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Ni demócratas, ni dictadores: Anarquistas, Acracia

Acracia = no poder , contra todo poder (del griego α-, a “no”, y κράτος, kratos “poder”)

Ni demócratas, ni dictadores:

Anarquistas

Anarquista es, por definición, aquél que no quiere estar oprimido y no quiere ser opresor; aquél que quiere el máximo bienestar, la máxima libertad, el máximo desarrollo posible para todos los seres humanos.

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Errico Malatesta

Teóricamente, ‘democracia’ significa gobierno del pueblo; gobierno de todos para todos mediante los esfuerzos de todos. En una democracia el pueblo deben poder decir lo que desee, nominar a los ejecutores de sus deseos, monitorear su actuar y removerlos cuando sea adecuado.

Naturalmente esto presume que todos los individuos que componen un pueblo tienen la capacidad de formar una opinión y expresarla respecto a todos los temas que les interese. Implica que todos son política y económicamente independientes y por lo tanto nadie, para vivir, estaría obligado a someterse a la voluntad de otros.

Si existen clases e individuos que son privados de los medios de producción y por ende dependientes de otros con el monopolio sobre esos medios, el así llamado sistema democrático puede solamente ser una mentira, que sirve para engañar a las masas del pueblo y mantenerlas dóciles con un aspecto externo de soberanía, mientras el gobierno de la clase privilegiada y dominante está de hecho siendo salvaguardado y consolidado. Tal es la democracia y tal ha sido siempre en la estructura capitalista, sea la forme que tome, desde la monarquía constitucional hasta el así llamado gobierno directo.

No podría existir una cosa llamada democracia, un gobierno del pueblo, más que en un régimen socialista, cuando los medios de producción y de vida están socializados y el derecho de todos a intervenir en los asuntos públicos corrientes se basa y se garantiza en la independencia económica de cada persona. En este caso parecería que el sistema democrático fuese el más capaz de garantizar la justicia y de armonizar la independencia individual con las necesidades de la vida en sociedad. Y así les parecía, más o menos claro, a aquellos que, en la era de los monarcas absolutos, lucharon, sufrieron y murieron por la libertad.

Pero el hecho es que, mirando las cosas como realmente son, el gobierno de todo el pueblo resulta ser una imposibilidad, debido al hecho de que los individuos que conforman el pueblo tienen opiniones y deseos diferentes y nunca, o casi nunca ocurre, que en algún asunto o problema puedan todos estar de acuerdo. Por lo tanto el ‘gobierno de todo el pueblo’, se hemos de tener gobierno, puede como mucho ser solo el gobierno de la mayoría. Y los demócratas, ya sean socialistas o no, están dispuestos a concordar. Añaden, es cierto, que se deben respetar los derechos de las minorías; pero ya que es la mayoría la que decide cuáles son estos derechos, resulta que las minorías solo tienen el derecho a hacer lo que la mayoría quiere y permite. El único límite a la voluntad de la mayoría sería la resistencia, y esto lo saben las minorías y pueden levantarla. Esto significa que siempre habría una lucha social, en la que una parte de los miembros, bien sea la mayoría, tiene el derecho a imponer su propia voluntad sobre los demás, enyugando los esfuerzos de todos para sus propios fines.

Y aquí haría un alto para mostrar cómo, en base al razonamiento respaldado por la evidencia de los eventos pasados y presentes, ni siquiera es verdad que donde hay gobierno, llámese autoridad, aquella autoridad resida en la mayoría y cómo en realidad toda ‘democracia’ ha sido, es y debe ser nada menos que una ‘oligarquía’ — un gobierno de los pocos, una dictadura.

Pero, para propósitos de este artículo, prefiero vagar por el lado de los demócratas y asumir que pueda realmente haber un verdadero y sincero gobierno de la mayoría.

Gobierno significa el derecho de hacer la ley y de imponerla sobre todos por la fuerza: sin una fuerza policial no hay gobierno.

Ahora, ¿puede una sociedad vivir y progresar pacíficamente para el bien mayor de todos, puede adaptarse gradualmente a las circunstancias siempre cambiantes si la mayoría tiene el derecho y los medios para imponer su voluntad por la fuerza sobre las minorías recalcitrantes?

La mayoría es, por definición, retrógrada, conservadora, enemiga de lo nuevo, aletargada de pensamiento y acción y al mismo tiempo impulsiva, inmoderada, sugestionable, simplista en sus entusiasmos e irracionales temores. Toda nueva idea brota de uno o unos pocos individuos, es aceptada, si es viable, por una minoría más o menos cuantiosa y conquista a la mayoría, si es que ocurre, solo después de haber sido sustituida por nuevas ideas y nuevas necesidades y ya se ha vuelto obsoleta y quizás un obstáculo, en vez de un estímulo al progreso.

Pero ¿queremos, entonces, un gobierno de la minoría?

