¿Puede ayudarte la Iglesia?

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El rico y el poderoso siempre te han engañado mediante «la voluntad de Dios», con la ayuda de la Iglesia.

¿Pero tiene esto que permanecer siempre así? En los antiguos tiempos, cuando la gente era esclava de algún tirano, de un zar o de otro autócrata, la Iglesia (de cualquier religión o denominación) enseñaba que la esclavitud existía por «la voluntad de Dios», que era buena y necesaria, que no podía ser de otra manera y que cualquiera que estuviera contra ella estaría contra la voluntad de Dios y era un hombre descreído, un hereje, un blasfemo y un pecador.

La escuela enseñaba que esto era bueno y justo, que el tirano gobernaba «por la gracia de Dios», que su autoridad no podía ser cuestionada, y que había que servirle y obedecerle.

El pueblo lo creía y permanecía esclavo. Pero poco a poco surgieron algunos hombres que llegaron a ver que la esclavitud era mala, que no era justo que un hombre estuviera sometido a todo un pueblo y fuera señor y amo de sus vidas y de sus trabajos. Y fueron al pueblo y le dijeron lo que pensaban.

Entonces el gobierno del tirano se lanzó sobre esos hombres. Se les acusó de quebrantar la ley del país, se les llamó alborotadores de la paz pública, criminales y enemigos del pueblo. Los mataron y la Iglesia y la escuela dijeron que era correcto, que merecían la muerte como rebeldes contra las leyes de Dios y del hombre. Y los esclavos lo creyeron.

Pero no se puede suprimir la verdad para siempre. Gradualmente cada vez vinieron más personas a descubrir que los «agitadores» que habían matado llevaban razón. Llegaron a comprender que la esclavitud era injusta y mala para ellos y su número creció continuamente. El tirano dio leyes severas para suprimirlos; su gobierno hizo todo lo posible para detenerlos y para detener sus «designios malvados». La Iglesia y la escuela denunció a esos hombres. Fueron perseguidos y acosados y ejecutados a la manera de aquellos días.

Algunas veces los ponían en una gran cruz y los clavaban a ella, o les cortaban sus cabezas con un hacha. Otras veces eran estrangulados, quemados en un poste, descuartizados o atados a caballos y desgarrados lentamente.

Esto lo hizo la Iglesia y la escuela y la ley; con frecuencia incluso la multitud engañada, en diversos países, y en los museos actuales puedes ver todavía los instrumentos de tortura y de muerte que usaban para castigar a los que intentaban decir la verdad al pueblo.

Pero, a pesar de la tortura y de la muerte, a pesar de la ley y el gobierno, a pesar de la Iglesia y la escuela y la prensa, se abolió finalmente la esclavitud, aunque la gente había insistido en que «siempre fue así y que tiene que permanecer así».

Posteriormente, en los días de la servidumbre, cuando los nobles gobernaban sobre el pueblo ordinario, la Iglesia y la escuela estaban de nuevo de parte de los gobernantes y de los ricos. De nuevo amenazaban al pueblo con la ira divina si se atrevían a hacerse rebeldes y rehusaban obedecer a sus señores y gobernantes. De nuevo lanzaron sus maldiciones sobre las cabezas de los «perturbadores» y los herejes que se atrevían a desafiar la ley y que predicaban el evangelio de una mayor libertad y bienestar. De nuevo esos «enemigos del pueblo» fueron perseguidos, acosados y asesinados. Pero llegó el día en que la servidumbre fue abolida.

La servidumbre cedió su lugar al capitalismo con su esclavitud asalariada y de nuevo encuentras a la Iglesia y a la escuela al lado del amo y del gobernante. De nuevo truenan contra los «herejes», los descreídos que desean que el pueblo sea libre y feliz. De nuevo la Iglesia y la escuela te predicen «la voluntad de Dios»; el capitalismo es bueno y necesario, te dicen; tienes que ser obediente a tus amos, pues «es la voluntad de Dios» que haya ricos y pobres, y cualquiera que se opone a ello es un pecador, un inconformista, un anarquista.

Así, ves que la Iglesia y la escuela están todavía con los amos contra sus esclavos, exactamente igual que en el pasado. Como el leopardo, pueden cambiar sus manchas, pero nunca su naturaleza. Todavía se alinea la Iglesia y la escuela con el rico contra el pobre, con el poderoso contra sus víctimas, con «la ley y el orden» contra la libertad y justicia.

