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De lo que ocurre cuando no se tiene pajolera idea.

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“anarco” capitalismo no existe, el capitalismo no es “anarquismo”, el capitalismo tieme principio de autoridad : patrón, jefe….. , el capitalimo roba y explota a los trabjadores y trabajadoras por un salario, el capitalimo es esclavitud…

Ademas el capitalismo defiende al Estado como defiende: a la policia, a los militares, carceleros…

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De un tiempo a ésta parte se ven, principalmente por internet, una serie de símbolos asociados al comunismo libertario producto de la ignorancia de algunos militantes, tales símbolos combinan la A circulada propia del movimiento anarquista con la hoz y el martillo del bolchevismo, lo cual solo puede proceder del desconocimiento tanto del comunismo libertario, como del marxismo.
Un muestrario de los símbolos:

Éstos símbolos no corresponden al comunismo libertario (o anarcocomunismo), veamos por qué.
1-El Comunismo Libertario tiene como padre al poco conocido anarquista italiano Carlo Cafiero (1846-1892). En su obra Anarquía y Comunismo, escrita en 1880, realiza una revisión al colectivismo de Bakunin, alegando que la teoría del valor-trabajo (Se obtiene de la sociedad la parte proporcional a lo que se ha producido, con lo cual, los medios de producción son colectivos, pero lo producido es individual) produciría una sociedad desigual, con distinciones de clase (Entre habilidosos y torpes), algo indeseable para el anarquismo. Más tarde Piotr Kropotkin (1842-1921) conoció a Cafierto y maduró sus ideas. Publicando en 1892 La conquista del pan, obra clave que definiría el comunismo libertario, mostrando una sociedad basada en el principio de Necesidad (Lo producido se distribuye según la necesidad, siendo pues comunales tanto los medios de producción como los propios productos, con lo que se logra una sociedad totalmente igualitaria). El comunismo libertario se opone a la dictadura del proletariado propia del Marxismo como punto para llegar a la sociedad igualitaria, al igual que el resto del movimiento anarquista.

Es pues el comunismo libertario una rama del anarquismo, producto del pensamiento de anarquistas, y no una síntesis con la teoría marxista. De hecho, no incorpora nada de la teoría marxista, ya que ésta defiende el valor-trabajo y la existencia del dinero en las primeras fases del socialismo, algo que no es compartido con los comunistas libertarios.

2-El símbolo de la A circulada no fue utilizada por el movimiento anarquista hasta finales de la década de 1960. El símbolo de la hoz y el martillo empezó a ser utilizado por los bolcheviques (marxistas) rusos en 1917, simbolizando que la revolución unía a campesinos y obreros. Ambos símbolos son pues muy posteriores al nacimiento del comunismo libertario. Los símbolos que encontramos más arriba son producto de gente que, desconociendo los orígenes del comunismo libertario, pensando que se trataba de la síntesis de anarquismo y marxismo, han decidido crear un símbolo que representa una idea errónea.

3-El nombre de comunismo libertario no proviene de la síntesis, sino de la oposición, siendo denominado a menudo el marxismo por los anarquistas como “Comunismo Autoritario”.

4-Tampoco es la síntesis de comunismo y anarquismo la teoría conocida como Maxismo Libertario, ya que ésta teoría defiende la dictadura del proletariado, eso sí, dando menos importancia al partido y más a colectivos y consejos obreros, formando estructuras más libertarias(pero no antitautoritarias, como en el caso del anarquismo). Es por tanto el marxismo libertario una rama del marxismo que tampoco tiene nada que ver con el anarquismo.

De todo ésto se deduce que los símbolos antes visto son frutos del error y la ignorancia en cuanto a la teoría que se dice defender, o al menos, en cuanto al conocimiento sobre la historia de dicha teoría. Hay que evitar sacar las cosas de tiesto de ésta manera.

El Comunismo Libertario no tiene símbolos propios, si bien suele utilizar los símbolos clásicos del anarquismo (La bandera negra, la A circulada, la estrella negra), o del anarcosindicalismo (La iconografía rojinegra).

Noam Chomsky no es anarquista.

Noam Chomsky defiende a los Estatos y el capitalismo.

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Contra el reformismo y contra el político

El reformador y el político

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¿Quién es el reformador y qué propone?

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El reformador desea «reformar y mejorar». No está seguro qué es lo que él desea realmente cambiar; algunas veces dice que «el pueblo es malo» y es al pueblo al que desea «reformar»; otras veces él quiere decir «mejorar» las condiciones. No cree en la abolición completa del mal. Suprimir algo que está podrido es «demasiado radical» para él. «Por todos los santos», te previene, «no te precipites demasiado» quiere cambiar las cosas gradualmente; poco a poco. Considera la guerra, por ejemplo. El reformador admite, por supuesto, que la guerra es mala; es un asesinato al por mayor, una mancha sobre nuestra civilización. ¿Pero abolirla? ¡Oh no! Él quiere «reformarla». Quiere «limitar los armamentos»; por ejemplo. Con menos armamento, dice él, mataremos menos gente. Quiere «humanizar» la guerra, hacer la matanza más decente, por así decir.

Si tú pusieras en práctica sus ideas en tu vida personal, nunca te sacarían el diente podrido que te causa dolor. Te lo sacarían un poco hoy, otro poco la semana que viene, y así durante meses o años, y entonces estarías en condiciones de sacártelo del todo, de modo que así no te haría mucho daño. Esa es la lógica del reformador. «No te apresures demasiado», no te saques inmediatamente un diente malo.

El reformador piensa que puede mejorar a la gente mediante la ley, «aprueba una nueva ley», dice siempre que algo va mal; «obliga a los hombres a ser buenos».

Olvida que durante centenares e incluso millares de años, se han hecho leyes para forzar al pueblo a «ser bueno», y que, sin embargo, la naturaleza humana sigue siendo más o menos lo que siempre fue. Tenemos tantas leyes que incluso el abogado proverbial de Filadelfia se pierde en si laberinto. La persona ordinaria tampoco te puede decir qué es correcto e incorrecto de acuerdo con lo estatuido, qué es justo, qué es verdadero o falso. Una clase especial de personas, los jueces, deciden lo que es honesto o deshonesto, cuándo está permitido robar y de qué manera, cuándo el fraude es legal y cuándo no lo es, cuándo el asesinato es correcto y cuándo es un crimen, qué uniforme te da derecho a matar y cuál no. Se necesitan muchas leyes para determinar todo esto y durante cientos de años los legisladores han estado ocupados componiendo leyes (con un buen salario) e incluso actualmente necesitamos todavía más leyes, pues las otras leyes no han conseguido hacernos «buenos».

Sin embargo, el legislador continúa obligando a la gente a ser buena. Si las leyes existentes, dice, no te han hecho mejor, entonces necesitamos más leyes y unas leyes más estrictas. Unas condenas más fuertes disminuirán el crimen y serán un preventivo contra él —según pretende—, mientras que apela en favor de su «reforma» a los mismos hombres que le han robado al pueblo la tierra.

Si alguien ha matado a otro en una disputa de negocio, por dinero y otras ventajas, el reformador no admitirá que el dinero y el conseguir dinero suscite las peores pasiones y empuje a los hombres al crimen y al asesinato. Argüirá que quitarle voluntariamente la vida a otro merece la pena capital y ayudará directamente al gobierno a enviar hombres armados a algún país extranjero para efectuar una matanza en gran escala allí.

El reformador no puede pensar con franqueza. No entiende que si los hombres actúan con maldad es porque piensan que les trae cuenta actuar así. El reformador dice que una ley nueva cambiará todo eso. Él es un prohibicionista de nacimiento; desea prohibirles a los hombres que sean malos. Si, por ejemplo, un hombre ha perdido su empleo, se siente abatido por ello se emborracha para olvidar sus penas, el reformador no pensaría en ayudar al hombre a que encuentre trabajo. No; lo que hay que prohibir es la bebida, insiste él. Piensa que ha reformado sacándote del salón del bar y metiéndote en la celda, donde sigilosamente te entregas al sentimentalismo a la vil luz de la luna, en lugar de tomar abiertamente un trago. Del mismo modo, él desea reformarte en lo que tú comes y haces, en lo que piensas y sientes.

Rehúsa ver que sus «reformas» crean mayores males que los que se supone que van a suprimir; que causan más engaño, corrupción y vicio. Pone a un grupo de hombres para vigilar a otro, y piensa que ha «elevado el nivel de la moralidad»; pretende haberte hecho «mejor» al obligarte a ser un hipócrita.

No pretendo detenerte mucho tiempo con el reformador. Nos vamos a encontrar con él de nuevo como político. Sin deseo de ser grosero con él, puedo decir con franqueza que cuando el reformador es honesto es que está loco, cuando es un político es un bribón. En cualquiera de los dos casos, como lo veremos dentro de poco, él no puede resolver nuestro problema de cómo hacer el mundo un lugar mejor para vivir en él.

El político es el primo carnal del reformador. «Aprueba una nueva ley», dice el reformador, «y obliga a los hombres a que sean buenos». «Permítanme que yo haga aprobar la ley», dice el político, «y las cosas serán mejores».

Puedes conocer al político por su forma de hablar. En la mayoría de los casos es un chanchullero, que desea trepar sobre tus hombros hasta el poder, una vez ahí, el olvida sus promesas solemnes y piensa tan sólo en sus propias ambiciones e intereses.

Cuando el político es honesto, te desorienta no menos que el chanchullero, quizá peor, porque pones la confianza en él y te quedas completamente desengañado cuando no consigue hacerte bien alguno.

El reformador y el político se encuentran los dos en la vía falsa. Intentar cambiar a los hombres mediante las leyes es precisamente como intentar cambiar tu rostro recibiendo un nuevo espejo. Pues son los hombres los que hacen las leyes y no las leyes a los hombres. La ley meramente refleja a los hombres tal como son, lo mismo que el espejo refleja sus facciones.

«Pero la ley impide que la gente se convierta en criminales», aseguran el reformador y el político.

Si eso fuera verdad, si la ley impidiera realmente el crimen, entonces cuantas más leyes mejor. En la actualidad hemos aprobado tantas leyes que no habría más crimen. Bien, ¿por qué te ríes? Porque sabes que es absurdo. Sabes que lo más que puede hacer las leyes castigar el crimen; no puede impedirlo.

Si llegara un momento cuando la ley pudiera leer la mente de un hombre y detectar ahí su intención de cometer un crimen, entonces podría prevenirlo, pero en ese caso la ley no tendría a los policías para prevenir, porque ellos mismos habrían estado en la cárcel. Y si la administración de la ley fuera honesta e imparcial, no habría ni jueces ni legisladores, porque ellos se encontrarían en compañía de la policía.

Pero hablado seriamente, tal como son las cosas, ¿cómo puede la ley prevenir el crimen? Sólo lo puede hacer cuando se ha anunciado la intención de cometer un crimen o se ha conocido esa intención de laguna manera, pero esos casos son muy raros. Uno no advierte sus planes criminales, por tanto, la pretensión de que la ley previene el crimen es algo por completo carente de base.

«Pero el temor al castigo», objetas, «¿no impide eso el crimen?»

