Contra el reformismo y contra el político

El reformador y el político

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¿Quién es el reformador y qué propone?

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El reformador desea «reformar y mejorar». No está seguro qué es lo que él desea realmente cambiar; algunas veces dice que «el pueblo es malo» y es al pueblo al que desea «reformar»; otras veces él quiere decir «mejorar» las condiciones. No cree en la abolición completa del mal. Suprimir algo que está podrido es «demasiado radical» para él. «Por todos los santos», te previene, «no te precipites demasiado» quiere cambiar las cosas gradualmente; poco a poco. Considera la guerra, por ejemplo. El reformador admite, por supuesto, que la guerra es mala; es un asesinato al por mayor, una mancha sobre nuestra civilización. ¿Pero abolirla? ¡Oh no! Él quiere «reformarla». Quiere «limitar los armamentos»; por ejemplo. Con menos armamento, dice él, mataremos menos gente. Quiere «humanizar» la guerra, hacer la matanza más decente, por así decir.

Si tú pusieras en práctica sus ideas en tu vida personal, nunca te sacarían el diente podrido que te causa dolor. Te lo sacarían un poco hoy, otro poco la semana que viene, y así durante meses o años, y entonces estarías en condiciones de sacártelo del todo, de modo que así no te haría mucho daño. Esa es la lógica del reformador. «No te apresures demasiado», no te saques inmediatamente un diente malo.

El reformador piensa que puede mejorar a la gente mediante la ley, «aprueba una nueva ley», dice siempre que algo va mal; «obliga a los hombres a ser buenos».

Olvida que durante centenares e incluso millares de años, se han hecho leyes para forzar al pueblo a «ser bueno», y que, sin embargo, la naturaleza humana sigue siendo más o menos lo que siempre fue. Tenemos tantas leyes que incluso el abogado proverbial de Filadelfia se pierde en si laberinto. La persona ordinaria tampoco te puede decir qué es correcto e incorrecto de acuerdo con lo estatuido, qué es justo, qué es verdadero o falso. Una clase especial de personas, los jueces, deciden lo que es honesto o deshonesto, cuándo está permitido robar y de qué manera, cuándo el fraude es legal y cuándo no lo es, cuándo el asesinato es correcto y cuándo es un crimen, qué uniforme te da derecho a matar y cuál no. Se necesitan muchas leyes para determinar todo esto y durante cientos de años los legisladores han estado ocupados componiendo leyes (con un buen salario) e incluso actualmente necesitamos todavía más leyes, pues las otras leyes no han conseguido hacernos «buenos».

Sin embargo, el legislador continúa obligando a la gente a ser buena. Si las leyes existentes, dice, no te han hecho mejor, entonces necesitamos más leyes y unas leyes más estrictas. Unas condenas más fuertes disminuirán el crimen y serán un preventivo contra él —según pretende—, mientras que apela en favor de su «reforma» a los mismos hombres que le han robado al pueblo la tierra.

Si alguien ha matado a otro en una disputa de negocio, por dinero y otras ventajas, el reformador no admitirá que el dinero y el conseguir dinero suscite las peores pasiones y empuje a los hombres al crimen y al asesinato. Argüirá que quitarle voluntariamente la vida a otro merece la pena capital y ayudará directamente al gobierno a enviar hombres armados a algún país extranjero para efectuar una matanza en gran escala allí.

El reformador no puede pensar con franqueza. No entiende que si los hombres actúan con maldad es porque piensan que les trae cuenta actuar así. El reformador dice que una ley nueva cambiará todo eso. Él es un prohibicionista de nacimiento; desea prohibirles a los hombres que sean malos. Si, por ejemplo, un hombre ha perdido su empleo, se siente abatido por ello se emborracha para olvidar sus penas, el reformador no pensaría en ayudar al hombre a que encuentre trabajo. No; lo que hay que prohibir es la bebida, insiste él. Piensa que ha reformado sacándote del salón del bar y metiéndote en la celda, donde sigilosamente te entregas al sentimentalismo a la vil luz de la luna, en lugar de tomar abiertamente un trago. Del mismo modo, él desea reformarte en lo que tú comes y haces, en lo que piensas y sientes.

