está protegida por la ley.

Pero ya sea al modo del salteador de caminos o al modo capitalista, tú saber que te han robado.

La totalidad del sistema capitalista descansa en un robo así.

La totalidad del sistema de leyes y gobiernos sostiene y justifica este robo.

Ese es el orden de cosas denominado capitalismo, y la ley y el gobierno existen para proteger ese orden de cosas.

¿Te asombras que el capitalista y el empresario, y todos los que se aprovechan de este orden de cosas estén fuertemente a favor de la «ley y el orden»?

¿Pero dónde entras tú? ¿Qué beneficio tienes tú de esa especie de «ley y orden»? ¿No ves que esta «ley y orden» tan sólo te despoja, te engaña, y precisamente te esclaviza?

«¿Me esclaviza?», me dices con extrañeza. «¡Pero si soy ciudadano libre!»

¿Eres realmente libre? ¿Libre para hacer qué? ¿Para vivir como te parezca? ¿Haces lo que te agrada?

Veamos. ¿Cómo vives? ¿A qué equivale tu libertad?

dependes de tu empresario para tus salarios o tu sueldo, ¿no es así? Y tus salarios determinan tu modo de vida, ¿no es así? Las condiciones de tu vida, incluso lo que tú comes y bebes, a dónde vas y con quien te asocias, todo esto depende de tus salarios.

No, no eres un hombre libre. Depende de tu empresario y de tus salarios. Eres realmente un esclavo asalariado.

La totalidad de la clase trabajadora, bajo el sistema capitalista, depende de la clase capitalista. Los trabajadores son esclavos asalariados.

Por tanto, ¿en qué se convierte tu libertad? ¿Qué puedes hacer con ella? ¿Puedes hacer con ella más de lo que te permiten tus salarios?

¿Puedes ver que ni salario, tu sueldo o tus ingresos, es toda la libertad que tienes? ¿Tu libertad no llega un solo paso más allá de lo que llegan tus salarios?

La libertad que te dan en el papel, que está escrita en los libros de leyes y en las constituciones, no te proporciona bienestar alguno. Una libertad así significa tan sólo que tienes el derecho de hacer una cosa determinada. Pero no significa que puedes hacerla. Para ser capaz de hacer algo, tienes que tener la oportunidad, la ocasión. Tienes el derecho de comer tres estupendas comidas al día, pero si no tienes los medios, la oportunidad para conseguir esas comidas, entonces ¿a qué viene ese tu derecho?

De este modo, la libertad significa realmente la oportunidad de satisfacer tus necesidades y deseos. Si tu libertad no te proporciona esa oportunidad, entonces no te sirve de nada. La libertad real significa oportunidad y bienestar. Si no significa eso, no significa nada.

Ves, entonces, que toda la situación se reduce a esto:

El capitalismo te roba y te convierte en un esclavo asalariado.

La ley sostiene y protege ese robo.

El gobierno te engaña haciéndote creer que eres independiente y libre.

De este modo te engañan y te timan cada día de tu vida.

¿Pero por qué ocurre que tú no pensaste en esto antes? ¿Cómo es que la mayoría de los otros tampoco lo ve?

Porque a ti y a todos los demás os mienten constantemente a este respecto, desde vuestra temprana infancia.

Te dicen que tienes que ser honrado, mientras que te roban durante toda la vida.

Te ordenan que respetes la ley, mientras que la ley protege al capitalista que te está robando.

Te enseñan que es malo matar, mientras que el gobierno ahorca y electrocuta a la gente y hace con ellos matanzas en la guerra.

Te dicen que obedezcas la ley y al gobierno, aunque la ley y el gobierno apoyan el robo y el asesinato.

Así, durante toda tu vida te mienten, te engañan y te defraudan, de modo que sea más fácil sacar ganancias de ti, explotarte.

Porque no es sólo el empresario y el capitalista los que sacan ganancias de ti. El gobierno, la Iglesia y la escuela, todos ellos viven de tu trabajo. Tú los sostienes a todos. Esa es la razón por la que todos ellos te enseñan que tienes que estar contento con tu suerte y comportarte bien.

«¿Es realmente verdad que yo los sostengo a todos?», preguntas desconcertado.

Veamos. Ellos comen y beben y se visten, sin hablar de lujos que disfrutan. ¿Hacen ellos las cosas que usan y consumen? ¿Plantan ellos y siembran y construyen y todo lo demás?

«Pero ellos pagan por esas cosas», objeta tu amigo. Sí, ellos pagan. Supón que un tipo te roba cincuenta dólares y entonces va y compra con ellos un traje. ¿Es ese traje según el derecho suyo? ¿No pagó por él? Bien, de ese mismo modo la gente que no produce nada o que no realiza un trabajo útil paga por las cosas. Su dinero es la ganancia que ellos o sus padres antes que ellos exprimieron de ti, de los trabajadores.

«¿Entonces no es mi patrón el que me sostiene, sino que yo le sostengo a él?»

Por supuesto. El te da un empleo; es decir, te da el permiso para trabajar en la fábrica o industria que no construyó él sino otros trabajadores como tú. Y por ese permiso tú contribuyes a sostenerle durante el resto de tu vida o mientras que trabajes para él. Lo sostienes tan generosamente que él se puede permitir una mansión en la ciudad y una cada en el campo, incluso varias, y criados para atender sus deseos y los de su familia y para el entretenimiento de sus amigos, y para carreras de caballos y carreras de botes, y para centenares de cosas. Pero no es sólo con él con quien eres tan generoso. Con tu trabajo, mediante el impuesto directo e indirecto, se sostienen el gobierno entero, local, estatal y nacional, las escuelas y las iglesias, y todas las otras instituciones cuyo asunto consiste en proteger las ganancias y mantenerte engañado. Tú y tus compañeros trabajadores, el trabajo como un todo, sostenéis a todos ellos. ¿Te extrañas de que todos ellos te digan que todo está en orden y que tienes que ser bueno y permanecer tranquilo?