Ahora como antes, enseñan al pueblo a respetar y obedecer a sus amos. Cuando el tirano era un rey; la Iglesia y la escuela enseñaban el respeto por y la obediencia a «la ley y el orden» del rey. Cuando se abolió la realeza y se instituyó la república, la Iglesia y la escuela enseñan el respeto y la obediencia a «la ley y el orden» republicanos. ¡Obedecer! Ese es el grito eterno de la Iglesia y de la escuela, sin importarle lo vil que sea el tirano, sin importarle lo opresivos e injustos que sea «la ley y el orden».

¡Obedecer! Pues si tú dejaras de obedecer a la autoridad, podrías comenzar a pensar por ti mismo. Eso sería lo más peligroso para «la ley y el orden», la mayor desgracia para la Iglesia y la escuela. Pues entonces tú descubrirías que todo lo que ellos te han enseñado era mentira, y que solo lo hacían con el objetivo de mantenerte esclavizado, en la mente y en el cuerpo, de modo que tú continuaras trabajando y sufriendo y estando tranquilo.

Un despertar así por tu parte sería ciertamente la mayor calamidad para la Iglesia y para la escuela, para el Amo y el Gobernante.

Pero si has llegado así de lejos conmigo, si has comenzado ahora a pensar por ti mismo, si comprendes que el capitalismo te roba y que el gobierno con su «ley y orden» se encuentra ahí para ayudar a que te hagan eso, si te das cuenta que todas las agencias de la religión y de la educación institucionalizadas sirven tan sólo para engañarte y para mantenerte en la esclavitud, entonces te puedes sentir con razón ofendido y gritar: «¿No hay justicia en el mundo?».

¿Puede ayudarte la Iglesia?

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Tal ves tú eres un cristiano, o un miembro de alguna otra religión, judío, mormón, mahometano, budista, o cualquier otra cosa.

No constituye diferencia alguna. Un hombre debería ser libre para creer lo que le plazca. La cuestión está no en cuál es tu fe religiosa, sino en si la religión puede abolir los males que sufrimos.

Como dije antes, sólo tenemos una vida que vivir en esta tierra, y queremos hacerla lo mejor posible. No sabemos lo que nos ocurrirá después de muertos. Las posibilidades son que nunca lo sabremos y por ello no vale la pena preocuparse de eso.

La cuestión es aquí sobre la vida, no sobre la muerte. Nos estamos refiriendo a los vivos, a ti, a mí y a otros como nosotros. ¿Se puede hacer del mundo un ligar mejor donde podamos vivir? Esto es lo que deseamos saber. ¿Puede hacerlo la religión?

El cristianismo tiene aproximadamente dos mil años de antigüedad. ¿Ha abolido algún mal? ¿Ha suprimido el crimen y el asesinato? ¿Nos ha liberado de la pobreza y de la miseria, del despotismo y de la tiranía?

Sabes que no. sabes que la Iglesia cristiana, como todas las otras iglesias, ha estado siempre del lado de los amos, contra el pueblo. Más aún: la Iglesia ha causado peores contiendas y derramamientos de sangre que todas las guerras de los reyes y emperadores. La religión ha dividido a la humanidad en creencias opuestas, y han tenido lugar las guerras más sangrientas a causa de diferencias religiosas. La Iglesia ha perseguido a la gente por sus opiniones, los ha encarcelados y los ha matado. La inquisición católica aterrorizó a todo el mundo, torturó a los denominados herejes y los quemó vivos. Otras iglesias hicieron lo mismo cuando tenían el poder. Ellas siempre buscaron esclavizar y explotar al pueblo, mantenerlos en la ignorancia y en la oscuridad. Condenaron cualquier esfuerzo del hombre por desarrollar su mente, por avanzar, por mejorar su condición. Condenaron la ciencia y silenciaron a los hombres que tenían sed de conocimiento. Hasta este mismo día la religión institucionalizada es el Judas de su pretendido Salvador. Aprueba el asesinato y la guerra, la esclavitud asalariada y el robo capitalista, y siempre apoya «la ley y el orden» que crucificó al Nazareno.

Considera esto: Jesús deseaba que todos los hombres fueran hermanos, que vivieran en paz y en buena voluntad. La Iglesia sostiene la desigualdad, la disensión nacional y la guerra.

El Nazareno nació en un pesebre y permaneció pobre toda su vida. Sus pretendidos representantes y portavoces sobre la tierra viven en palacios.

Jesús predicó la mansedumbre. Los príncipes de la Iglesia son altaneros e hinchados por la riqueza.

«Lo mismo hicierais con el último de mis hermanos», dijo Cristo, «conmigo lo hacéis». La Iglesia sostiene el sistema capitalista que esclaviza a los niños pequeños y los lleva a una muerte prematura.

«No, matarás», ordenó el Nazareno. La Iglesia aprueba las ejecuciones y la guerra.