Rehúsa ver que sus «reformas» crean mayores males que los que se supone que van a suprimir; que causan más engaño, corrupción y vicio. Pone a un grupo de hombres para vigilar a otro, y piensa que ha «elevado el nivel de la moralidad»; pretende haberte hecho «mejor» al obligarte a ser un hipócrita.

No pretendo detenerte mucho tiempo con el reformador. Nos vamos a encontrar con él de nuevo como político. Sin deseo de ser grosero con él, puedo decir con franqueza que cuando el reformador es honesto es que está loco, cuando es un político es un bribón. En cualquiera de los dos casos, como lo veremos dentro de poco, él no puede resolver nuestro problema de cómo hacer el mundo un lugar mejor para vivir en él.

El político es el primo carnal del reformador. «Aprueba una nueva ley», dice el reformador, «y obliga a los hombres a que sean buenos». «Permítanme que yo haga aprobar la ley», dice el político, «y las cosas serán mejores».

Puedes conocer al político por su forma de hablar. En la mayoría de los casos es un chanchullero, que desea trepar sobre tus hombros hasta el poder, una vez ahí, el olvida sus promesas solemnes y piensa tan sólo en sus propias ambiciones e intereses.

Cuando el político es honesto, te desorienta no menos que el chanchullero, quizá peor, porque pones la confianza en él y te quedas completamente desengañado cuando no consigue hacerte bien alguno.

El reformador y el político se encuentran los dos en la vía falsa. Intentar cambiar a los hombres mediante las leyes es precisamente como intentar cambiar tu rostro recibiendo un nuevo espejo. Pues son los hombres los que hacen las leyes y no las leyes a los hombres. La ley meramente refleja a los hombres tal como son, lo mismo que el espejo refleja sus facciones.

«Pero la ley impide que la gente se convierta en criminales», aseguran el reformador y el político.

Si eso fuera verdad, si la ley impidiera realmente el crimen, entonces cuantas más leyes mejor. En la actualidad hemos aprobado tantas leyes que no habría más crimen. Bien, ¿por qué te ríes? Porque sabes que es absurdo. Sabes que lo más que puede hacer las leyes castigar el crimen; no puede impedirlo.

Si llegara un momento cuando la ley pudiera leer la mente de un hombre y detectar ahí su intención de cometer un crimen, entonces podría prevenirlo, pero en ese caso la ley no tendría a los policías para prevenir, porque ellos mismos habrían estado en la cárcel. Y si la administración de la ley fuera honesta e imparcial, no habría ni jueces ni legisladores, porque ellos se encontrarían en compañía de la policía.

Pero hablado seriamente, tal como son las cosas, ¿cómo puede la ley prevenir el crimen? Sólo lo puede hacer cuando se ha anunciado la intención de cometer un crimen o se ha conocido esa intención de laguna manera, pero esos casos son muy raros. Uno no advierte sus planes criminales, por tanto, la pretensión de que la ley previene el crimen es algo por completo carente de base.

«Pero el temor al castigo», objetas, «¿no impide eso el crimen?»

Si eso fuera así, hace mucho tiempo que se habría detenido el crimen, pues con toda seguridad la ley ha castigado suficientemente. Toda la experiencia de la humanidad desaprueba la idea de que el castigo impide el crimen. Al contrario, se ha descubierto que incluso los castigos más severos no asustan a la gente apartándola del crimen.

Inglaterra, lo mismo que otros países, solían castigar no sólo el asesinato sino toda una serie de delitos menores con la muerte. Sin embargo, esto no asustó a otros para que no cometieran los mismos crímenes. Entonces se ejecutaba a la gente en público, ahorcándoles, dándoles garrote, guillotinándolos, para inspirar mayor temor. Sin embargo, incluso es castigo más terrible no consiguió impedir o disminuir el crimen. Se descubrió que las ejecuciones públicas tenían un efecto embrutecedor sobre el pueblo, y existen casos constatados en los que personas que presenciaban una ejecución cometían inmediatamente el mismo crimen, cuyo terrible castigo acababan de presenciar. Por esto se abolió la ejecución pública; hacia más daño que bien. Las estadísticas muestran que no se han incrementado los crímenes en los países que han abolido por completo la pena de muerte.