Es bueno para ellos que tú te mantengas tranquilo, porque ellos no podrían seguir engañando y robando, una vez que tú abras tus ojos y veas lo que te está ocurriendo.

Por eso todos ellos apoyan decididamente el sistema capitalista, están por «la ley y el orden».

Pero, ¿es bueno ese sistema para ti? ¿Piensas que es correcto y justo?

Si no lo crees así, ¿por qué lo aguantas? ¿Por qué lo sostienes?

«¿Qué puedo hacer?», dices. «Estoy solo».

¿Realmente estás solo? ¿No eres más bien uno de los muchos miles, de millones, que son explotados todos y que están esclavizados lo mismo que tú lo estás? Sólo que ellos no lo saben. Si lo supieran, no lo apoyarían. Esto es cierto. Por eso la cuestión es hacérselo comprender a ellos.

Cada trabajador en tu ciudad, cada uno que se fatiga trabajando en tu país, en cada país, en el mundo entero, está explotado y esclavizado lo mismo que lo estás tú.

Y no sólo los obreros. Los campesinos son engañados y robados de la misma manera.

Exactamente igual que los obreros, el campesino depende de la clase capitalista. Trabaja durante toda su vida, pero la mayor parte de su trabajo pasa a los trusts y a los monopolios de la tierra, que según el derecho no es más de ellos que lo es la luna.

El campesino produce el alimento del mundo. Nos alimenta a todos nosotros. Pero antes de que pueda hacer llegar sus bienes a nosotros, le hacen pagar el tributo a la clase que vive del trabajo de los demás, a la clase que saca ganancias, a la clase capitalista. Al campesino le quitan la mayor parte de su producto, lo mismo que al obrero. Se lo quita el dueño de la tierra y el que tiene su hipoteca; se lo quita el trusts del acero y el ferrocarril. El banquero, el comisionista, el detallista y una legión de otros intermediarios exprimen sus ganancias del campesino, antes que a éste se le permita llevar su alimento hasta ti.

La ley y el gobierno permiten y favorecen este robo decretando que:

– La tierra que nadie ha creado, pertenece al terrateniente;

– Los ferrocarriles, que han construido los obreros, pertenecen a los magnates de los ferrocarriles;

– Los almacenes, silos y depósitos, erigidos por los obreros, pertenecen a los capitalistas;

– Todos esos monopolistas y capitalistas tienen derecho a obtener ganancias del campesino por usar los ferrocarriles y otros servicios antes de que pueda hacer llegar su alimento hasta ti.

Puedes ver entonces cómo roba al campesino el gran capital y los hombres de negocios, y cómo la ley ayuda a ese robo, exactamente igual que en el robo del obrero.

Pero no es sólo el obrero y el campesino los que son explotados y forzados a entregar la mayor parte de su producto a los capitalistas, a los que han monopolizado la tierra, los ferrocarriles, las fábricas, la maquinaria y todos los recursos naturales. El país entero, el mundo entero es obligado a pagar tributo a los reyes de las finanzas y de la industria.

El pequeño hombre de negocios depende del vendedor al por mayor; el vendedor al por mayor del industrial; el industrial de los magnates de la industria, y todos ellos dependen de los señores del dinero y de los bancos para su crédito. Los grandes banqueros y financieros pueden eliminar a cualquiera de los negocios simplemente retirándoles su crédito. Hacen esto siempre que desean excluir a alguien del negocio. El hombre de negocios está enteramente a merced de ellos. Si no desarrolla el juego que ellos desean, que convenga a sus intereses, entonces simplemente lo echan del juego.

De este modo, toda la humanidad depende de y está esclavizada por un puñado de hombres que han monopolizado casi la riqueza entera del mundo, pero que ellos mismos nunca han creado nada.

«Pero esos hombres trabajan duro», dices.

Bien, algunos de ellos no trabajan de ninguna manera. Algunos son precisamente zánganos, cuyos negocios los dirigen otros. Algunos de ellos trabajan. ¿Pero qué clase de trabajo realizan? ¿Producen algo, como hace el obrero y el campesino? No, no producen nada, aunque puedan trabajar. Trabajan para desposeer al pueblo, para sacar ganancias de él. ¿Te beneficia su trabajo? También el salteador de caminos trabaja duro y también corre grandes riesgos. Su «trabajo», como el del capitalista proporciona empleo a los abogados, los carceleros y a una muchedumbre de otros secuaces, a todos los cuales sostiene tu trabajo.

Parece ciertamente ridículo que todo el mundo tenga que estar esclavizado para el beneficio de un puñado de monopolistas y que todos tengan que depender de ellos para su derecho y oportunidad de vivir. Pero la realidad es precisamente esa. Y todavía es más ridículo cuando consideras que los obreros y los campesinos, que solamente ellos crean toda la riqueza, tienen que ser los más dependientes y los más pobres de todas las otras clases en la sociedad.

Realmente es monstruoso, y es muy triste. Seguramente tu sentido común tiene que decirte que una situación así está muy cerca de la locura. Si las grandes masas del pueblo, los millones de todo el mundo, pudieran ver cómo son engañados, explotados y esclavizados, tal como lo ves ahora, ¿seguirán apoyando que esto marchara así? ¡Con seguridad que no lo harían!

Los capitalistas saben que no lo harían. Por eso necesitan al gobierno para que legalice sus métodos de robo, para proteger el sistema capitalista.