El cristianismo es la mayor hipocresía que se recuerda. Ni las naciones cristianas ni los individuos cristianos practican los preceptos de Jesús. Los primeros cristianos lo hicieron y fueron crucificados, quemados en el poste o arrojados a las fieras en el circo romano. Luego la Iglesia cristiana pactó con los que estaban en el poder, ganó dinero e influjo al ponerse al lado de los tiranos y contra del pueblo. Sancionó todo lo que Cristo condenó y con esto se ganó la buena voluntad y el apoyo de los reyes y los amos. Actualmente el rey, el amo y el sacerdote forman una trinidad. Ellos crucifican a Jesús a diario, ellos lo glorifican con unos oficios religiosos meramente de palabra y lo traicionan por algunas monedas de plata, ellos alaban su nombre y matan su espíritu.

Es obvio que el cristianismo es la mayor impostura y vergüenza de la humanidad y un completo fracaso, porque la apelación cristiana es una mentira. Las iglesias no practican lo que ellas predican. Además, te predican un evangelio que ellas saben que no puedes vivir de acuerdo con él; te exhortan a convertirte en un «hombre mejor», sin darte la posibilidad de hacer eso. Al contrario, las iglesias mantienen las condiciones que te hacen «malo», mientras que ellas te ordenan que seas «bueno». Se benefician materialmente del régimen existente y están interesadas financieramente en su mantenimiento. La Iglesia católica, la protestante, la anglicana, la ciencia cristiana, los mormones y otras denominaciones se encuentran entre las organizaciones más ricas del mundo en la actualidad. Sus posesiones representan la carne y la sangre de los trabajadores. Su influjo es una prueba de cómo es engañado el pueblo. Los profetas de la religión están muertos y olvidados; permanecen tan sólo las ganancias.

«Pero si lleváramos una vida verdaderamente cristiana», observas, «el mundo sería diferente».

Tienen razón, amigo mío. ¿Pero puedes vivir una vida cristiana bajo las condiciones presentes? ¿Permite el capitalismo que la vivas? ¿Te dará incluso la Iglesia una posibilidad de vivir una vida cristiana?

Inténtalo precisamente durante un solo día y verás lo que ocurre.

Cuando salgas de casa por la mañana, decídete a ser un cristiano ese día y hablar tan sólo la verdad. Cuando pases al lado del policía que está en la esquina, recuérdale a Cristo y sus mandamientos. Dile que «ame a su enemigo como a sí mismo y persuádele a que tire su porra y su pistola»

Y cuando encuentres a un soldado por la calle, incúlcale que Jesús dijo «No matarás».

En tu tienda u oficina dile la completa verdad a tu empresario. Dile el aviso del Nazareno: «¿De qué te servirá ganar todo el mundo si pierdes tu alma y su salvación?» Menciónale que él manda que compartamos hasta el último trozo de pan con el pobre, que él dijo que el rico no tiene más posibilidad de entrar en el cielo que el camello la tiene de pasar por el ojo de una aguja.

Y cuando seas llevado al tribunal por perturbar la paz de los buenos cristianos; recuérdale al juez: «No juzguéis y no seréis juzgados».

Te declararán loco o enajenado y te enviarán a un manicomio o a la cárcel.

Puedes ver entonces qué enorme hipocresía es que el piloto celestial te predique la vida cristiana. Él sabe tan bien como tú que bajo el capitalismo y el gobierno no hay más posibilidad de llevar una vida cristiana que para el camello «pasar por el ojo de una aguja». Toda esa buena gente que pretenden ser cristianos son precisamente hipócritas que predican lo que no se puede practicar, pues ellos no te dan oportunidad alguna de llevar una vida cristiana. No, ni siquiera la oportunidad de llevar una vida decente y honrada, sin impostura y engaño, sin pretensiones y mentiras.

Es verdad que si pudiéramos los preceptos del Nazareno, este sería un mundo diferente para vivir en él. No habría entonces ni asesinatos ni guerra, ni engaño y mentira, ni hacer ganancias. No habría ni esclavo ni amo, y todos viviríamos como hermanos en paz y armonía. No habría pobre ni rico, ni crimen ni prisión, pero no habría lo que la Iglesia desea. Sería lo que desea el anarquista y lo que discutiremos más adelante.

De este modo, amigo mío, no tienes nada que esperar de la Iglesia cristiana o de ninguna otra Iglesia. Todo el progreso y las mejoras en el mundo se han llevado a cabo contra la voluntad y los deseos de la Iglesia. Puedes creer en la religión que te guste, pero no pongas ninguna esperanza de mejora social en la Iglesia.

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