Si eso fuera así, hace mucho tiempo que se habría detenido el crimen, pues con toda seguridad la ley ha castigado suficientemente. Toda la experiencia de la humanidad desaprueba la idea de que el castigo impide el crimen. Al contrario, se ha descubierto que incluso los castigos más severos no asustan a la gente apartándola del crimen.

Inglaterra, lo mismo que otros países, solían castigar no sólo el asesinato sino toda una serie de delitos menores con la muerte. Sin embargo, esto no asustó a otros para que no cometieran los mismos crímenes. Entonces se ejecutaba a la gente en público, ahorcándoles, dándoles garrote, guillotinándolos, para inspirar mayor temor. Sin embargo, incluso es castigo más terrible no consiguió impedir o disminuir el crimen. Se descubrió que las ejecuciones públicas tenían un efecto embrutecedor sobre el pueblo, y existen casos constatados en los que personas que presenciaban una ejecución cometían inmediatamente el mismo crimen, cuyo terrible castigo acababan de presenciar. Por esto se abolió la ejecución pública; hacia más daño que bien. Las estadísticas muestran que no se han incrementado los crímenes en los países que han abolido por completo la pena de muerte.

Por supuesto puede haber algunos casos en los que el temor al castigo impida el crimen; pero en conjunto su único efecto es hacer al criminal más circunspecto, de modo que es más difícil su detención.

Existen, generalmente hablando, dos tipos de crímenes: uno cometido en el calor de la cólera y la pasión, y en tales casos uno no se detiene a considerar las consecuencias, y así el temor al castigo no interviene aquí como un factor. La otra clase de crimen se comete con deliberación fría, en la mayor parte de los casos profesionalmente, y en tales casos el temor al castigo sólo sirve para hacer al criminal más cuidadoso en no dejar huellas. Es un rasgo bien conocido del criminal profesional que él piensa ser lo suficientemente inteligente como para evitar que le detengan, sin que importe la frecuencia con la que de hecho lo cojan. Siempre echará la culpa a alguna circunstancia particular, alguna causa accidental, o a la «mala suerte» por haber sido arrestado. «La próxima vez tendré más cuidado», dice; o «no me fiaré más de mi compañero». Pero casi nunca encontrarás en él más débil pensamiento de abandonar el crimen a causa del castigo que pueda encontrar. He conocido a miles de criminales y; sin embargo, apenas alguno de ellos tuvo en consideración alguna vez el posible castigo.

Precisamente por e temor al castigo no tiene efecto alguno disuasivo, continúa el crimen a pesar de todas las leyes y tribunales, cárceles y ejecuciones.

Pero supongamos que el castigo tiene un efecto disuasivo. ¿No habrá algunas razones poderosas que causen que la gente cometa el crimen, a pesar de todo el extremado castigo infligido?

¿Cuáles son esas razones?

Cada guardia de cárcel te dirá que, siempre hay mucho para, tiempos duros, las prisiones se llenan. Este hecho es descuidado por la investigación en las causas del crimen. El porcentaje más elevado del crimen se debe directamente a las condiciones de vida, a las razones industriales y económicas. Por este motivo la inmensa mayoría de la población reclusa proviene de las clases pobres. Se ha establecido que la pobreza y el paro, con su criado la miseria y la desesperación, son las fuentes principales del crimen. ¿Hay alguna ley para impedir la pobreza y el desempleo?

¿Existe alguna ley para abolir estas causas principales del crimen? ¿No están trazadas todas las leyes para mantener las condiciones que producen la pobreza y la miseria, y producir así continuamente el crimen?

Supón que se rompe una cañería en tu casa. Pones un cubo debajo de la rotura para recoger el agua que se escapa. Puedes seguir poniendo cubos allí, pero mientras que no repares la cañería rota, continuará el escape, por mucho que te afanes con él.

Nuestras cárceles llenas son los cubos. Puedes aprobar tantas leyes como quieras, castigar a los criminales como puedas; el escape continuará hasta que repares la cañería social rota.

¿Desean el reformador o el político realmente reparar esa cañería?

He dicho que la mayoría de los crímenes son de una naturaleza económica. Es decir, tienen que ver con el dinero, con la posesión, con el deseo de conseguir algo con el menor esfuerzo, con asegurarse la vida o la riqueza de la manera que sea.

Pero esa es precisamente la ambición de nuestra vida entera, de nuestra civilización entera. Mientras que nuestra existencia esté basada en un espíritu de esa calaña, ¿será posible erradicar el crimen? Mientras que la sociedad esté edificada en el principio de apropiarse de todo lo que se pueda, tenemos que seguir viviendo de esa forma. Algunos intentarán hacer eso «dentro de la ley»; otros, más atrevidos, temerarios o desesperados, harán esto fuera de la ley. Pero unos y otros estarán haciendo realmente lo mismo, y es eso mismo lo que es el crimen, no la manera como lo haga.

Los que lo pueden hacer dentro de la ley denominan a los otros criminales. Para los criminales «ilegales», y para los que se pueden convertir en eso, se hace la mayoría de las leyes.

Con frecuencia se coge a los criminales «ilegales». Su condena y castigo depende principalmente del éxito que han tenido en su carrera criminal. Cuanto más éxito hayan tenido, menos probabilidades de condena, más ligero será su castigo. Lo que en último término decidirá su suerte no es el crimen que ellos han cometido, sino su habilidad para emplear abogados caros, sus conexiones políticas y sociales, su dinero e influjo. Por lo general serán el pobre y el individuo sin amigos el que sentirá todo el peso de la ley; él conseguirá una «justicia» rápida y el castigo más duro. El no es capaz de aprovecharse de las diversas dilataciones que concede la ley a sus compañeros criminales más ricos, pues las apelaciones a los tribunales superiores son lujos caros que no se puede permitir el criminal sin dinero. Por esta razón casi nunca ves a un rico detrás de los barrotes de una prisión; gente así en alguna ocasión «son declarados culpables», pero muy raramente castigados. Tampoco encontrarás a muchos criminales profesionales en la cárcel. Estos conocen «las cuerdas»; tienen amigos y conexiones; de ordinario tienen también «dinero perdido», precisamente para tales ocasiones, con el que «untan» su salida de las redes legales. A los que encuentras en nuestras prisiones y penitenciarias son a los más pobres de la sociedad, criminales accidentales, la mayoría de ellos hijos de obreros y campesinos a los que ha puesto tras los barrotes la pobreza y la desgracia, la huelga y el actuar en los piquetes de huelga, el paro y el desamparo general.

¿Son éstos al menos reformados por la ley y los castigos que sufren? Con dificultad. Salen de la cárcel debilitados en cuerpo y mente, endurecidos por los malos tratos y la crueldad que sufrieron o de la que fueron testigos allí, amargados por su suerte. Tienen que volver a las mismas condiciones que los convirtieron en unos infractores de la ley en primer lugar, pero ahora se encuentran etiquetados como «criminales», son despreciados, se burlan de ellos incluso sus antiguos amigos, y son perseguidos y acosados por la policía como hombres «con un pasado criminal». No pasa mucho tiempo antes de que la mayoría de ellos se encuentren de nuevo encarcelados.

De este modo da vueltas nuestro tiovivo social. Y durante todo el tiempo las condiciones que han convertido a esos desgraciados en criminales continúan produciendo nuevas cosechas de ellos, y «la ley y el orden» sigue como antes, y el reformador y el político siguen ocupados confeccionando más leyes.

Es un negocio ventajoso ese de hacer leyes. ¿Te has detenido alguna vez a considerar si nuestros tribunales, policía y toda la maquinaria de la denominada justicia desean realmente la abolición del crimen? ¿Le interesa al policía, al detective, al sheriff, al juez, al abogado, a los contratistas de prisiones, a los guardias, tenientes, vigilantes y a los otros miles que viven de la «administración de justicia» que se suprima el crimen? Suponiendo que no hubiera criminales, ¿podrían esos «administradores» mantener sus puestos? ¿Te gustaría poner impuestos para sostenerlos? ¿No tendrían que hacer algún trabajo honesto?

Piensa sobre eso y mira si el criminal no es una fuente de impuestos más lucrativa para los «administradores de justicia» que para los mismos criminales. ¿Puedes creer razonablemente que ellos desean realmente abolir el crimen?

Su «negocio» es apresar y castigar al criminal; pero no les interesa suprimir el crimen, pues es su pan y mantequilla. Esta es la razón por la que no quieren considerar las causas del crimen. Están perfectamente satisfechos con las cosas tal como son. Son los defensores más leales del sistema existente, de la «injusticia» y del castigo, los campeones de «la ley y el orden». Detienen y castigan a los «criminales», pero dejan plenamente tranquilos al crimen y a sus causas.

«¿Pero que es la ley para ellos?», preguntas.

La ley es mantener las condiciones existentes, preservar «la ley y el orden». Constantemente se hacen más leyes, y todas ellas con el mismo objetivo de defender y sostener el estado de cosas presente. «Reformar a los hombres», como dice el «reformador»; «mejorar las condiciones», como te asegura el político.

Pero las nuevas leyes dejan a los hombres como son, y las condiciones permanecen, por lo general, las mismas. Desde que comenzó el capitalismo y la esclavitud asalariada, se han aprobado millones de leyes, pero todavía permanecen el capitalismo y la esclavitud asalariada. La verdad es que todas las leyes sirven tan sólo para hacer al capitalismo más fuerte y para perpetuar el sometimiento de los trabajadores. Es asunto del político, de la «ciencia de la política», hacerte creer que la ley te protege a ti y a tus intereses, siendo así que sirve meramente para conservar el sistema que te roba, te engaña y te esclaviza en el cuerpo y en la mente. Todas las instituciones de la sociedad tienen este único objetivo: infundir en ti el respeto por la ley y el gobierno, hacer que tú reverencies su autoridad y santidad y de este modo sostener la estructura social que descansa en tu ignorancia y en tu obediencia. Todo el secreto del asunto es que los amos desean conservar sus posiciones robadas. La ley y el gobierno son los medios mediante los cuales lo hacen.

No existe un gran misterio en torno a este asunto del gobierno y de las leyes. Tampoco hay nada sagrado o santo en ellos. Las leyes se hacen y deshacen; las leyes viejas quedan abolidas y se aprueban otras nuevas. Todo esto es el trabajo de hombres, un trabajo humano y, por consiguiente, falible y temporal. Pero sean cuales fueren las leyes que hagan y sea cual fuere el modo como las cambies, ellas siempre sirven a un objetivo: obligar a la gente a que haga determinadas cosas, prohibirles o castigarlos por hacer otras. Es decir, el único objetivo de las leyes y del gobierno es gobernar al pueblo, impedir que hagan lo que desean y prescribirles lo que otra gente desea que hagan.

¿Pero por qué hay que impedir a la gente que haga lo que desea? ¿Y qué es lo que desean hacer?

Si examinas esto, encontrarás que la gente desea vivir, satisfacer sus necesidades, disfrutar de la vida. Y en esto toda la gente es igual, como ya he indicado antes. Pero si se le impide a la gente que viva y disfrute de su vida, entonces es que tiene que haber algunos entre nosotros que tienen interés en hacer eso.