Y así es como el gobierno necesita leyes, policía y soldados, tribunales y prisiones, para proteger el capitalismo.

Pero, ¿quiénes son la policía y los soldados que protegen a los capitalistas contra ti, contra el pueblo?

Si ellos mismos fueran capitalistas, entonces sería razonable que ellos desearan proteger la riqueza que han robado, y que intentaran conservar, incluso por la fuerza, el sistema que les da el privilegio de robar al pueblo.

Pero la policía y los soldados, los defensores de «la ley y el orden», no son de la clase capitalista. Son hombres de las filas del pueblo, pobres hombres que por una paga protegen el sistema mismo que los mantiene pobres. Es increíble, ¿verdad? Sin embargo, es verdad. La cosa se reduce a esto: algunos de los esclavos protegen a sus amos manteniendo a ellos y al resto del pueblo en la esclavitud. Del mismo modo, Gran Bretaña, por ejemplo, mantiene a los hindúes en la India sometidos mediante una policía de nativos, de los mismos hindúes. O lo mismo que hace Bélgica con los negros en el Congo. O lo mismo que hace cualquier gobierno con un pueblo subyugado.

Es el mismo sistema. Esto es lo que supone:

El capitalismo roba y explota a todo el pueblo; las leyes legalizan y defienden este robo capitalista; el gobierno usa una parte del pueblo para ayudar y proteger a los capitalistas en su robo a todo el pueblo.

Todo el asunto se mantiene educando al pueblo a creer que el capitalismo es correcto, que la ley es justa y que el gobierno debe ser obedecido.

¿Descubres ahora este juego?

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______

En un sociedad Anarquista seria sin gobierno, en que se obtiene la armonía, no por sometimiento a ley, ni obediencia a autoridad, sino por acuerdos libres establecidos entre los diversos grupos, territoriales y profesionales, libremente constituidos para la producción y el consumo, y para la satisfacción de la infinita variedad de necesidades y aspiraciones de un ser civilizado.

Antimilitarismo

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__________________Guerra 
 La Guerra mundial edificó gigantescas fortunas para los señores de la finanza
y tumbas para los trabajadores.

¿Y actualmente? Actualmente nos encontramos de nuevo al borde de una nueva
guerra, mucho más grande y terrible que el último holocausto. Cada gobierno se
está preparando para ella y se está apropiando millones de dólares del sudor y de
la sangre de los trabajadores para la próxima carnicería.

Reflexiona sobre esto, amigo mío, y mira lo que están haciendo el capital y el
gobierno por ti, lo que te están haciendo.

Pronto te llamarán de nuevo para «defender tu patria». En tiempos de paz
haces el trabajo de esclavo en el campo y en la fábrica, durante la guerra sirves
como carne de cañón, y todo ello por la suprema gloria de tus amos.”

__________________Patria

Cuando llega una crisis, en la forma que he descrito, con su paro y sus penalidades,
te dicen que no es la culpa de nadie, que son «malos tiempos», el resultado de
la superproducción y semejantes camelos. Y cuando la competencia capitalista por
las ganancias hace surgir una situación de guerra, los capitalistas y sus lacayos
los políticos y la prensa levantan el grito de «¡Salva a tu patria!» para llenarte con
falso patriotismo y hacer que pelees las batallas de ellos y para ellos.

En nombre del patriotismo te ordenan dejar de ser tú mismo, suspender tu
propio juicio y entregar tu vida, convertirte en una ruedecilla sin voluntad en
una máquina asesina, obedeciendo ciegamente la orden de matar, de saquear y de
destruir, abandonar a tu padre y a tu madre, a tu mujer y a tu hijo, y a todo lo que
amas, y comenzar a matar a tus prójimos que nunca te hicieron daño alguno, los
cuales son exactamente tan desgraciados y tan víctimas engañadas por sus amos
como lo eres tú por los tuyos

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__________Pueblo

El problema es la existencia de un Estado que cuenta con el apoyo y la colaboración de las clases dirigentes de cada pueblo,  que no oprime a pueblos sino a clases. Las personas no son reprimidas en función de que sean,  sino en base a que cuestionen o no las estructuras de poder y el sistema establecido.

_________Tipos de clases de personas

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Clases de gente con intereses enteramente diferentes.
En todas partes encontrarás:

1. Una clase comparativamente pequeña que hace grandes ganancias y que son muy ricos, tales como banqueros, grandes propietarios de fábricas y terratenientes, gente que tiene mucho capital y que por ello se denominan capitalistas. Estos pertenecen a la clase capitalista;

2. Una clase de gente, más o menos acomodada, que consiste en hombres de negocio y sus agentes, hombres de bienes raíces, especuladores y profesionales, tales como doctores, abogados, etc. Esta es la clase media o la burguesía;

3. Grandes cantidades de trabajadores empleados en diversos trabajos, en empresas y minas, en fábricas y talleres, en el transporte y en la tierra. Esta es la clase trabajadora, denominada también el proletariado.

La burguesía y los capitalistas pertenecen realmente a la misma clase capitalista, porque tienen aproximadamente los mismos intereses y, por consiguiente la gente de la burguesía por lo general también se pone al lado de la clase capitalista contra la clase trabajadora.

Encontrarás que la clase trabajadora, en todos los países, es siempre la clase más pobre. Tal vez tú mismo perteneces a los trabajadores, al proletario. En ese caso, sabes que tus salarios nunca te harán rico.

(Resumido- Anarquista Alexander Berkan)

Antimilitarismo: una visión anarquista.