Por supuesto puede haber algunos casos en los que el temor al castigo impida el crimen; pero en conjunto su único efecto es hacer al criminal más circunspecto, de modo que es más difícil su detención.

Existen, generalmente hablando, dos tipos de crímenes: uno cometido en el calor de la cólera y la pasión, y en tales casos uno no se detiene a considerar las consecuencias, y así el temor al castigo no interviene aquí como un factor. La otra clase de crimen se comete con deliberación fría, en la mayor parte de los casos profesionalmente, y en tales casos el temor al castigo sólo sirve para hacer al criminal más cuidadoso en no dejar huellas. Es un rasgo bien conocido del criminal profesional que él piensa ser lo suficientemente inteligente como para evitar que le detengan, sin que importe la frecuencia con la que de hecho lo cojan. Siempre echará la culpa a alguna circunstancia particular, alguna causa accidental, o a la «mala suerte» por haber sido arrestado. «La próxima vez tendré más cuidado», dice; o «no me fiaré más de mi compañero». Pero casi nunca encontrarás en él más débil pensamiento de abandonar el crimen a causa del castigo que pueda encontrar. He conocido a miles de criminales y; sin embargo, apenas alguno de ellos tuvo en consideración alguna vez el posible castigo.

Precisamente por e temor al castigo no tiene efecto alguno disuasivo, continúa el crimen a pesar de todas las leyes y tribunales, cárceles y ejecuciones.

Pero supongamos que el castigo tiene un efecto disuasivo. ¿No habrá algunas razones poderosas que causen que la gente cometa el crimen, a pesar de todo el extremado castigo infligido?

¿Cuáles son esas razones?

Cada guardia de cárcel te dirá que, siempre hay mucho para, tiempos duros, las prisiones se llenan. Este hecho es descuidado por la investigación en las causas del crimen. El porcentaje más elevado del crimen se debe directamente a las condiciones de vida, a las razones industriales y económicas. Por este motivo la inmensa mayoría de la población reclusa proviene de las clases pobres. Se ha establecido que la pobreza y el paro, con su criado la miseria y la desesperación, son las fuentes principales del crimen. ¿Hay alguna ley para impedir la pobreza y el desempleo?

¿Existe alguna ley para abolir estas causas principales del crimen? ¿No están trazadas todas las leyes para mantener las condiciones que producen la pobreza y la miseria, y producir así continuamente el crimen?

Supón que se rompe una cañería en tu casa. Pones un cubo debajo de la rotura para recoger el agua que se escapa. Puedes seguir poniendo cubos allí, pero mientras que no repares la cañería rota, continuará el escape, por mucho que te afanes con él.

Nuestras cárceles llenas son los cubos. Puedes aprobar tantas leyes como quieras, castigar a los criminales como puedas; el escape continuará hasta que repares la cañería social rota.

¿Desean el reformador o el político realmente reparar esa cañería?

He dicho que la mayoría de los crímenes son de una naturaleza económica. Es decir, tienen que ver con el dinero, con la posesión, con el deseo de conseguir algo con el menor esfuerzo, con asegurarse la vida o la riqueza de la manera que sea.

Pero esa es precisamente la ambición de nuestra vida entera, de nuestra civilización entera. Mientras que nuestra existencia esté basada en un espíritu de esa calaña, ¿será posible erradicar el crimen? Mientras que la sociedad esté edificada en el principio de apropiarse de todo lo que se pueda, tenemos que seguir viviendo de esa forma. Algunos intentarán hacer eso «dentro de la ley»; otros, más atrevidos, temerarios o desesperados, harán esto fuera de la ley. Pero unos y otros estarán haciendo realmente lo mismo, y es eso mismo lo que es el crimen, no la manera como lo haga.