Así es lo que ocurre; hay ciertamente gente que no desea que nosotros vivamos y disfrutemos de la vida, porque ellos han suprimido el gozo de nuestras vidas y no desean restituírnoslo. El capitalismo ha hecho esto y el gobierno sirve al capitalismo. Dejar que la gente disfrute la vida, supondría detener el robo y la opresión. Por eso el capitalismo necesita el gobierno, por eso nos enseñan a respetar la «santidad de la ley». Nos han hecho creer que violar la ley es criminal, aunque la violación de la ley y el crimen con frecuencia son cosas enteramente diferentes. Nos han hecho creer que cualquier acción contra la ley es mala para la sociedad, aunque pueda ser mala solamente para los amos y explotadores. Nos han hecho creer que todo lo que amenaza las posesiones del rico es «malo» e «injusto», y que todo lo que debilita nuestras cadenas y destruye nuestra esclavitud es «criminal».

En resumen, en el curso del tiempo de ha desarrollado una especie de «moralidad» que es útil para los gobernantes y los amos tan sólo, una moralidad de clase; en realidad, una moralidad de esclavos, porque contribuye a mantenernos en la esclavitud. Y cualquiera que vaya contra esta moralidad de esclavos es llamado «malo», «inmoral», un criminal, un anarquista.

¿Si te robara todo lo que tienes y luego te persuadiera de que lo que te hice es bueno para ti y que tú deberías guardar mi botín contra otros, no sería esto un truco muy inteligente de mi parte? Me aseguraría en mis posesiones robadas. Supón además que consiguiera también convencerte de que hicieras una norma que ninguno pudiera tocar mi riqueza robada y que yo pudiera continuar acumulando más de la misma manera y que esa ordenación es justa y para tu mejor interés. Si un esquema disparatado así fuera llevado a cabo efectivamente, entonces tendríamos «la ley y el orden» del gobierno y del capitalismo que tenemos en la actualidad.

Está claro, por supuesto, que las leyes no tendrían fuerza alguna si el pueblo no creyese en ellas y no las obedeciese. Por eso la primera cosa que hay que hacer es hacerles creer que las leyes son necesarias y que son buenas para ellos. Y todavía es mejor si puedes llevarlos a creer que son ellos mismos los que hacen las leyes. Entonces ellos estarán deseosos y ansiosos por obedecerlas. A esto se le denomina democracia: conseguir que el pueblo crea que ellos son sus propios gobernantes y que ellos mismo aprueban las leyes de su país. Esta es la gran ventaja que tienen una democracia o una república frente a una monarquía. En los viejos tiempos, el negocio de gobernar y robar al pueblo era mucho más duro y más peligroso. El rey o el señor feudal tenía que obligar al pueblo por la fuerza a servirle. Tenía que alquilar bandas armadas para que sus súbditos estuvieran sometidos y le pagasen el tributo. Pero eso era costoso y molesto. Se encontró una forma mejor al «educar» al populacho para que creyeran que ellos «debían» al rey lealtad y servicio fiel. Entonces el gobernar se convirtió en algo mucho más fácil, pero el pueblo sabía todavía que el rey era su señor y su comandante. Una república, sin embargo, es mucho más segura y más confortable para los gobernantes, pues allí el pueblo se imagina que él mismo es el dueño. Y no importa lo explotados y oprimidos que están; en una «democracia» ellos se creen a sí mismos libres e independientes.

Esta es la razón por la que el obrero medio en los Estados Unidos, por ejemplo, se considera un ciudadano soberano, aunque él no tiene más que decir sobre el gobierno de su país que el campesino muerto de hambre de la Rusia bajo los zares. Piensa que es libre, cuando de hecho es tan sólo un esclavo asalariado. Cree que disfruta la «libertad para la prosecución de la felicidad», cuando sus días, semanas y años, y toda su vida, están hipotecados al patrón de la mina o de la fábrica.

El pueblo bajo una tiranía sabe que está esclavizado y algunas veces se rebela. El pueblo de América está esclavizado y no lo sabe. Por esto no hay revoluciones en América.

El capitalismo moderno es juicioso. Sabe que prospera bajo instituciones «democráticas», con un pueblo que elige a sus propios representantes para los cuerpos legislativos e indirectamente emitiendo un voto incluso para el presidente. Los amos capitalistas no se preocupan de cómo o por quién votas tú, si por la candidatura republicana o demócrata. ¿Qué diferencia hay para ellos? Cualquiera que tú elijas, legislará en favor de «la ley y el orden», para proteger las cosas tal como están. La preocupación principal de los poderes existentes es que el pueblo continúe creyendo y manteniendo el sistema presente. Por eso dedican millones a las escuelas, colegios y universidades que te «educan» a creer en el capitalismo y en el gobierno. La política y los políticos, los gobernadores y los legisladores, todos ellos son sus marionetas. Ellos cuidarán de que no se apruebe legislación alguna contraría a sus intereses. De cuando en cuando aparentarán luchar contra ciertas leyes y favorecer otras, pues de otra manera el juego perdería su interés para ti. Pero sean cuales fueren las leyes, los amos procurarán que ellas no dañen sus negocios y sus abogados bien pagados saben cómo convertir cada ley en beneficio de los Grandes Intereses, como lo prueba la experiencia diaria.

Una ilustración muy llamativa de esto es la famosa Ley Sherman Anti-Trust. La clase trabajadora organizada gastó miles de dólares y años de energía para hacer aprobar esa legislación. Estaba dirigida contra el monopolio capitalista creciente, contra las poderosas combinaciones de dinero que controlaban los cuerpos legislativos y los tribunales y dominaban a los obreros con una mano de hierro. Después de un esfuerzo largo y costoso, por fin se aprobó la Ley Sherman, y los líderes y políticos de los trabajadores, estaban exultantes sobre la «nueva época» creada por la ley, tal como ellos aseguraban con entusiasmo a los trabajadores.

¿Qué ha realizado la ley? No ha alcanzado a los trust; éstos permanecen sanos y salvos; de hecho, los trust han crecido y se han multiplicado. Ellos dominan el país y tratan a los obreros como a esclavos abyectos. Son más poderosos y gozan de más prosperidad que nunca.

Pero al Ley Sherman realizó una cosa importante. Fue aprobada especialmente en «interés de los trabajadores», pero la han convertido en una ley contra los obreros y sus asociaciones. Ahora se usa para destruir las organizaciones de los trabajadores como algo que «impide la libre competencia». Las asociaciones de trabajadores se encuentran ahora amenazadas constantemente por esa ley antitrusts, mientras que los trusts capitalistas siguen su camino sin ser molestados.

Amigo mío, ¿necesito hablarte de los sobornos y la corrupción de la política, de la corrupción de los tribunales y de la vil administración de la «justicia»? ¿Necesito recordarte la gran Teapot-Dome y los escándalos sobre los arrendamientos petrolíferos, y los mil y un casos menores de la actualidad diaria? Sería insultar tu inteligencia detenerme en estas cosas conocidas universalmente, pues forman parte esencial de toda política en cualquier país.

El gran mal no es que los políticos estén corrompidos y que la administración de la ley sea injusta. Si fueran ésas las únicas desgracias, entonces podríamos intentar, como el reformador, «purificar» la política y trabajar por un más «justa administración». Pero no es eso lo que contribuye la desgracia real. La desgracia no reside en la política impura, sino en que todo el juego de la política está podrido. La desgracia no reside en lo que falta en la administración de la ley, sino en que la ley misma es un instrumento para subyugar y oprimir al pueblo.

El sistema entero de la ley y el gobierno es una máquina para mantener a los obreros esclavizados y para robarles su esfuerzo. Toda «reforma» social, cuya realización depende de la ley y del gobierno, está ya condenada, como resulta de eso, al fracaso.

«Pero el sindicato», exclama tu amigo, «el sindicato es la mejor defensa del obrero».

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Antiestatismo ( Contra el Estado )

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Contra el Estado: Porque coarta el libre desenvolvimiento y normal desarrollo de las actividades éticas, filosóficas y científicas de los pueblos; y por ser el fundamento básico que mantiene el principio de autoridad y defiende la propiedad mediante los cuerpos armados, la policía la magistratura y la cárcel. Porque mantiene al ejército y la armada, cuya misión destructora es inhumana al lanzar unos pueblos contra otros, destruyendo los sentimientos de sociabilidad y solidaridad propios del ser humano, para convertirse en medio de dominación de los pueblos fuertes contra los débiles.

Contra la Política: Porque, entendiendo política como actividad desempeñada por los políticos en el seno del Estado para obtener privilegio y poder, esta presupone la anulación de la persona, ya que, entregando la voluntad propia a otra extraña, se desvirtúan los intereses colectivos por una falsa mayoría parlamentaria. La política es el medio que emplea el vigente sistema de dominación (la democracia representativa al servicio de las oligarquías y el Capital) para legitimar los intereses de la propiedad y las leyes en su tarea de respaldo y defensa del Estado.

Contra el Principio de Autoridad: Por suponer ésta el relajamiento de la personalidad humana al someter a unas personas a la voluntad de otras, despertando en ellas instintos que le predisponen a la crueldad e indiferencia ante el dolor de un semejante; y por ser la autoridad el instrumento que sirve para someter por la violencia al individuo a los intereses de la propiedad.

Contra otras formas de Poder: Contra todo tipo de prejuicios raciales, sexuales o de cualquier otra condición que impidan el desarrollo libre y en igualdad de los seres humanos. Contra las estructuras que derivan del Estado y el Capital creadas para un mejor sostenimiento del Sistema, que suponen el sacrificio de la Libertad individual y colectiva en pro de una delegación hacia personas supuestamente más cualificadas que pretenden representarnos, tales como partidos y sindicatos reformistas. Contra las jerarquías de toda índole.

Antiestatismo

Según lo antes expuesto resulta evidente que una de las finalidades del anarcosindicalismo es la destrucción del Estado, realidad político-jurídica que sostiene y sacraliza por medio de su diversos estamentos y leyes -parlamentos, senados, constituciones, organismos arbitradores, cuerpos policiales y represivos de todas clases y en último lugar, el ejército- las formas económicas de explotación.

Es obvio que el Estado constituye la representación de la clase dominante, sosteniendo, en el caso de la llamada sociedad occidental en que vivimos, la propiedad privada de los medios de producción y la economía de mercado. Esto conlleva la tradicional minoría de edad del ciudadano y el mantenimiento del actual sistema por medio de la represión y del terrorismo institucionalizado. Frente a ello, el anarcosindicalismo opone al Estado la libre federación de comunas autónomas libertarias.

“Soy un amante fanático de la libertad, considero que es la única condición bajo la cual la inteligencia, la dignidad y la felicidad humana pueden desarrollarse y crecer; no la libertad puramente formal concedida, delimitada y regulada por el Estado, un eterno engaño que en realidad no representa otra cosa que el privilegio de algunos fundado en la esclavitud del resto; no la libertad individualista, egoísta, mezquina y ficticia ensalzada por la Escuela de J.J. Rousseau y otras escuelas del liberalismo burgués, que entiende que el Estado, limitando los derechos de cada uno, representa la condición de posibilidad de los derechos de todos, una idea que por necesidad conduce a la reducción de los derechos de cada uno a cero. No, yo me refiero a la única clase de libertad que merece tal nombre, la libertad que consiste en el completo desarrollo de todas las capacidades materiales, intelectuales y morales que permanecen latentes en cada persona; libertad que no conoce más restricciones que aquellas que vienen determinadas por las leyes de nuestra propia naturaleza individual, y que no pueden ser consideradas propiamente restricciones, puesto que no se trata de leyes impuestas por un legislador externo, ya se halle a la par o por encima de nosotros, sino que son inmanentes e inherentes a nosotros mismos, constituyendo la propia base de nuestro ser material, intelectual y moral: no nos limitan sino que son las condiciones reales e inmediatas de nuestra libertad.”