“La educación de los militares, desde el soldado raso hasta las más altas jerarquías,les convierte necesariamente en enemigos de la sociedad civil y el pueblo. Incluso su uniforme, con todos esos adornos ridículos que distinguen los regimientos y los grados, todas esas tonterías infantiles que ocupan buena parte de su existencia y les haría parecer payasos si no estuvieran siempre amenazantes, todo ello les separa de la sociedad. Ese atavío y sus mil ceremonias pueriles, entre las que transcurre la vida sin más objetivo que entrenarse para la matanza y la destrucción, serían humillantes para hombres que no hubieran perdido el sentimiento de la dignidad humana. Morirían de vergüenza si no hubieran llegado, mediante una sistemática perversión de ideas, a hacerlo fuente de vanidad.La obediencia pasiva es su mayor virtud. Sometidos a una disciplina despótica, acaban sintiendo horror de cualquiera que se mueva libremente. Quieren imponer a la fuerza la disciplina brutal, el orden estúpido del que ellos mismos son víctimas.”

(Anarquista Mijail Bakunin)

Antimilitarismo, una visión anarquista

Les anarquistas siempre hemos considerado que el Ejército y el Estado han ido de la mano desde los inicios de la historia. La explotación de las personas por las personas no ha existido siempre, como pretenden hacernos creer en estos momentos. En los principios de la humanidad existían tribus, clanes, que se organizaban de forma que nadie explotaba ni económica ni políticamente a nadie. Es decir, no existían los estados.

A medida que la producción social fue aumentando, ésta alcanzó un punto en el que empezó a haber excedentes: es a partir de este momento cuando determinadas personas son liberadas del trabajo productivo, y también a partir de aquí comenzaron a darse competencias religiosas, militares, judiciales, etc. Los bienes de consumo y los medios de producción, que hasta entonces eran patrimonio colectivo, pasaron a estar en manos de una élite gobernante. Ello constituiría el embrión de los estados.

Desde sus orígenes, el Estado siempre se ha identificado con la organización militar. Inmediatamente se sustituyó lo que el anarquismo denomina «el pueblo en armas», lo que siempre ha defendido como alternativa para la defensa de los pueblos (por ser la forma más idónea de organizar las comunidades en las que no hay clases sociales). El pueblo en armas sólo se servía a sí mismo, por lo que no interesaba a esta élite de gobernantes, que formaron un grupo de personas, a las cuales se les proporcionó armas, destinado a servir únicamente los intereses de esta nueva clase dominante.

Sin embargo, en cierto modo algunes anarquistas desmontan esta teoría, como Cappelletti, quien mantiene que el origen de la existencia del poder y la autoridad fue debido a un problema cultural. Según Cappelletti, cuestiones que en su momento no podían explicarse, como por ejemplo la muerte, dieron lugar a la aparición de chamanes, quienes fueron les que empezaron a tener el control, iniciándose así el desarrollo de estructuras de poder, jerárquicas. Sea como sea, lo que está claro es que Estado y Ejército siempre han ido de la mano.

Paralelamente, el antimilitarismo ha existido siempre, desde que existe el Estado. Podríamos hablar de cuestiones históricas concretas sobre antimilitarismo, como la desobediencia en Grecia, en el Imperio romano, etc., pero me voy a centrar en la etapa final del siglo XIX y el siglo XX; antes quisiera enmarcar cómo se concebía el servicio militar por entonces.

En el siglo XVI comenzaron a desarrollarse las milicias provinciales, lo que se conoce como el «ejército de levas» o el servicio militar obligatorio. Éstas fueron implantadas en Castilla por el cardenal Cisneros, pero no tuvieron mucho éxito; no fue hasta el siglo XVIII cuando definitivamente se implantó el alistamiento popular gratuito y obligatorio. Desde entonces surgieron los primeros prófugos, generándose así una lucha entre lo militar (el Estado) y el pueblo, que consideraba el alistamiento como un ataque a la equidad y a la justicia, que hacía además notables los privilegios clasistas. Hay que recordar que cuando llamaban «a quintas», aunque llamaban por igual a los hijos de ricos y de pobres, los primeros gozaban de ciertos privilegios, como evitar el cumplimiento de la ley mediante la redención o la sustitución. Ellos, al fin y al cabo, tenían dinero para comprar al médico, al funcionario de turno y a quien hiciera falta.

Cuando llamaban a quintas, sólo un determinado número de personas eran destinadas, ya que por entonces se requería un número límite de soldados al año. Si durante el transcurso del año se necesitaban más soldados, éstos eran escogidos de entre aquellas personas que habían quedado excedentes del cupo de reclutamiento. Una vez hecho el sorteo, las listas se hacían públicas en la plaza del pueblo. Mientras los ricos se podían librar, a los pobres sólo les quedaba la opción de convertirse en prófugos (bien exiliarse del país o bien pasar a lo que se denominaba como bandolerismo), amputarse los dedos, inhalar sustancias tóxicas, etcétera.

Hasta 1869, curiosamente justo cuando entra la Internacional en España, las luchas antimilitaristas eran luchas sobre todo individuales. Se criticaba la peligrosidad de incorporarse a filas, los malos tratos, la injusticia de clase, etc. Es a partir de este año cuando la lucha pasa a ser más colectiva y se incrementan de forma gradual las acciones violentas, motines y manifestaciones; todo ello mezclado con proclamas revolucionarias. Se ve claramente que el anarquismo ha entrado en escena y empiezan a radicalizarse las posturas mantenidas hasta entonces. Las críticas a los malos tratos se convierten en peticiones más sociales e ideológicas: abolición de la ley del servicio militar obligatorio y de los ejércitos.