Ciertamente no. Si es injusto y dañino que una mayoría oprima minorías y obstruya el progreso, es aún más injusto y dañino que una minoría oprima a toda la población o imponga sus propias ideas por la fuerza, las que aún si son buenas excitarían repugnancia y oposición por el hecho de ser impuestas.

Y luego, no debemos olvidar que existe todo tipo de minorías distintas. Hay minorías de egoístas y villanos como las hay de fanáticos que se creen poseedores de la verdad absoluta y, en perfecta buena fe, buscan imponer a los demás lo que ellos sostienen que es la única vía a la salvación, aún si es una simple estupidez. Hay minorías de reaccionarios que buscan darle la espalda al reloj y están divididos respecto a los caminos y límites de la reacción. Y hay minorías de revolucionarios, también divididos respecto a los medios y fines de la revolución y sobre la dirección que el progreso social ha de tomar.

¿Qué minoría debiese asumir?

Este es un asunto de fuerza bruta y capacidad para la intriga, y las probabilidades de que el éxito caiga a la más sincera y más devota al bien general no son favorables. Para conquistar el poder se requieren cualidades que no son exactamente aquellas que se requieren para asegurar que la justicia y el bienestar triunfen en el mundo.

Pero he de continuar dando a los demás el beneficio de la duda y asumir que una minoría llegase al poder y que, entre aquellas que aspiran al gobierno, yo considerara la mejor por sus ideas y propuestas. Quiero asumir que los socialistas llegaran al poder y añadiría, también los anarquistas, si no se me previene por una contradicción en los términos.

¿Sería esto el peor escenario de todos?

Sí, para obtener el poder, ya sea legalmente o ilegalmente, se requiere haber dejado en el camino gran parte del propio bagaje ideológico y haberse desecho de todos los escrúpulos morales. Y luego, una vez en el poder, el gran problema es cómo permanecer ahí. Se requiere crear un interés compartido en el nuevo estado de las cosas y adjuntar a aquellos en el gobierno a una nueva clase privilegiada, y suprimir todo tipo de oposición mediante todos los medios posibles. Quizás en nombre del interés nacional, pero siempre con resultados destructores de la libertad.

Un gobierno establecido, fundado sobre el pasivo consenso de la mayoría y fuerte en números, en tradición y en el sentimiento —a veces sincero— de estar en lo cierto, puede dar algo de espacio a la libertad, al menos por tanto como las clases privilegiadas no se sientan amenazadas. Un nuevo gobierno, que dependa del apoyo solamente de una a menudo escasa minoría, está obligada por necesidad a ser tiránica.

Se requiere solamente pensar qué hicieron los socialistas y comunistas cuando llegaron al poder, o bien traicionando sus principios y a sus camaradas o enarbolando colores en nombre del socialismo y el comunismo.

Es por esto que no estamos ni por el gobierno de una mayoría ni por el de una minoría; ni por la democracia ni por la dictadura.

Estamos por la abolición del gendarme. Estamos por la libertad de todos y para el libre acuerdo, que estará ahí para todos cuando nadie tenga los medios para forzar a otros, y todos estén involucrados en el buen concurso de la sociedad. Estamos por la anarquía.

 Ni democracia directa
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Sobre la democracia directa