(Mijail Bakunin)

Anticapitalismo ( Contra el Capitalismo )

Anticapitalismo

El+patrón+te+necesita,+tú+no+necesitas+al+patrón.

El anarcosindicalismo se opone de modo radical al sistema establecido por el capitalismo liberal o por el capitalismo de estado en todas sus variantes.

El capitalismo, independientemente de sus transformaciones presentes o futuras, representa la explotación económica derivada de la propiedad privada de los medios de producción y la subsiguiente capitalización de éstos por unos pocos, sin importar que los explotadores se representen individualizados o de modo anónimo o colectivo. El capitalismo de Estado por su parte, se apropia de la propiedad en beneficio de un sector privilegiado integrado en el Estado.

Tanto en uno como en otro sistema el individuo, el trabajador, no es dueño de su trabajo ni de sus decisiones. En una parte se aduce la necesidad de la economía (dominada por los grandes propietarios y financieros amparados por el Estado), en la otra se sacrifica a la clase trabajadora en nombre de un falso «bien común» impuesto por el Estado. Ambos sistemas desarrollan sus instituciones (medios de represión) a través de la clase gobernante: leyes, organismos de justicia, cárceles, policía, ejército etc. para dominar a los gobernados e imponer la cultura propia del sistema.

“Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué hay, pues, esa miseria entorno nuestro? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas? ¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar a cambio de algunas horas de trabajo cotidiano?

Los socialistas lo han dicho y repetido hasta la saciedad. Porque todo lo necesario para la producción ha sido acaparado por algunos en el transcurso de esta larga historia de saqueos, guerras, ignorancia y opresión en que ha vivido la humanidad antes de aprender a domar las fuerzas de la naturaleza. Porque, amparándose en pretendidos derechos adquiridos en el pasado, hoy se apropian dos tercios del producto del trabajo humano, dilapidándolos del modo más insensato y escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto de no tener con qué vivir un mes o una semana, no permiten al hombre trabajar sino consintiendo en dejarse quitar la parte del león. Porque le impiden producir lo que necesita y le fuerzan a producir, no lo necesario para los demás, sino lo que más grandes beneficios promete al acaparador. Contémplese un país, civilizado.

Las ciudades; enlazadas entre sí con carriles de hierro y líneas de navegación, son organismos que han vivido siglos. Profundizad en su historia, y veréis cómo la civilización de la ciudad, su industria, su genio, han crecido lentamente y madurado por el concurso de todos sus habitantes antes de llegar a ser lo que son hoy.

Y aun ahora, el valor de cada casa, de cada taller, de cada fábrica, de cada almacén, sólo es producto de la labor acumulada de millones de trabajadores sepultados bajo tierra, y no se mantiene sino por el esfuerzo de legiones de hombres que habitan en ese punto del globo. Millones de seres humanos han trabajado para crear esta civilización de la que hoy nos gloriamos. Otros millones, diseminados por todos los ámbitos del globo, trabajan para sostenerla. Sin ellos, no quedarían más que escombros de ella dentro de cincuenta años.

Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos colectivos, producto del pasado y del presente. Millares de inventores han preparado el invento de cada una de esas máquinas, en las cuales admira el hombre su genio. Miles de escritores, poetas y sabios han trabajado para elaborar el saber, extinguir el error y crear esa atmósfera de pensamiento científico, sin la cual no hubiera podido aparecer ninguna de las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares de filósofos, poetas, sabios e inventores, ¿no hablan sido también inspirados por la labor de los siglos anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y sostenidos, así en lo físico como en lo moral por legiones de trabajadores y artesanos de todas clases? ¿No adquirieron su fuerza impulsiva en lo que les rodeaba?

Cada máquina tiene la misma historia: larga historia de noches en blanco y de miseria; de desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales halladas por varias generaciones de obreros desconocidos que venían a añadir al primitivo invento esas pequeñas nonadas sin las cuales permanecería estéril la idea más fecunda. Aún más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil inventos anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria. Ciencia e industria, saber y aplicación, descubrimiento y realización práctica que conduce a nuevas invenciones, trabajo o cerebral y trabajo manual, idea y labor de los brazos, todo se enlaza. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir: Esto es mío y no vuestro?” (Piotr Kropotkin)

Abstención activa contra la democracia

Democracia del griego “δημοκρατία” (democratía), y se compone de los términos “δῆμος” (démos), que puede traducirse como ‘pueblo’, y “κράτος” (krátos), que significa ‘poder’.

Ni demócratas, ni dictadores: Anarquistas (Acracia)

Acracia = no poder , contra todo poder (del griego α-, a “no”, y κράτος, kratos “poder”)

Anarquista es, por definición, aquél que no quiere estar oprimido y no quiere ser opresor; aquél que quiere el máximo bienestar, la máxima libertad, el máximo desarrollo posible para todos los seres humanos.

Abstención activa contra la democracia

https://www.youtube.com/watch?v=Tdeyc0h9u6w&index=34&list=PLygqavJysUHI8kR7iOCLoY5p-znRLFH-C

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La postura que ha defendido el Anarquismo ante las elecciones siempre ha sido la misma: la abstención. El no reconocimiento de la llamada legalidad democrática y, por tanto, la no participación en ninguna de sus instituciones, como colectivo, ni en ninguno de sus cauces, como individuos. Esta postura ha tenido algunos momentos históricos de gran repercusión, tanto en el plano social como político, como por ejemplo en la década de los treinta, pero en las últimas décadas ha sufrido un ataque por parte de los agentes políticos y comunicadores del Sistema. Este ataque ha intentado desvincular la abstención de cualquier tipo de posicionamiento social, político o ideológico; reconociendo de esta forma la exclusividad de la participación social dentro de los cauces de la representatividad. Sin embargo, en los últimos meses ha tomado especial relevancia en el Estado español el panorama político y social.
En un país en el que parecía que las inquietudes sociales y políticas habían quedado relegadas a una serie de profesionales, ha emergido un movimiento popular, considerado propiamente como “ciudadano”, que puso en las primeras páginas de los periódicos oficiales la denuncia de una serie de irregularidades que en los últimos tiempos están tornándose insoportables para la clase proletaria; que, en nuestra opinión, son fruto inherente de los sistemas jerárquicos.
Este movimiento ha dado una especial importancia, desde nuestro punto de vista inmerecida, a la actitud que hemos de tomar los individuos ante las elecciones; municipales en su momento, generales en la actualidad. Y han intentado, desde nuestra opinión, reconducir el descontento de les trabajadores y demas proletaries hacia los cauces democráticos, continuando y asumiendo el discurso establecido desde el Sistema. Se han puesto en la palestra opciones hasta el momento ampliamente minoritarias como el voto nulo o el voto en blanco, intentando asumir para la democracia representativa a aquellos sectores descontentos con la política actual, en una especie de regeneración de la representatividad.
De esta forma se da una nueva imagen al Sistema, los sectores descontentos con los políticos parece que ya no están en desacuerdo con el Sistema por éstos generado, y base de todas las atrocidades cometidas contra les proletaries. Simplemente quieren que se vayan unos políticos para que vengan otros a hacer lo mismo, una especie de ensayo conductista que parece tener como intención desmovilizar a la clase proletaria por agotamiento o desilusión.
Ni que decir tiene que ha sido fundamental el papel jugado por los profesionales de la política ante esta situación. Por un lado el Partido Socialista, autointitulado como representante mayoritario del progresismo ha intentado maquillar su discurso político con algunas medidas populistas, intentando acercar a su seno a aquellos sectores de la izquierda más simplona que se camuflan bajo aquel tradicional lema del “voto útil”. Por otro lado, Izquierda Unidad y otros partidos aún más minoritarios, han intentado aglutinar adeptos bajo su programa político a través de la materialización del viejo dicho de “pescar en río revuelto”.
En todos los casos, lo que se intentó de forma generalizada fue asumir como propio un movimiento que, en la teoría, estaba desideologizado y despolitizado; demostrando, en realidad, que asumía la ideología del sistema y hacía el juego a partidos extra o cuasi-extraparlamentarios, poniendo en tela de juicio la veracidad de su apolitización. De esta forma, parecía que todes tenían cabida bajo el lema de reivindicación de una democracia real. Desde les que defienden la dictadura de los mercados hasta les que defienden la dictadura del proletariado, incluso, y a nuestro pesar, parecía que aquelles que abogan por la abolición del Estado y toda forma de autoridad también se sumaban a las demandas de una democracia más eficaz para ponerla al servicio de los intereses de una clase consumista.
Nosotres, rehusando cualquier tipo de posibilismo, nos declaramos abiertamente antidemócratas. Estamos en contra de la democracia representativa, porque no creemos en ningún tipo de delegacionismo y estamos convencidos de que éste siempre deriva en la usurpación del interés personal. Del mismo modo estamos en contra de la llamada democracia directa, porque esta, por no erradicar el sistema de votación, deriva en la sumisión del individuo a la llamada voluntad colectiva que no tiene porqué representarle. Toda democracia supone la imposición de una mayoría, a lo sumo, sobre un minoría.
Así, dentro de ese obnubilamiento intelectual que genera la democracia a su alrededor, y bajo el cual férrees defensores de estructuras diferentes, dentro de los Sistemas jerárquicos, se autointitulan como incondicionales defensores de los valores democráticos; nosotres nos negamos a sumarnos a esa corriente unitaria y tendenciosa. La democracia, en realidad, no se diferencia, al menos en este aspecto, de otros regímenes totalitarios. Pues si bien en estos se condena a través del castigo físico a sus detractores, en la democracia, además, se les condena a través del ostracismo ideológico, siendo considerades una especie de detractores del género humano.
A nosotres no nos vale la reforma del sistema electoral o la creación de listas abiertas, no nos vale con mejorar un Sistema con el que no estamos de acuerdo. Nos es indiferente el valor que el Sistema quiera dar a nuestra voz, porque lo que pretendemos es que nadie pueda cuantificar nuestra opinión cuantitativamente; sino que sea considerada cualitativamente por nuestros iguales. Cuestión ésta que no puede conseguirse en ningún sistema de votación, sino en un sistema de asambleas horizontales que funcionen por consenso unánime.
Porque no creemos que sea posible, en ningún modo, que la delegación en una serie de individuos suponga otra cosa que la enajenación del interés de los individuos a merced del interés propio de un individuo, sujeto, de forma generalizada, no sólo a presiones externas, como mercados o intereses de grandes emporios, sino también a favores personales.
Tampoco creemos que sea viable el ideal de democracia. Pues, a pesar que entendemos que las situaciones actuales de corrupción y desentendimiento de la clase política son inherentes al sistema de representación, no damos por bueno ningún tipo de delegación que no sea asumido bajo un mandato conciso, emanado de una asamblea horizontal y siempre con la posibilidad de revocación. Es decir, solo entendemos la delegación cuando ésta no tiene ningún margen de actuación fuera de lo emanado de forma consensuada. Pues es ésta la única posibilidad de que los intereses de los individuos permanezcan blindados ante cualquier intento de enajenación o desvirtuamiento.
No nos vale, pues, con actuar dentro de los cauces legalmente establecidos, no atendemos a ningún tipo de imposición ajena a nosotres mismes y a la propia razón. Hacemos un llamamiento a la reflexión, a la coherencia, a la abstención, al boicot y al sabotaje de todo tipo de elecciones y al fortalecimiento de las organizaciones anarquistas para seguir recorriendo el camino de la revolución social hacia el Comunismo Libertario (anarquismo)
Salud, Organización y Revolución Social Anarquista
FEDERACIÓN IBÉRICA DE JUVENTUDES ANARQUISTAS
y
Ahora
FEDERACIÓN IBÉRICA DE JUVENTUDES LIBERTARIAS
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Me gobiernan y me explotan

Te enseñaron todo está bien, que tiene que haber ricos y pobres, y que debes respetar al rico y debes estar contento con tu suerte.

me gobiernan y me explotan

El+patrón+te+necesita,+tú+no+necesitas+al+patrón.
Te dijeron que tu país defendía la justicia y que tú debes obedecer la ley.