Hay que señalar que las tasas de prófugos por entonces rondaban el 20%. Curiosamente, en 1896 el Gobierno sacó una ley que premiaba a los delatores de prófugos, precisamente, librándolos de entrar en quintas. Los motines anti quintas estaban totalmente generalizados; destacan los que se produjeron entre los años 1869 y 1872, período en el que la prensa escrita de la época recoge más de 90 rebeliones. Donde más arraigó el anarquismo claramente es donde existió más conflictividad. En 1869 se produjeron los sucesos de Jerez, revuelta que finalizó con 30 trabajadors muertes y más de 600 preses; el Ejército tardó 2 días en entrar en la ciudad. Ese mismo año, más de 5.000 mujeres se manifestaron ante el congreso, donde llegaron a interrumpir una sesión. La participación de las mujeres en las luchas era fundamental, ya que se negaban a que sus hijos entrasen a quintas. A lo largo de 1870, en varias ciudades se boicotean los sorteos de reclutamiento y se declaran huelgas generales. En 1872 destacan las insurrecciones de Alcoy, Cartagena y Madrid. Las protestas crecen año tras año.

Casi una década antes, en 1863, la primera república hizo una intensa campaña de llamada a quintas, usando como excusa la guerra carlista. Les republicanes acusaban a les anarquistas de reaccionaries por boicotear el servicio militar. En esos años, la AIT, inmersa en la lucha antimilitarista, propone lo que se conocería después como el pueblo en armas. Éste es el manifiesto:

“No somos carlistas, ni alfonsinos, ni vendidos al oro de la reacción. Somos obreros revolucionarios que no sólo odiamos las tiranías políticas, sino también las económicas. Para combatir a carlistas y alfonsinos y a todos los reaccionarios, todos juntos podemos más que todas las organizaciones en que los hombres van a combatir como manso rebaño de corderos.”

En cuanto al siglo XX, empezamos destacando un manifiesto, un alegato antimilitarista llamado «La contribución de la sangre», publicado en 1901 y escrito por el compañero Fermín Salvoechea, un anarquista, hombre de acción y revolucionario nato que estuvo presente en todas las luchas que se dieron en la provincia de Cádiz.

En 1907 se celebró un congreso anarquista internacional en Ámsterdam de enorme importancia en la historia del anarquismo, ya que se produjo un intenso debate sobre anarquismo y organización, en tiempos en los que el individualismo anarquista estaba muy presente. Paralelamente a éste, se celebró otro congreso antimilitarista internacional donde todas las propuestas aprobadas fueron precisamente las propuestas anarquistas:

  • Lucha contra las instituciones militares
  • Intensificación de la propaganda antimilitarista
  • Coordinación internacional
  • Creación de grupos que busquen la deserción de los soldados

En España, durante la guerra de Marruecos se produjeron rebeliones en 1904, 1905 y 1909. Esta última fue especialmente importante, ya que se evidenció claramente la conexión entre anarquismo, movimiento obrero y antimilitarismo: se conoce como la Semana Trágica. Tuvo lugar en Barcelona y comenzó con un levantamiento contra el embarque de reservistas destinados a la guerra de Marruecos. La protesta antimilitarista fue derivando paulatinamente hacia el anticlericalismo y el antiestatismo. Solidaridad Obrera, preludio de la CNT, proclamó la huelga general en una Barcelona repleta de barricadas. Se quemaron multitud de iglesias y conventos y la represión por parte del Ejército fue brutal: 106 muertos, más de 1.725 procesades militarmente y 17 penas de muerte, de las cuales cinco fueron ejecutadas (entre ellas, la de Ferrer i Guardia).

El estallido de la Primera Guerra Mundial –aunque no tuvo gran relevancia a nivel de acciones antimilitaristas–, sí dio lugar a un debate interno dentro del seno del movimiento anarquista. Surgieron ante la Gran Guerra dos propuestas: una fue la antimilitarista a ultranza (cuyos máximos representantes eran les anarquistas españols, les úniques que no habían cometido el error de alejarse de la organización obrera), que se posicionaba contra los dos bandos, en definitiva, contra la guerra. La otra postura (encabezada por figuras destacadas como Kropotkin) era la de dar apoyo a les aliades al interpretar la guerra como una batalla contra la reacción autoritaria.

Finalizada la I Guerra Mundial, hay que destacar un congreso de obreres de la industria armamentística en Alemania, donde Rudolph Rocker pronunció una conferencia en la que hacía hincapié en la acción directa de la producción: se oponía así a una tendencia que solía darse dentro del movimiento obrero en la sólo se reclamaban incrementos de sueldo, y animaba a luchar por mejoras sociales. Usando como ejemplo dos huelgas solidarias que se dieron en España (la de los albañiles de Barcelona y la de los molineros de Alcoy), Rocker mantuvo que ésa debía ser la línea a seguir. En este mismo congreso fue donde Rocker pronunció una frase que ha pasado a los anales de la historia: «Ni un hombre, ni un arma para el Estado».

Aunque el congreso acabó pronunciándose a favor de Rocker, hubo un gran debate, ya que se le acusó de hacer propuestas propias de la burguesía, pues algunes interpretaron su mensaje como un «abajo las armas». A esto Rocker contestó que lo que en realidad quería decir no era «abajo las armas», sino «abajo los martillos que forjan las armas».

Hay que mencionar también a Albert Libertad, anarquista francés que, además de exponer un interesante alegato antimilitarista a finales del siglo XIX, fue uno de los fundadores en 1902 de la Liga Antimilitarista.

En los sucesivos congresos de las organizaciones anarcosindicalistas o sindicalistas revolucionarias y de las organizaciones anarquistas, se ve claramente la posición antimilitarista. En el congreso de refundación de la AIT de 1922 en Berlín se estableció lo siguiente:

“Luchamos contra los militarismos y consideramos la propaganda antimilitarista como uno de los deberes más importantes en la lucha contra el sistema actual. La línea a seguir es el rechazo individual y el boicot organizado de los trabajadores contra la fabricación de material de guerra.”