Creemos que sería positiva una pequeña reflexión acerca de la utilización del término “democracia directa” como equivalente de Anarquía en lo que respecta a la armonización de intereses y medio para la organización de la vida en sociedad. La razón fundamental es que a nosotres nos parece que desde nuestros Grupos tendríamos que evitar en lo posible la utilización de términos tan ambiguos como éste y que sirven para aumentar la confusión y dar lugar a malas interpretaciones. Con frecuencia observamos como es común en ambientes libertarios la utilización de estos términos (democracia directa y organización anarquista) como sinónimos, cosa que a nosotres nos resulta como mínimo poco acertada. Lo que viene en llamarse democracia directa supondría, a nuestro entender, la participación del individuo sin intermediaries en la toma de decisiones, ocupándose el misme, y de manera conjunta al resto de la comunidad, de la organización y resolución de los problemas que a ésta le surjan. Hasta aquí no podemos sino estar de acuerdo. El problema surge cuando, avanzando en lo que este término conlleva: “democracia” presupone una forma de tomar y ejecutar decisiones. Democracia es un término de origen griego formada por dos raíces como son “demos” (pueblo) y “cratos” (poder). En este sentido, democracia, o poder del pueblo, por muy directa que ésta sea, no puede ser aplicada en la práctica de la toma colectiva de decisiones, al margen de cualquier imposición. Creemos que esto es así puesto que cualquier forma de Poder lleva siempre consigo la imposición o un mínimo de condiciones que hacen que ésta sea posible. En una sociedad organizada bajo tal “democracia directa”, ¿quién establecería quiénes forman y no parte de ese “pueblo” que ejerce el Poder cuando existiese en la comunidad una divergencia de intereses que no pudiese resolverse por medio de la discusión?, ¿sería entonces “pueblo” quien estuviese en mayoría?, ¿dejarían de considerarse inmediatamente como “pueblo” para no ser nada a quienes integrasen la minoría? Partiendo de nuestra forma de entender el federalismo libertario, a nosotres nos parece que la organización de la vida en sociedad no puede caer en el simplismo del juego de mayorías y minorías, sino tener como base el libre acuerdo y la libre federación entre las personas. Es decir, huir de imposiciones y respetar la libertad tanto de quienes estén en mayoría como de quienes se encuentren en minoría. Es verdad que, puestos en el caso, sería difícil que se llegase a tales extremos de divergencia en los intereses, pero tampoco podemos pasar por alto que ello no se escapa de lo posible. La cuestión estaría en que lo que la mayoría de la asamblea decidiese no pudiese nunca imponerse a quienes estén en minoría, dejándoles a éstes el camino libre para avanzar en otras posturas o simplemente no participar en algo con lo que no están de acuerdo. Resulta paradójico, pero para nosotres, eso que algunes vienen en llamar “Poder del pueblo” (democracia): no podría ser más que la destrucción de cualquier forma de Poder, que la destrucción del Poder mismo; ya que el “pueblo” no es un ente desvinculado de las personas que lo conforman, sino que son estas personas o individualidades quienes tienen que tener potestad para decidir sobre lo que afecte a sus vidas de manera conjunta con el resto de la comunidad y es esto, la libertad de decisión partiendo de la individualidad, lo que hace posible que las decisiones que afectan a lo colectivo se tomen realmente en libertad. Sería este principio lo que garantizaría que eso dado en llamar “pueblo”, como conjunto de individuos, fuese libre. Esto, en nuestra opinión, no tiene nada que ver con ninguna clase de Poder, sino con el respeto y la armonización de las voluntades e intereses de los individuos que conforman la comunidad. También se observa la similitud a nivel semántico entre “Democracia” y “Poder obrero”, pues en el contexto posterior a una hipotética Revolución Social que aboliese los privilegios de la burguesía y de sus guardianes, siendo entonces las personas en condiciones de ellos trabajadoras, “Poder obrero” y “Democracia” serían términos equivalentes (si se acabase con la división de clases, poco sentido tendría hablar del Poder de una de ellas). Nosotres ya sabemos lo que esconde tras de sí el “Poder obrero”, que no es más que el vacío ejercicio de fe que sustenta la desviación de la voluntad de las personas en privilegio de una nueva casta o clase dominante a la manera de las burocracias bolcheviques. Y creemos que, si bien eso de la “democracia directa” seguramente no sirve intencionadamente a los intereses de la tiranía de ningún partido o vanguardia revolucionaria, sí que deja los resquicios suficientes para mantener imposiciones y esconder dictaduras apoyadas en la ley del número. Nosotres no luchamos porque sean más o menos les que impongan sus intereses sobre otres; nosotres luchamos contra la imposición misma en todo lo que respecta a la organización colectiva de la vida en sociedad. No podemos confundir el libre acuerdo entre las personas en virtud de sus intereses comunes (y hacer o dejarlo de hacer según y cuando cada cual convenga) con ninguna clase de “Poder popular”. No necesitamos de la existencia de ningún Poder (por muy del pueblo que éste sea) que ratifique lo que nosotres mismes decidamos. Y es que, ante términos tan ambiguos como el de “democracia directa”, parece que estamos hablando más de un mito religioso en el que hay que creer y confiar porque sí, que de lo que sería la práctica palpable y cotidiana de la vida en sociedad. Si luchamos contra la imposición de la voluntad de unes sobre otres y por ser nosotres mismes, todes y cada une, quienes decidamos; ¿de qué sirve darle a esto nombres que no respetan realmente lo que queremos decir? Nosotres no luchamos por el Poder de nada ni de nadie; ni del “pueblo”, ni de la “clase obrera”, ni de les anarquistas; sino que luchamos por organizar libremente nuestras vidas. Si resulta absurdo hablar de Poder anarquista, ¿por qué nosotres mismes utilizamos “democracia” (una palabra que no puede desvincularse nunca de “Poder”) para referirnos a un pueblo organizado partiendo de principios anarquistas o libertarios? Creemos que esa no es ni mucho menos la manera más acertada para explicar a la gente de manera clara lo que el anarquismo supone, y creemos que daría lugar a la confusión la utilización de otros términos más claros y menos sujetos a una interpretación que a nosotres nos parece equivocada. Esperamos que estas reflexiones abiertas en todo momento a la discusión (pues todes podemos equivocarnos) sirvan para aclarar un poco más nuestras posturas.
Grupo Alma Negra F.I.J.L. Xixón Extraído de “Jake Libertario”, nº 17