Y cuando veías que arrastraban a un pobre hombre a la cárcel.

Te decían que él era malo porque había robado algo, y que eso era un gran crimen.

Pero ni en casa, ni en la escuela, ni en ninguna parte te dijeron que es un crimen que el rico robe el producto del trabajo del pobre, o que los capitalistas son ricos porque se han apoderado de la riqueza que ha creado el trabajo.

No, nunca te dijeron eso, ni lo oyó cualquier otro en la escuela.

¿Cómo puedes esperar entonces que lo sepan los trabajadores?

Tal vez puedes ver ahora por qué los trabajadores no entienden que la riqueza que ellos han creado se la han robado y se la siguen robando cada día.

La totalidad del sistema capitalista descansa en un robo así.
La totalidad del sistema de leyes y gobiernos sostiene y justifica este robo.

Ese es el orden de cosas denominado capitalismo, y la ley y el gobierno existen para proteger ese orden de cosas.

«¿Me esclaviza?», me dices con extrañeza. «¡Pero si soy ciudadano libre!»
¿Eres realmente libre? ¿Libre para hacer qué? ¿Para vivir como te parezca?
¿Haces lo que te agrada?

Veamos. ¿Cómo vives? ¿A qué equivale tu libertad?
Tú dependes de tu empresario para tus salarios o tu sueldo, ¿no es así? Y tus salarios determinan tu modo de vida, ¿no es así? Las condiciones de tu vida, incluso lo que tú comes y bebes, a dónde vas y con quien te asocias, todo esto depende de tus salarios.

No, no eres un hombre libre. Depende de tu empresario y de tus salarios.

Eres realmente un esclavo asalariado.
La totalidad de la clase trabajadora, bajo el sistema capitalista, depende de la clase capitalista.
Los trabajadores son esclavos asalariados.

La libertad que te dan en el papel, que está escrita en los libros de leyes y en las constituciones, no te proporciona bienestar alguno. Una libertad así significa tan sólo que tienes el derecho de hacer una cosa determinada. Pero no significa que puedes hacerla. Para ser capaz de hacer algo, tienes que tener la oportunidad, la ocasión. Tienes el derecho de comer tres estupendas comidas al día, pero si no tienes los medios, la oportunidad para conseguir esas comidas, entonces ¿a qué viene ese tu derecho?

De este modo, la libertad significa realmente la oportunidad de satisfacer tus necesidades y deseos. Si tu libertad no te proporciona esa oportunidad, entonces no te sirve de nada. La libertad real significa oportunidad y bienestar. Si no significa eso, no significa nada.

Ves, entonces, que toda la situación se reduce a esto:
El capitalismo te roba y te convierte en un esclavo asalariado.
La ley sostiene y protege ese robo.
El gobierno te engaña haciéndote creer que eres independiente y libre.

De este modo te engañan y te timan cada día de tu vida.

Te dicen que tienes que ser honrado, mientras que te roban durante toda la vida.

Te ordenan que respetes la ley, mientras que la ley protege al capitalista que te está robando.

Te enseñan que es malo matar, mientras que el gobierno ahorca y electrocuta a la gente y hace con ellos matanzas en la guerra.

Te dicen que obedezcas la ley y al gobierno, aunque la ley y el gobierno apoyan el robo y el asesinato.

Así, durante toda tu vida te mienten, te engañan y te defraudan, de modo que sea más fácil sacar ganancias de ti, explotarte. Porque no es sólo el empresario y el capitalista los que sacan ganancias de ti.
El gobierno, la Iglesia y escuela, todos ellos viven de tu trabajo. Tú los sostienesa todos.

Esa es la razón por la que todos ellos te enseñan que tienes que estar contento con tu suerte y comportarte bien.

«¿Es realmente verdad que yo los sostengo a todos?», preguntas desconcertado. Veamos. Ellos comen y beben y se visten, sin hablar de lujos que disfrutan. ¿Hacen ellos las cosas que usan y consumen? ¿Plantan ellos y siembran y construyen y todo lo demás?

«Pero ellos pagan por esas cosas», objeta tu amigo. Sí, ellos pagan. Supón que un tipo te roba cincuenta dólares y entonces va y compra con ellos un traje. ¿Es ese traje según el derecho suyo? ¿No pagó por él? Bien, de ese mismo modo la gente que no produce nada o que no realiza un trabajo útil paga por las cosas. Su dinero es la ganancia que ellos o sus padres antes que ellos exprimieron de ti, de los trabajadores.

«¿Entonces no es mi patrón el que me sostiene, sino que yo le sostengo a él?» Por supuesto. El te da un empleo; es decir, te da el permiso para trabajar en la fábrica o industria que no construyó él sino otros trabajadores como tú. Y por ese permiso tú contribuyes a sostenerle durante el resto de tu vida o mientras que trabajes para él. Lo sostienes tan generosamente que él se puede permitir una mansión en la ciudad y una cada en el campo, incluso varias, y criados para atender sus deseos y los de su familia y para el entretenimiento de sus amigos, y para carreras de caballos y carreras de botes, y para centenares de cosas. Pero no es sólo con él con quien eres tan generoso. Con tu trabajo, mediante el impuesto directo e indirecto, se sostienen el gobierno entero, local, estatal y nacional, las escuelas y las iglesias, y todas las otras instituciones cuyo asunto consiste en

proteger las ganancias y mantenerte engañado. Tú y tus compañeros trabajadores, el trabajo como un todo, sostenéis a todos ellos. ¿Te extrañas de que todos ellos te digan que todo está en orden y que tienes que ser bueno y permanecer tranquilo? Es bueno para ellos que tú te mantengas tranquilo, porque ellos no podrían seguir engañando y robando, una vez que tú abras tus ojos y veas lo que te está ocurriendo.

Por eso todos ellos apoyan decididamente el sistema capitalista, están por «la ley y el orden».

La ley y el gobierno permiten y favorecen este robo decretando que:
– La tierra que nadie ha creado, pertenece al terrateniente;
– Los ferrocarriles, que han construido los obreros, pertenecen a los magnates de los ferrocarriles;
– Los almacenes, silos y depósitos, erigidos por los obreros, pertenecen a los capitalistas;
– Todos esos monopolistas y capitalistas tienen derecho a obtener ganancias del campesino por usar los ferrocarriles y otros servicios antes de que pueda hacer llegar su alimento hasta ti.

Puedes ver entonces cómo roba al campesino el gran capital y los hombres de negocios, y cómo la ley ayuda a ese robo, exactamente igual que en el robo del obrero.

Pero no es sólo el obrero y el campesino los que son explotados y forzados a entregar la mayor parte de su producto a los capitalistas, a los que han monopolizado la tierra, los ferrocarriles, las fábricas, la maquinaria y todos los recursos naturales. El país entero, el mundo entero es obligado a pagar tributo a los reyes de las finanzas y de la industria.

El pequeño hombre de negocios depende del vendedor al por mayor; el vendedor al por mayor del industrial; el industrial de los magnates de la industria, y todos ellos dependen de los señores del dinero y de los bancos para su crédito. Los grandes banqueros y financieros pueden eliminar a cualquiera de los negocios simplemente retirándoles su crédito. Hacen esto siempre que desean excluir a alguien del negocio. El hombre de negocios está enteramente a merced de ellos. Si no desarrolla el juego que ellos desean, que convenga a sus intereses, entonces simplemente lo echan del juego.

De este modo, toda la humanidad depende de y está esclavizada por un puñado de hombres que han monopolizado casi la riqueza entera del mundo, pero que ellos mismos nunca han creado nada.

Los capitalistas saben que es necesitan al gobierno para que legalice sus métodos de robo, para proteger el sistema capitalista. Y así es como el gobierno necesita leyes, policía y soldados, tribunales y prisiones, para proteger el capitalismo.

Es el mismo sistema. Esto es lo que supone:
El capitalismo roba y explota a todo el pueblo; las leyes legalizan y defienden este robo capitalista; el gobierno usa una parte del pueblo para ayudar y proteger a los capitalistas en su robo a todo el pueblo.

Todo el asunto se mantiene educando al pueblo a creer que el capitalismo es correcto, que la ley es justa y que el gobierno debe ser obedecido. ¿Descubres ahora este juego?

Reflexiona y mira si no es la misma ley, el gobierno, la que realmente crea el crimen al obligar a la gente a vivir en condiciones que las hacen malas. Considera cómo la ley y el gobierno sostiene y protege el crimen más grande de todos, la madre de todos los crímenes, el sistema salarial capitalista, y luego se pone a castigar al criminal pobre.

No son los males y los crímenes castigados por la ley los que causan más daño en el mundo. Son los males legales y los crímenes no castigables, justificados y protegidos por la ley y el gobierno, los que llenan la tierra con la miseria y la necesidad, con la reyerta y el conflicto, con las luchas de clases, la matanza y la destrucción.

Oímos mucho sobre el crimen y los criminales, sobre asaltos y robos, sobre ofensas contra las personas y la propiedad. Las columnas de la prensa diaria están llenas de esas historias. Se consideran las «novedades» del día.

Pero no te dicen que las condiciones capitalistas producen la mayoría de nuestros males y crímenes, y que el mismo capitalismo es el crimen más grande de todos, que devora más vidas en un solo día que todos los asesinos puestos juntos. La destrucción de vidas y propiedades que han causado los criminales en todo el mundo desde que comenzó la vida humana es mero juego de niños comparada con los diez millones de muertos y los veinte millones de heridos, y el estrago y la miseria incalculables originados por un solo acontecimiento capitalista, la reciente Guerra mundial. El enorme holocausto era el hijo legítimo del capitalismo, lo mismo que todas las guerras de conquista y de ganancia son el resultado de los intereses financieros y comerciales conflictivos de la burguesía internacional.

«¿Cómo dispone el capitalismo de los parados?», preguntas. Simplemente obligándote a trabajar largas jornadas y lo más duro posible de modo que produzcas la mayor cantidad. Todos los modernos esquemas de «eficiencia», el sistema Taylor y otros sistemas de «economía» y de «racionalización» sirven tan sólo para exprimir grandes ganancias del trabajador. Es economía tan sólo en interés del empresario. Pero en lo que se refiere a ti, el trabajador, esta «economía» supone el gasto más grande de tu esfuerzo y de tu energía, un desgaste fatal de tu vitalidad.