Es decir, la forma de presión ante una guerra es la huelga general preventiva y revolucionaria. Respecto a la violencia, el congreso se posiciona contra toda violencia militarista, pero sí reconoce la violencia como medio de defensa contra las clases dominantes.

En 1936, la CNT celebró un importante congreso, tal vez el más importante dentro del movimiento obrero revolucionario, donde se decidió y se ratificó llevar a cabo una lucha por la amnistía de los prófugos del servicio militar obligatorio y fomentar entre les jóvenes la aversión a la guerra, la negación a incorporarse a filas y la creación de comités antimilitaristas coordinados con la AIT. El lema: «Ante la guerra, huelga general».

Ante el levantamiento fascista, el movimiento libertario respondió con lo que siempre había estado defendiendo ante una agresión: el pueblo en armas. Esta demostración ha sido la más relevante dentro del movimiento obrero revolucionario. Muchos de los prófugos que se habían marchado volvieron y tomaron las armas para luchar contra el fascismo y por la revolución social. Sin embargo, con el problema de la militarización de las milicias, muchas de estas mismas personas decidieron volver a marcharse. Los sectores más anarquizados se opusieron de manera contundente a la militarización. Éste fue el caso, por ejemplo, de la Columna de Hierro.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, el movimiento antimilitarista había sido un movimiento fraguado en la lucha obrera y con una fuerte presencia anarquista. Sin embargo, a partir de la II Guerra, este movimiento empezó a tener un cariz más pacifista, interclasista y, por tanto menos revolucionario. De este periodo (desde la II Guerra hasta la actualidad), hay que destacar la guerra de Argelia y Francia en los años sesenta, donde aparecen los primeros objetores de conciencia (en Francia). También habría que mencionar la guerra de Vietnam, en la que muchos soldados decidieron volver sus armas contra sus propios mandos. A raíz de estos sucesos, el capitalismo empezó a comprobar que lo más conveniente para perpetuar sus intereses era un ejército de mercenarios, un ejército profesional.

En los últimos tiempos, el movimiento social que más calado ha tenido es el de la insumisión: en 2009 se han cumplido veinte años desde que se declararon 57 objetores con órdenes de búsqueda y captura. Antes del movimiento de insumisión ya había objeción de conciencia en España. Curiosamente, con el franquismo la practicaban los testigos de Heová (obviamente, por motivos religiosos). Los anarquistas en este periodo decidieron exiliarse mayoritariamente y desde ahí, seguir con la lucha antifranquista.

De los 57 objetores antes mencionados, destacamos a Carlos Inojosa, pionero de lo que se conoció como insumisión total, que las organizaciones del movimiento libertario suscribieron y apoyaron como estrategia más viable. En la exposición internacional anarquista de 1993 celebrada en Barcelona, Inojosa, en situación de búsqueda y captura, envió una carta a una de las mesas de debate en la que decía lo siguiente:

“No podemos aceptar el hecho de estar denunciando el aparato militar y social que nos imponen y al mismo tiempo dejarnos someter a su aparato judicial y ejecutivo, demostrando sumisión y aceptando con resignación que la sociedad democrática es injusta pero asumiendo su justicia y su represión.”

El movimiento libertario desde un primer momento comenzó a defender la estrategia de insumisión total, pues no se concebía el hecho de que uno fuera por su propio pie a ser juzgado y encerrado. Se entendía que la insumisión no buscaba simplemente acabar con el servicio militar obligatorio, sino que había que dar un paso más hacia la desaparición de los ejércitos, del Estado y de cualquier sistemaautoritario. Sin embargo, la ausencia de propuestas revolucionarias además de la libertaria hacía que la mera desobediencia civil no resultase efectiva, y ya en esos momentos se sabía que la lucha conduciría a una profesionalización del Ejército o a cambiar una ley por otra.

Hay que destacar que el movimiento libertario fue de los pocos que, a pesar de dar un apoyo férreo a la insumisión total, no dejó de lado a los insumisos que decidían ir a juicio, haciendo campañas por la libertad de todos los insumisos. Otras organizaciones no hicieron lo mismo con los insumisos totales.

Hasta el año 1992, los insumisos eran juzgados por tribunales militares, pero a partir de entonces pasaron a tribunales civiles. Con esto se pretendía evitar un enfrentamiento directo entre este movimiento y el aparato militar. Sin embargo, no todos los insumisos entraban en cárcel, de hecho en muchos lugares solía haber un solo insumiso encerrado. La conclusión es que no podían mantener a muchos presos porque daban mala imagen. Posteriormente rebajaron la mili (a 9 meses), mientras cada vez menos gente iba al servicio militar, y no se llenaba el cupo. La última medida represiva fue la inhabilitación para cargo público, mediante la cual se inhabilitaba a los insumisos para trabajar como funcionarios e incluso para sacarse el carnet de conducir.

En el periodo de transición entre el servicio militar obligatorio y la profesionalización, hubo compañeros, muchos de CNT, que dieron un paso más y llevaron a cabo lo que se llamó «Insumisión en los cuarteles». Estos compañeros se incorporaban a filas para luego desertar; así trasladaban el problema a los militares, ya que sólo un tribunal militar podía juzgar a los desertores.

Desde un primer momento, el anarquismo criticó la profesionalización y el mero hecho de llevar un mensaje único de «MILI NO», defendiendo siempre mensajes como «EJÉRCITOS NO» o «NI PROFESIONAL NI OBLIGATORIO, EJÉRCITOS NO». Sin embargo, el colchón social que había existido hasta entonces no quiso dar una vuelta de tuerca más y poco a poco se fue desinflando, quedándose el movimiento anarquista muy mermado en apoyos. Todo esto fue debido en gran parte a intereses políticos, ya que cuando el mensaje derivó hacia tintes más revolucionarios se quedaron, como siempre, aquelles que realmente querían transformar la realidad social.

Así pues, se pasó de una sociedad muy crítica con el Ejército a la sociedad actual, en la que se ha lavado la cara a los ejércitos proyectando una imagen casi de hermanitas de la caridad, como si de un cuerpo humanitario se tratara.

El servicio militar obligatorio le resultó muy interesante al Estado por dos cuestiones: su bajo coste (no se pagaba a los soldados) y la inculcación de los valores militares, muy suculentos en todo puesto de trabajo. En realidad la profesionalización era irremediable, lo único que hizo el movimiento de insumisión fue adelantar el proceso. Al fin y al cabo, la profesionalización resultaba muy interesante para conseguir una mayor eficacia militar, y porque las funciones de los ejércitos también habían cambiado. De esta manera se consiguió crear unas fuerzas armadas que defendían sin problemas los intereses transnacionales (a día de hoy los ejércitos están más fuera de las fronteras que dentro de éstas).

El anarquismo jamás ha considerado el antimilitarismo como un «ismo» más, sino que lo entiende como una parte de la lucha integral antiestatal y antiautoritaria. Sin esto el antimilitarismo no tiene ningún sentido, ya que podemos vivir sin ejércitos y estar igual de jodides. Sobre el aparato militar recae todo el monopolio de la violencia del Estado; éste tiene el monopolio de la violencia para defender los intereses de la clase capitalista. El miedo, la amenaza, el uso de la violencia de una forma sistemática, es monopolio del Estado, por lo que no podemos quedarnos de brazos cruzados. Gracias a una masa sumisa, el Estado garantiza que no haya rebeliones. Por ello, respecto al debate sobre la violencia, es absurdo tratar de eliminar la violencia en esta sociedad mientras existan personas que están sometidas a otras personas. Como dijo Malatesta:

“La violencia es justificable sólo cuando es necesaria para defenderse así misme o a les demás. El esclavo, la esclava, están siempre en estado de legítima defensa, por lo tanto su violencia contra el amo, contra el opresor, es siempre moralmente justificable y debe estar sólo regulada por el criterio de utilidad y de economía de esfuerzo y sufrimiento humano.”

Desde el anarquismo consideramos que el militarismo no tiene que ver únicamente con el Ejército, sino que lo militar va más allá. Como anarquistas siempre debemos ir a la raíz de los problemas y por lo tanto creemos que lo militar, aparte de sus instituciones, son los valores que tienen dichas instituciones. La sociedad actual está impregnada de estos valores: la obediencia, la jerarquía, el machismo, el patriotismo, el control social, etc. Los valores militares son menos directos que el Ejército mismo, pero son mucho más eficaces porque de ellos derivan el autoritarismo y la jerarquización, la competitividad que deriva en insolidaridad, el patriarcado, la sumisión, la xenofobia, el racismo, etc. Nosotres como anarquistas proponemos principios diametralmente opuestos: la solidaridad y el apoyo mutuo, la autogestión y el federalismo, la libertad y la igualdad, la justicia social y la vida en armonía con el entorno, etcétera.

Por otro lado, hay que señalar que el Ejército, en el seno del Estado, tiene tres funciones clave: económica, ideológica y política.

Respecto a la primera, nos referimos a los gastos militares, el comercio de armas y la tecnología militar. A día de hoy los gastos militares en los presupuestos generales del Estado rondan entre el 12 y el 20%. Sin embargo, no hay que olvidar que los gastos militares no son sólo los que se derivan al ministerio de Defensa, sino también al de Interior, en I+D+I, etc. Pero esto también sirve para desenmascarar este sistema, y es que en estos momento de crisis, en los que cada vez hay más pobreza, el presupuesto militar no baja. Sí bajan sin embargo los presupuestos destinados a los gastos sociales en cultura, educación, etc. Por lo tanto, para poder respaldar esto, nos venden un Ejército que garantiza nuestra seguridad. Aun así, a todas luces demuestran que lo único que les interesa son sus propios intereses, intereses económicos y de poder.

Sobre el comercio de armas, actualmente las que se utilizan en guerras o en países en conflicto permanente se están fabricando en países del primer mundo, como es el caso de España. Además, apoyar estas zonas en conflicto supone crear áreas de influencia económica. Esto es vital para el capitalismo, que necesita una expansión continua.

Los conflictos bélicos también sirven para experimentar los avances tecnológicos y para vender las armas obsoletas. El comercio de armas sirve para ir descapitalizando los países pobres de manera que éstos vayan adquiriendo una deuda permanente con los países de occidente y así poder tener sobre ellos el control económico y político.

Otra función es la ideológica. Un sistema como el actual no podría subsistir sin valores como la competencia, la jerarquía o el miedo. Para su supervivencia necesita ciertos valores o principios heredados del militarismo, como lo es, por ejemplo, la idea-fuerza de la seguridad. Nos venden una garantía de seguridad sobre les múltiples enemigues que tenemos (el terrorismo vasco, el islam, etc.). Crean enemigos de los cuales elles nos van a defender, ya que no somos capaces de defendernos por nosotres mismes. Pero también existen otros valores como la bandera, la exaltación patriótica o la disciplina, antes adquiridos en el servicio militar obligatorio, pero que ahora se inculcan desde las escuelas, partidos políticos y medios de información de masas.