Le conviene al empresario utilizar y explotar tu fuerza y habilidad con la máxima intensidad. Verdaderamente esto arruina tu salud y destruye tu sistema nervioso, te convierte en presa de la enfermedad y los achaques (existen incluso especiales enfermedades proletarias), te mutila y te lleva a una muerte temprana; pero, ¿qué le importa todo eso a tu patrón? ¿No hay miles de parados que esperan conseguir tu trabajo y que están dispuestos a cogerlo en el momento en que estés incapacitado o muerto?

Por esta razón, le conviene al capitalista mantener un ejército de parados a mano. Es una parte y una parcela del sistema salarial, una característica necesaria e inevitable de él.

no sólo eres un productor, también eres un consumidor. Y cuando vas a comprar cosas, encontrarás que son más caras que antes. Salarios más altos suponen un incremento del coste de la vida. Porque lo que el empresario pierde pagándote un salario mayor, lo recupera de nuevo elevando el precio de su producto.

Puedes ver entonces que toda la idea de salarios superiores es en realidad muy engañosa. Hace creer al trabajador que se encuentra actualmente mejor cuando consigue más paga, pero el hecho es que, por lo que refiere a la totalidad de la clase trabajadora, todo lo que el trabajador gana mediante salarios superiores, lo pierde como consumidor y a la larga la situación permanece la misma. Al final de un año de «salarios superiores», el trabajador no tiene más que después de un año de «salarios inferiores». Algunas veces incluso se encuentra peor, porque el costo de la vida se incrementa con mayor rapidez que los salarios.

Abajo los muros de las prisiones. Anticarcelarios

Abajo los muros de las prisiones. Anticarcelarios

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Abjo los muros de las prisiones

¿Quién nos protegerá del crimen y de los criminales?”, preguntas.
Pregúntate, más bien, si el gobierno nos protege realmente de ellos. ¿No crea y sostiene el mismo gobierno las condiciones que engendran el crimen? ¿No cultivan el espíritu de intolerancia y persecución, de odio y de más violencia? ¿No se incrementa el crimen con el aumento de la miseria y la injusticia, fomentadas por el gobierno? ¿No es el propio gobierno la mayor injusticia y el mayor crimen?

El crimen es el resultado directo de las condiciones económicas, de la desigualdad social, de injusticia y males que tienen su paternidad en el gobierno y el monopolio. El gobierno y la ley sólo pueden castigar al criminal. Nunca curan ni previenen el crimen. La única cura verdadera del crimen es abolir sus causas, y esto nunca puede hacerlo el gobierno porque está en su puesto para conservar esas mismas causas. Sólo puede terminarse con el crimen eliminando las condiciones que lo crean.

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Las cárceles y su influencia moral sobre los presos – P. Kropotkin 

Discurso pronunciado por Piotr Kropotkin en Paris el 20 de diciembre de 1877


Introducción:
Tras el problema económico y tras el problema del Estado, quizás el más importante de todos sea el que concierne al control de los actos antisociales. La distribución de justicia fue siempre el principal instrumento para crear derechos y privilegios, pues se basaba en sólidos fundamentos de derechos constituidos; el problema de lo que ha de hacerse con los que cometen actos antisociales contiene en consecuencia en sí el gran problema del gobierno y del Estado.

Es hora ya de que nos preguntemos si la condena a muerte o a la cárcel son justas.

¿Logran el doble fin que se marcan como objetivo, el de impedir la repetición del acto antisocial y (en cuanto a las cárceles) el de reformar al infractor?

Son graves cuestiones. De la solución que se les de depende no sólo la felicidad de miles de presos, no sólo el destino de mujeres y niños asolados por la miseria, cuyos padres y maridos no pueden ayudarles desde detrás de sus rejas, sino también la felicidad de la especie humana. Toda injusticia cometida contra un individuo la experimenta, en último termino, todo el conjunto de la especie.

He tenido ocasión de conocer dos cárceles en Francia y varias en Rusia, y diversas circunstancias de mi vida me han llevado a volver a estudiar las cuestiones penales, y creo que es mi deber exponer claramente lo que son las cárceles: relatar mis observaciones y mis ideas, resultado de ellas.


1. La cárcel como escuela de delito.

Cuando un hombre ha estado en la cárcel una vez, vuelve. Es inevitable, las estadísticas lo demuestran. Los informes anuales de la administración de justicia penal de Francia muestran que la mitad de los que comparecen ante los jurados y dos quintas partes de los que anualmente comparecen ante los órganos menores por faltas reciben su educación en las cárceles. Casi la mitad de los juzgados por asesinato, y tres cuartas partes de los juzgados por robo con allanamiento son reincidentes. En cuanto a las cárceles modelo, mas de un tercio de los presos que salen de estas instituciones supuestamente correctivas vuelven a ser encarcelados en un plazo de doce meses después de su liberación.

Otra característica significativa es que la infracción por la que el hombre vuelve a la cárcel es siempre mas grave que la anterior. Si antes era un pequeño robo, vuelve ya por un audaz robo con allanamiento. Si la primera vez le encarcelaron por un acto de violencia, lo más probable es que vuelva luego como asesino. Todos los tratadistas de criminología coinciden en este punto. Los ex-presidiarios se han convertido en un grave problema en Europa. Y ya sabemos como lo ha resuelto Francia: decretando su destrucción total por las fiebres de Cayena, un exterminio que se inicia en el viaje.

2. La Inutilidad de las cárceles.

Pese a todas las reformas hechas hasta el presente, pese a los experimentos de los distintos sistemas carcelarios, los resultados son siempre los mismos. Por una parte, el número de delitos contra las leyes existentes ni aumenta ni disminuye sea cual sea el sistema de castigo. En Rusia se ha abolido la flagelación y en Italia la pena de muerte, sin que variara el número de crímenes. La crueldad de los jueces puede aumentar o disminuir, la crueldad del sistema penal jesuítico cambiar, pero el número de actos considerados delitos se mantiene constante. Sólo le afectan otras causas que brevemente enunciaré.

Por otra parte sean cuales fueren los cambios introducidos en el régimen carcelario, el problema de la reincidencia no disminuye. Esto es inevitable; así ha de ser; la prisión mata todas las cualidades que hacen al hombre adaptarse mejor a la vida comunitaria. Crea el tipo de individuo que inevitablemente volverá a la cárcel para acabar sus días en una de esas tumbas de piedra que tienen grabado: «Casa de detención y corrección».

A la pregunta “¿Qué hacer para mejorar el sistema penal?», sólo hay una respuesta: nada. Es imposible mejorar una cárcel. Con excepción de unas cuantas mejoras insignificantes, no se puede hacer absolutamente nada más que demolerla.

Podría proponer que se pusiese un Pestalozzi al frente de cada cárcel. Me refiero al gran pedagogo suizo que recogía niños abandonados y hacer de ellos buenos ciudadanos.

Podría proponer también que substituyesen a los guardias actuales, ex soldados y ex policías, sesenta Pestalozzis. Aunque preguntareis:

«¿Dónde encontrarlos?»… Pregunta razonable. El gran maestro suizo rechazaría sin duda el oficio de carcelero, pues, el principio de toda cárcel es básicamente malo porque priva al hombre de libertad.

Privando a un hombre de su libertad, no se conseguirá que mejore. Cultivaremos delincuentes habituales, como ahora mostraré.

3. Los delincuentes en la cárcel y fuera.

Para empezar, tengamos en cuenta que no hay preso que considere justo el castigo que se le aplica. Esto es en si mismo una condena de todo nuestro sistema judicial. Hablad con un hombre encarcelado o con un gran estafador. Dirá: «Aquí están los de las pequeñas estafas, los de las grandes andan libres y gozan del público respeto». ¿Qué responder, sabiendo que existen grandes empresas financieras expresamente dedicadas a arrebatar los últimos céntimos de los ahorros de los pobres, y cuyos fundadores se retiran a tiempo con botines legales hechos a costa de esos pequeños ahorros? Todos conocemos esas grandes empresas que emiten acciones, sus circulares falsas, sus inmensas estafas. ¿Cómo no dar al preso la razón?

Y el hombre encarcelado por robar una caja fuerte, te dirá: «Simplemente no fui bastante listo; nada mas». ¿Y qué contestarle, sabiendo lo que pasa en sitios importantes, y cómo, tras terribles escándalos, se entrega a esos grandes ladrones el veredicto de inocencia?

Cuantas veces se oirá decir a los presos: «Son los grandes ladrones los que nos tienen aquí encerrados; nosotros somos los pequeños». ¿Cómo discutir esto cuando los presos saben de las increíbles estafas perpetradas en el campo de las altas finanzas y del comercio. Cuando saben que la sed de riquezas, adquiridas por todos lo medios posibles, es la esencia misma de la sociedad burguesa? Cuando ha examinado la inmensa cantidad de transacciones sospechosas que separan a los hombres honestos (según medidas burguesas) y a los delincuentes, cuando ha visto todo esto, tiene sin duda que creer que las cárceles son para torpes, no para delincuentes.

Esta es la norma respecto al mundo exterior. En cuanto a la cárcel misma, no hace falta extenderse mucho en ello. Sabemos bien lo que es. Sea respecto a la comida o a la distribución de favores, en palabras de los presos, desde San Francisco a Katmchatka: «Los mayores ladrones son los que nos tienen aquí, no nosotros».

4. El trabajo en la cárcel.

Todos conocemos el influjo dañino de la ociosidad. El trabajo realza al hombre. Pero hay muchos trabajos. El trabajo del libre hace sentirse parte del todo inmenso; el del esclavo degrada. Los trabajos forzados se hacen a la fuerza, sólo por miedo a un castigo peor. Y ese trabajo, que no atrae por si mismo porque no ejercita ninguna de las facultades mentales del trabajador, esta tan mal pagado que se considera un castigo.

Cuando mis amigos hacían corsés o botones de concha y ganaban doce centavos por diez horas al día, y cuatro los retenía el Estado, podemos comprender muy bien la repugnancia que este trabajo producía al condenado a ejecutarlo.

Cuando uno gana treinta y seis centavos por semana, hay derecho a decir: «Los ladrones son los que aquí nos tienen, no nosotros».

5. Consecuencias del cese de los contactos sociales.

¿Y qué inspiración puede lograr un preso para trabajar por el bien común, privado como está de toda conexión con la vida exterior? Por un refinamiento de crueldad, quienes planearon nuestras cárceles hicieron todo lo posible por cortar toda relación del preso con la sociedad. En Inglaterra, la mujer y los hijos del preso sólo pueden verle una vez cada tres meses y las cartas que se le permiten escribir son realmente ridículas. Los filántropos han llegado a veces a desafiar la naturaleza humana hasta el punto de impedir a un preso a escribir algo más que su firma en un impreso.

La mejor influencia a que un preso podría someterse, la única que podría aportarle un rayo de luz, un soplo de cariño en su vida (la relación con los suyos) queda sistemáticamente prohibida.

En la vida sombría del preso, sin pasión ni emoción, se atrofian en seguida los buenos sentimientos. Los trabajadores especializados que amaban su oficio pierden el gusto por el trabajo. La energía corporal se esfuma lentamente.