Otra cuestión sería algo que a los empresarios les viene como anillo al dedo: el «divide y vencerás», que va en aumento en los mismos puestos de trabajo. Con esto se consigue desfogar la rebeldía, peleas internas y que se reproduzcan esquemas autoritarios entre les mismes trabajadors. Se promueve el enchufismo y a les chivates. Y también entraría dentro de este paquete el sistema de premios y castigos que, como el anterior, aparte de ser represivo, es sobre todo preventivo.

El concepto nación, elaborado por ideólogos burgueses, es lo que podríamos llamar ciudadanismo. La población se une por los intereses de la nación dejando al margen los intereses de clase. En definitiva, se trata de evitar el problema de fondo: la lucha de clases. Otra herencia es la rutina, es decir, los horarios. Esto va degenerando en una serie de obligaciones que terminan como la pescadilla que se muerde la cola.

Todas estas funciones ideológicas tienen la única finalidad de inculcar a la población que lo mejor es seguir la corriente del río, no rebelarse y ser una persona sumisa. En definitiva, que no sale rentable tomar conciencia de las injusticias y oponerse a ellas.

Por último, destacamos la función política, que enmascara el verdadero problema que supone hoy en día el Ejército fuera de nuestras fronteras. Nos dicen que van a llevar la democracia y acabar con las tiranías. Pero lo que nunca nos dicen es que en realidad van a salvaguardar los intereses de las potencias occidentales y a defender los intereses geopolíticos y las materias primas.

Entonces, ¿qué podemos hacer contra el militarismo? Se pueden hacer cosas concretas: objeción fiscal a gastos militares, acudir a los centros de enseñanza cuando cuenten con la colaboración de militares, a los desfiles, a los campos de tiro, etc. También se puede luchar por la abolición de las fronteras, algo que desde el anarquismo y el anarcosindicalismo se ha hecho siempre, y luchar por la libre circulación de las personas, ya que consideramos que el concepto de fronteras y Estado van ligados.

Pero todo esto por sí solo no serviría de nada ya que, sin una lucha integral en un movimiento organizado de clase donde primen las ideas antiautoritarias, la lucha antimilitarista no tiene sentido. Es importante aportar otro dato esclarecedor, y es que podemos acabar con los ejércitos y no acabar con la autoridad. El ejemplo lo encontramos en países como Costa Rica, un país que no tiene Ejército pero en el que sin embargo sigue habiendo desigualdades sociales, clases sociales, explotades y explotadors y, en definitiva, los valores que tiene cualquier otro estado.

Para terminar, debemos recordar que el militarismo a través de la historia ha demostrado ser el mayor símbolo de masacre que ha habido contra los pueblos. Por ello acabo con la siguiente frase:

“Les anarquistas no queremos las guerras, pero tampoco queremos la paz de los cementerios”.

Alberto, militante de la CNT.

Tierra Quemada

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En la Anarquía seria el ejército abolido he sustituido por el pueblo en armas, las milicias obreras voluntarias y sin jeraquias. Y las Milicias solamente si hiciera falta por ejemplo para luchar contra el fascismo.

Contra el paro

El desempleo (El Paro)

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El desempleo es el beneficio del capitalista conservar al alcance de su mano un ejército de desocupados listos para ser utilizados. Ésta es la misión y el papel del sistema de jornales, y una de las inevitables características que le son propias.

Interesaría a las gentes el que no hubiese nadie desempleado, el que todos tuviesen una oportunidad de trabajar y ganarse la vida; el que todos ayudasen, en proporción a su habilidad y capacidad de esfuerzo, a incrementar la riqueza del país, y así, cada uno podría obtener, de ella, una participación mayor.

Pero al capitalismo no le interesa la prosperidad del pueblo. Al capitalismo sólo le interesan los beneficios o ganancias. Empleando menos personas, y haciéndolas trabajar el doble número de horas, pueden doblarse las ganancias, lo que no puede hacerse proporcionando trabajo a más personas durante menos horas.

Por esto es por lo que le interesa más a tu patrón tener, por ejemplo, cien personas trabajando dieciséis horas diarias, en lugar de emplear doscientas durante cinco horas. Él necesitaría más habitaciones para doscientas personas que para cien, una fábrica más grande, más herramientas y maquinaria, y todo en esta proporción. Esto es, necesitaría invertir mucho más capital. El empleo de mayor fuerza en menos horas le derivaría menos
ganancias y, por esto, tu patrón no quiere poner en marcha en su fábrica un plan así. Lo cual significa que el sistema de buscar beneficios es incompatible con el bienestar del obrero y las consideraciones humanitarias que éste merece. Por el contrario, cuanto más duramente, más “eficientemente”, trabajes, y durante un mayor número de horas conserves tal ritmo, mejor es para tu patrón y más grandes son sus ganancias.

Puedes ver, por consiguiente, que el capitalismo no tiene interés en emplear a todos aquellos que quieren trabajar y que pueden hacerlo. Por el contrario, un mínimo de “brazos” y un máximo de esfuerzos es la máxima y el benefi cio del sistema capitalista. Éste es todo el secreto de todos los esquemas de “racionalización”. Y es por esto por lo que encontrarás en cada país capitalista millares de personas queriendo y ansiando trabajar, y no obstante, imposibilitadas de obtener empleo.

Este ejército de desempleados es una amenaza constante contra tu nivel de vida. Ellos están prestos a ocupar tu lugar a un precio más bajo, por una paga menor, porque la necesidad los impele. Y esto resulta, desde luego, muy ventajoso para tu jefe, porque pone en sus manos un látigo constantemente suspendido sobre tu espalda, para que trabajes como un esclavo para él y para que te “comportes”. Puedes ver, por ti mismo, lo peligrosa y degradante que es para el trabajador una situación así, sin hablar de otros males del sistema.

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https://laanarquia.wordpress.com/2015/06/14/la-anarquia/

La anarquía total