La mente no tiene ya energía para fijar la atención; el pensamiento es menos ágil, y, en cualquier caso, menos persistente.

Pierde profundidad. Yo creo que la disminución de la energía nerviosa en las cárceles se debe, sobre todo, a la falta de impresiones variadas.

En la vida ordinaria hay miles de sonidos y colores que asaltan diariamente los sentidos, un millar de pequeños hechos llegan a nuestra conciencia y estimulan la actividad del cerebro. Esto no sucede con los sentidos de los presos. Sus impresiones son escasas y siempre las mismas.

6. La teoría de la fuerza de voluntad.

Hay otra importante causa de desmoralización en las cárceles. Todas las transgresiones de las normas morales aceptadas pueden atribuirse a la falta de una voluntad fuerte. La mayoría de los habitantes de las cárceles son gentes que no tuvieron la fuerza suficiente para resistir las tentaciones que les rodeaban o para controlar una pasión que les arrastró momentáneamente. En las cárceles, como en los conventos, se hace todo lo posible para matar la voluntad del hombre. No se suele tener posibilidad de elegir entre dos opciones.

Las raras ocasiones en que se puede ejercitar la voluntad son muy breves. Toda la vida del preso está regulada y ordenada previamente. Sólo tiene que seguir la corriente, que obedecer so pena de graves castigos.

En estas condiciones, toda la fuerza de voluntad que pudiese tener al entrar desaparece.

¿Y dónde buscar fuerzas para resistir las tentaciones que surjan ante él, como por arte de magia, cuando salga de entre los muros de la cárcel? ¿Dónde encontrará la fuerza necesaria para resistir el primer impulso de un arrebato de pasión, si durante años se hizo lo posible por matar esa fuerza interior, por hacerle dócil instrumento de los que le controlan? Este hecho es, en mi opinión, la condena más terrible de todo el sistema penal basado en privar de libertad al individuo.

Es claro el motivo de esta supresión de la voluntad del individuo, esencia de todo sistema penitenciario. Nace del deseo de guardar el mayor número de presos posible con el menor número posible de guardias. El ideal de los funcionarios de prisión seria millares de autómatas, que se levantaran, trabajaran, comieran y fueran a dormir controlados por corrientes eléctricas accionadas por uno de los guardianes. Quizá así se ahorrase presupuesto, pero nadie debería asombrarse de que estos hombres, reducidos a máquinas, no fuesen, una vez liberados, tal cómo la sociedad los desea. Tan pronto como un preso queda libre, le esperan sus viejos camaradas. Lo reciben fraternalmente y se ve una vez mas arrastrado por la corriente que le llevó a la cárcel. Nada pueden hacer las organizaciones protectores. Lo único que pueden hacer para combatir la influencia maligna de la cárcel es aliviar su influjo en los ex-presidiarios.

¡Qué contraste entre la recepción de sus viejos camaradas y la de la gente que se dedica a tareas filantrópicas con ex-presidiarios! ¿Cuál de estas personas le invitará a su casa y le dirá simplemente: «Aquí tienes una habitación, aquí tienes un trabajo, siéntate en esta mesa como uno mas de la familia»?

El ex-presidiario sólo busca la mano extendida de cálida amistad. Pero la sociedad, después de haber hecho todo lo posible por convertirle en enemigo, después de inocularle los vicios de la cárcel, le rechaza. Le condena a ser un «reincidente».

7. El efecto de las ropas de la cárcel y de la disciplina.

Todo el mundo conoce la influencia de la ropa decente. Hasta un animal se avergüenza de aparecer ante sus semejantes si algo le hace parecer ridículo.

Si pintan a un gato de blanco y amarillo no se atreverá a acercarse a otros gatos. Pero los hombres empiezan por entregar una vestimenta de lunático a quien afirman querer reformar.

El preso se ve sometido toda su vida de prisión a un tratamiento que indica un desprecio absoluto por sus sentimientos. No se concede a un preso el simple respeto debido a todo ser humano. Es una cosa, un número, y a cosa numerada se le trata. Si cede al más humano de todos los deseos, el de comunicarse con un camarada, se le culpa de falta de disciplina. Quien no mintiese ni engañase antes de entrar en la cárcel: allí aprenderá a mentir y a engañar y este aprendizaje será para él una segunda naturaleza.

Y los que no se someten lo pasan mal. Si verse registrado le resulta humillante, si no le gusta la comida, si muestra disgusto porque el guardián trafica con tabaco, si divide su pan con el vecino, si conserva aun la suficiente dignidad para enfadarse por un insulto, si es lo bastante honrado para sublevarse por pequeñas intrigas, la cárcel será para él un infierno. Se verá abrumado de trabajo o le meterán a pudrirse en confinamiento solitario.

La más leve infracción de disciplina significará el castigo mas grave. Y todo castigo llevará a otro. Por la persecución le empujaran a la locura. Puede considerarse afortunado si no deja la cárcel en un ataúd.

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8. Los carceleros.

Es fácil escribir en los periódicos que hay que vigilar estrechamente a los guardias de las cárceles, que deben elegirse entre hombres buenos. No hay nada más fácil que construir utopías administrativas. Pero el hombre seguirá siendo hombre, guardián o preso.

Y cuando se condena a estos guardianes a pasar el resto se sus vidas en situaciones falsas, sufren las consecuencias. Se vuelven irritables. Sólo en monasterios y conventos hay tal espíritu de mezquina intriga. En ninguna parte abundan tanto escándalos y chismorreos como entre los guardianes de las cárceles.

No se puede dar a un individuo autoridad sin corromperle. Abusará de ella. Y será menos escrupuloso y sentirá su autoridad más aun cuanto su esfera de acción sea mas limitada.

Obligado a vivir en terreno enemigo, el guardián no puede convertirse en un modelo de bondad. A la alianza de los presos se opone la de los carceleros. Es la institución la que les hace lo que son: sicarios ruines y mezquinos. Si pusiésemos a Pestalozzi en su lugar, pronto sería un carcelero.

Rápidamente, el rencor contra la sociedad penetra en el corazón del preso. Se habitúa a detestar a los que le oprimen. Divide el mundo en dos partes: una, aquella a la que pertenecen él y sus camaradas; la otra, el mundo exterior representado por los guardianes y sus superiores. Los presos forman una liga contra todos los que no llevan el uniforme de presidiario. Son sus enemigos y cuanto puedan hacer para engañarles es bueno.

Tan pronto como se ve en libertad, pone el preso en práctica su código. Antes de ir a la cárcel pudo cometer su delito involuntariamente. Ahora tiene una filosofía que puede resumirse en estas palabras de Zola: «Que sin vergüenzas son estos hombres honrados».

Si consideramos las distintas influencias de la cárcel sobre el preso nos convenceremos de que hacen al hombre cada vez menos apto para vivir en sociedad. Por otra parte, ninguna de estas influencias eleva las facultades intelectuales y morales del preso, ni le lleva a una concepción mas elevada de la vida. La cárcel no mejora al preso. Y además, hemos visto que no le impide cometer otros delitos. No logra, pues, ninguno de los fines que se propone.

9. ¿Cómo debemos tratar a los infractores?

Debemos de formular la siguiente pregunta: «¿Qué debería hacerse con los que violan las leyes?» No me refiero a las leyes escritas (son triste herencia de un triste pasado), si no a los principios morales grabados en los corazones de todos nosotros.

Hubo tiempos en que la medicina era el arte de administrar ciertas drogas, laboriosamente descubiertas con experimentos. Pero nuestra época ha enfocado el problema médico desde un nuevo ángulo. En vez de curar enfermedades, busca la medicina ahora ante todo impedirlas. La higiene es la mejor medicina de todas. Aun hemos de hacer lo mismo con este gran fenómeno social al que aun llamamos «delito», pero al que nuestros hijos llamarán «enfermedad social». Impedir la enfermedad será la mejor cura. Y esta conclusión se ha convertido ya en lema de toda una escuela de pensadores modernos dedicados al estudio del «delito».

En las obras publicadas por los innovadores están todos lo elementos necesarios para adoptar una actitud nueva hacia aquellos a quienes la sociedad, cobardemente, ha decapitado, ahorcado o encarcelado hasta ahora.

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10. Causas del delito.

A tres grandes categorías de causas se deben esos actos antisociales llamados delitos. Son causas sociales, fisiológicas y físicas. Empezaré por las últimas. Son las menos conocidas, pero su influencia es indiscutible.
Causas físicas.

Si vemos que un amigo hecha al correo una carta olvidándose poner la dirección, decimos que es un accidente, que es algo imprevisto. Estos accidentes, estos acontecimientos inesperados, se producen en las sociedades humanas con la misma regularidad que los que pueden prevenirse. El número de cartas sin dirección que se envían por correo continúa siendo notable año tras año. Este número puede variar de un año tras otro, pero muy levemente. Aquí tenemos un factor tan caprichoso como la distracción. Sin embargo, este factor está sometido a leyes igual de rigurosas que las que gobiernan los movimientos de los planetas.

Y lo mismo sucede con el número de delitos que se cometen al año. Con las estadísticas de años anteriores en la mano, cualquiera puede predecir con antelación, con sorprendente exactitud, el número aproximado de asesinatos que se cometerán en el curso del año en cada país europeo.

La influencia de las causas físicas sobre nuestras acciones aun no ha sido, ni mucho menos, plenamente estudiada. Se sabe, sin embargo, que predominan los actos de violencia en el verano, mientras que en el invierno adquieren prioridad los actos contra la propiedad. Si examinamos los gráficos obtenidos por el profesor Enrico Ferri y observamos que el gráfico de actos de violencia sube y baja con el de temperatura, nos impresiona profundamente la similitud de los dos y comprendemos hasta que punto el hombre es una máquina. El hombre que tanto se afana de su voluntad libre, depende de la temperatura, los vientos y las lluvias tantos como cualquier otro organismo. ¿Quién pondrá en duda estas influencias? Cuando el tiempo es bueno y es buena la cosecha, y cuando los hombres se sienten a gusto, es mucho menos probable que de pequeñas disputas resulten puñaladas. Si el tiempo es malo y la cosecha pobre, los hombres se vuelven irritables y sus disputas adquieren carácter mas violento.

Causas fisiológicas.

Las causas fisiológicas, las que dependen de la estructura del cerebro, órganos digestivos y sistema nervioso, son sin duda más importantes que las causas físicas. La influencia de capacidades heredadas, así como de la estructura física sobre nuestros actos, han sido objeto de tan profunda investigación que podemos formarnos una idea bastante correcta de su importancia.

Cuando Cesare Lombroso afirma que la mayoría de los que habitan nuestras cárceles tienen algún defecto en su estructura cerebral, podemos aceptar tal afirmación siempre que comparemos los cerebros de los que mueren en prisión con los de quienes mueren fuera en condiciones de vida generalmente malas. Cuando demuestra que los asesinatos más brutales los cometen individuos que tienen algún defecto mental grave, aceptamos lo que dice si tal afirmación la confirman los hechos. Pero cuando Lombroso declara que la sociedad tiene derecho a tomar medidas contra los deficientes, no aceptamos seguirle. La sociedad no tiene derecho a exterminar al que tenga el cerebro enfermo. Admitimos que muchos de los que cometen estos actos atroces son casi idiotas. Pero no todos los idiotas se hacen asesinos.

En muchas familias, tanto en los manicomios, como en los palacios, hay idiotas con los mismos rasgos que Lombroso considera característicos del «loco criminal». La única diferencia entre ellos y los que van al patíbulo es el medio en que viven. Las enfermedades cerebrales pueden ciertamente estimular el desarrollo de las tendencias asesinas, pero no es algo inevitable. Todo depende de las circunstancias de quien sufra la enfermedad mental.

Toda persona inteligente podrá ver, por los datos acumulados, que la mayoría de los individuos a los que se trata hoy como delincuentes son hombres que padecen alguna enfermedad, y a quienes en consecuencia, es necesario curar lo mejor posible en vez de enviarlos a la cárcel, donde su enfermedad sólo puede agravarse.

Si nos sometiésemos todos a un riguroso análisis, veríamos que a veces pasan por nuestra mente, rápidos como centellas, los gérmenes de ideas que son los fundamentos de las malas acciones. Rechazamos estas ideas, pero si hubiesen hallado un eco favorable en nuestras circunstancias o si otros sentimientos, como el amor, la piedad o la fraternidad, no hubiesen contrarrestado estas chispas de pensamientos egoístas y brutales, habrían acabado llevándonos a una mala acción. En suma, las causas fisiológicas juegan un papel importante en arrastrar a los hombres a la cárcel, pero no son las causas de la «criminalidad» propiamente dicha. Estas afecciones de la mente, el sistema cerebro- espinal, etc., podemos verlas en estado incipiente en todos nosotros. La inmensa mayoría padecemos alguno de esos males. Pero no llevan a la persona a cometer un acto antisocial a menos que circunstancias externas les den una inclinación mórbida.

Causas sociales.

Si las causas físicas tienen tan vigorosa influencia en nuestras acciones, si nuestra fisiología es tan a menudo causa de los actos antisociales que cometemos, ¡cuanto más poderosas son las causas sociales! Las mentes más avanzadas e inteligentes de nuestra época proclaman que es la sociedad en su conjunto la responsable de los actos antisociales que se cometen en ella. Igual que participamos de la gloria de nuestros héroes y genios, compartimos los actos de nuestros asesinos.

Nosotros les hicimos lo que son, a unos y otros.

Año tras año crecen miles de niños en medio de la basura moral y material de nuestras grandes ciudades, entre una población desmoralizada por una vida mísera. Estos niños no conocen un verdadero hogar. Su casa es una choza mugrienta hoy y las calles mañana.

Crecen sin salida decente para sus jóvenes energías. Cuando vemos a la población infantil de las grandes ciudades crecer de ese modo, no podemos evitar asombrarnos de que tan pocos de ellos se conviertan en salteadores de caminos y en asesinos. Lo que me sorprende es la profundidad de los sentimientos sociales entre el género humano, la cálida fraternidad que se desarrolla hasta en los barrios peores. Sin ella, el número de los que declarasen guerra abierta a la sociedad sería aun mayor. Sin esta amistad, esta aversión a la violencia no quedaría en pie ninguno de nuestros suntuosos palacios urbanos.

Y al otro lado de la escala, ¿qué ve el niño que crece en las calles? Lujo, estúpido e insensato, tiendas elegantes, material de lectura dedicado a exhibir la riqueza, ese culto al dinero que crea la sed de riqueza, el deseo de vivir a expensas de otros. El lema es:

«Hazte rico. Destruye cuanto se interponga en tu camino y hazlo por cualquier medio, salvo los que puedan llevarte a la cárcel». Se desprecia hasta tal punto el trabajo manual, que nuestras clases dominantes prefieren dedicarse a la gimnasia que manejar la sierra o la azada. Una mano callosa se considera signo de inferioridad y un vestido de seda, de superioridad.

La sociedad misma crea diariamente estos individuos incapaces de llevar una vida de trabajo honesto y llenos de impulsos antisociales. Les glorifica cuando sus delitos se ven coronados del éxito financiero. Les envía a la cárcel cuando no tiene «éxito». No servirán ya de nada cárceles, verdugos y jueces cuando la revolución social haya cambiado por completo las relaciones entre capital y trabajo, cuando no haya ociosos, cuando todos puedan trabajar según su inclinación por el bien común, cuando se enseñé a todos los niños a trabajar con sus propias manos al mismo tiempo que su inteligencia y su espíritu, al ser cultivados adecuadamente, alcanzan un desarrollo normal.

El hombre es resultado del medio en que se cría y en que pasa su vida. Si se le acostumbra a trabajar desde la niñez, a considerarse parte del conjunto social, a comprender que no puede hacer daño a otros sin sentir al fin él mismo las consecuencias, habrá pocas infracciones de las leyes morales. Las dos terceras partes de los actos que hoy se condenan cómo delitos, son actos contra la propiedad.

Desaparecerán con la propiedad privada. En cuanto a los actos de violencia contra las personas, disminuyen ya proporcionalmente al aumento del sentido social y desaparecerán cuando ataquemos las causas en vez de los efectos.

11. ¿Cómo curar a los infractores?

Hasta hoy, las instituciones penales, tan caras a los abogados, han sido un compromiso entre la idea bíblica de venganza, la creencia medieval en el dominio, la idea del poder del terror de los abogados modernos y la de la prevención del crimen por medio del castigo.

No deben construirse manicomios para subsistir a las cárceles. Nada más lejos de mi pensamiento, que idea tan execrable. El manicomio es siempre cárcel. Lejos también de mi pensamiento esa idea, que los filántropos airean de cuando en cuando, de que debe ponerse la cárcel en manos de médicos y maestros. Lo que los presos no han hallado hoy en la sociedad es una mano auxiliadora, sencilla y amistosa, que les ayude desde la niñez a desarrollar las facultades superiores de su inteligencia y su espíritu; facultades estas cuyo desarrollo natural han obstaculizado o un defecto orgánico o las malas condiciones sociales a que somete la propia sociedad a millones de seres humanos. Pero si carecen de la posibilidad de elegir sus acciones, los individuos privados de su libertad no pueden ejercitar estas libertades superiores de la inteligencia y el corazón.

La cárcel de los médicos, el manicomio, sería mucho peor que nuestras cárceles presentes. Sólo dos correctivos pueden aplicarse a esas enfermedades del organismo humano que conducen al llamado delito: fraternidad humana y libertad. No hay duda de que en toda sociedad, por muy bien organizada que esté, aparecerán individuos que se dejen arrastrar fácilmente por las pasiones y que pueden cometer de cuando en cuando hechos antisociales.

Pero para impedir esto es necesario dar a sus pasiones una dirección sana, otra salida.

Vivimos hoy demasiado aislados. La propiedad privada nos ha llevado al individualismo egoísta en todas nuestras relaciones mutuas. Nos conocemos muy poco unos a otros; los puntos de contacto son demasiado escasos. Pero hemos visto en la historia ejemplos de vida comunal mucho más integrada: la «familia compuesta» en China, las comunas agrarias, por ejemplo.

Estas gentes si se conocen entre sí. Las circunstancias las fuerzan a ayudarse recíprocamente en un sentido material y moral. La vida familiar, basada en la comunidad primigenia, ha desaparecido. Ocupará su lugar una nueva familia, basada en la comunidad de aspiraciones. En esta familia, los individuos se verán forzados a conocerse mutuamente, a ayudarse entre sí y a apoyarse unos en otros moralmente en toda ocasión. Y esta colaboración mutua impedirá el gran número de actos antisociales que vemos hoy.

Se dirá, sin embargo, que habrá siempre algunos individuos, los enfermos, si queréis llamarles así, que serán un peligro para la sociedad. ¿No será necesario, pues, liberarnos de ellos, o impedir al menos que hagan daño a otros? Ninguna sociedad, por muy poco inteligente que sea, necesitará recurrir a una solución tan absurda, y ello tiene un motivo. Antiguamente se consideraba a los locos posesos de demonios y se les trataba en consecuencia.

Les mantenían presos en sitios como establos, encadenados a la pared como animales peligrosos. Luego Pinel, hombre de la gran revolución se atrevió a eliminar aquellas cadenas y probó a tratarles como hermanos. «Te devorarán», gritaron los guardianes. Pero Pinel no tuvo miedo. Aquellos a quienes se consideraba bestias salvajes se reunieron alrededor de Pinel y demostraron con su actitud que él tenía razón al creer en el mejor aspecto de la naturaleza humana, aun cuando la enfermedad nublase la inteligencia. Y ganó la causa. Se dejo de encadenar a los locos.

Luego, los campesinos del pueblecito belga de Gheel encontraron algo mejor. Dijeron:

«Mandadnos vuestros locos. Nosotros les daremos libertad total». Les adoptaron en sus familias, les dieron un sitio en sus mesas, oportunidad de cultivar con ellos sus campos y un puesto entre sus jóvenes en bailes y fiestas. «Comed, bebed y bailad con nosotros. Trabajad y corred por el campo y sed libres.» Este era el sistema, esta era toda la ciencia que sabían los campesinos belgas. (Hablo de los primeros tiempos. Hoy el tratamiento de los locos en Gheel se ha convertido en profesión y, siendo profesión y persiguiendo el lucro, ¿qué significado puede poseer?) Y la libertad obró un milagro. Los locos se curaron. Incluso los que tenían lesiones orgánicas incurables se convirtieron en miembros dóciles y tratables de la familia, como el resto. La mente enferma podía seguir trabajando de un modo anormal pero el corazón estaba en su sitio. Se proclamó el hecho como un milagro. Se atribuyeron estos notables cambios a la acción milagrosa de santos y vírgenes. Pero la virgen era la libertad y el santo, trabajo en el campo y trato fraternal. En uno de los extremos del inmenso «espacio que media entre enfermedad mental y delito» del que Maudsley habla, la libertad y el trato fraternal obraron su milagro.

También lo obrarán por el otro extremo.

12. Conclusión.

La cárcel no impide que se produzcan actos antisociales. Multiplica su número. No mejora a los que pasan tras sus muros. Por mucho que se reforme, las cárceles seguirán siendo siempre lugares de represión, medios artificiales, como los monasterios, que harán al preso cada vez menos apto para vivir en comunidad. No logran sus fines.

Degradan la sociedad. Deben desaparecer. Son supervivencia de barbarie mezclada con filantropía jesuítica.

El primer deber del revolucionario será abolir las cárceles: esos monumentos de la hipocresía humana y de la cobardía. No hay porque temer actos antisociales en un mundo de iguales, entre gente libre, con una educación sana y el hábito de la ayuda mutua. La mayoría de estos actos ya no tendrían razón de ser. Los restantes serían sofocados en origen.

En cuanto a aquellos individuos de malas tendencias que nos legará la sociedad actual tras la revolución, será tarea nuestra impedir que ejerciten tales tendencias. Esto se logrará ya muy eficazmente mediante la solidaridad de todos los miembros de la comunidad contra tales agresores. Si no lo lográsemos en todos los casos, el único correctivo práctico seguiría siendo tratamiento fraternal y apoyo moral.

No es esto una utopía. Se ha hecho ya con individuos aislados y se convertirá en práctica general. Y estos medios serán mucho más poderosos para proteger a la sociedad de actos antisociales que el sistema actual de castigo que es fuente constante de nuevos delitos.

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