Los que lo pueden hacer dentro de la ley denominan a los otros criminales. Para los criminales «ilegales», y para los que se pueden convertir en eso, se hace la mayoría de las leyes.

Con frecuencia se coge a los criminales «ilegales». Su condena y castigo depende principalmente del éxito que han tenido en su carrera criminal. Cuanto más éxito hayan tenido, menos probabilidades de condena, más ligero será su castigo. Lo que en último término decidirá su suerte no es el crimen que ellos han cometido, sino su habilidad para emplear abogados caros, sus conexiones políticas y sociales, su dinero e influjo. Por lo general serán el pobre y el individuo sin amigos el que sentirá todo el peso de la ley; él conseguirá una «justicia» rápida y el castigo más duro. El no es capaz de aprovecharse de las diversas dilataciones que concede la ley a sus compañeros criminales más ricos, pues las apelaciones a los tribunales superiores son lujos caros que no se puede permitir el criminal sin dinero. Por esta razón casi nunca ves a un rico detrás de los barrotes de una prisión; gente así en alguna ocasión «son declarados culpables», pero muy raramente castigados. Tampoco encontrarás a muchos criminales profesionales en la cárcel. Estos conocen «las cuerdas»; tienen amigos y conexiones; de ordinario tienen también «dinero perdido», precisamente para tales ocasiones, con el que «untan» su salida de las redes legales. A los que encuentras en nuestras prisiones y penitenciarias son a los más pobres de la sociedad, criminales accidentales, la mayoría de ellos hijos de obreros y campesinos a los que ha puesto tras los barrotes la pobreza y la desgracia, la huelga y el actuar en los piquetes de huelga, el paro y el desamparo general.

¿Son éstos al menos reformados por la ley y los castigos que sufren? Con dificultad. Salen de la cárcel debilitados en cuerpo y mente, endurecidos por los malos tratos y la crueldad que sufrieron o de la que fueron testigos allí, amargados por su suerte. Tienen que volver a las mismas condiciones que los convirtieron en unos infractores de la ley en primer lugar, pero ahora se encuentran etiquetados como «criminales», son despreciados, se burlan de ellos incluso sus antiguos amigos, y son perseguidos y acosados por la policía como hombres «con un pasado criminal». No pasa mucho tiempo antes de que la mayoría de ellos se encuentren de nuevo encarcelados.

De este modo da vueltas nuestro tiovivo social. Y durante todo el tiempo las condiciones que han convertido a esos desgraciados en criminales continúan produciendo nuevas cosechas de ellos, y «la ley y el orden» sigue como antes, y el reformador y el político siguen ocupados confeccionando más leyes.

Es un negocio ventajoso ese de hacer leyes. ¿Te has detenido alguna vez a considerar si nuestros tribunales, policía y toda la maquinaria de la denominada justicia desean realmente la abolición del crimen? ¿Le interesa al policía, al detective, al sheriff, al juez, al abogado, a los contratistas de prisiones, a los guardias, tenientes, vigilantes y a los otros miles que viven de la «administración de justicia» que se suprima el crimen? Suponiendo que no hubiera criminales, ¿podrían esos «administradores» mantener sus puestos? ¿Te gustaría poner impuestos para sostenerlos? ¿No tendrían que hacer algún trabajo honesto?

Piensa sobre eso y mira si el criminal no es una fuente de impuestos más lucrativa para los «administradores de justicia» que para los mismos criminales. ¿Puedes creer razonablemente que ellos desean realmente abolir el crimen?

Su «negocio» es apresar y castigar al criminal; pero no les interesa suprimir el crimen, pues es su pan y mantequilla. Esta es la razón por la que no quieren considerar las causas del crimen. Están perfectamente satisfechos con las cosas tal como son. Son los defensores más leales del sistema existente, de la «injusticia» y del castigo, los campeones de «la ley y el orden». Detienen y castigan a los «criminales», pero dejan plenamente tranquilos al crimen y a sus causas.

«¿Pero que es la ley para ellos?», preguntas.

La ley es mantener las condiciones existentes, preservar «la ley y el orden». Constantemente se hacen más leyes, y todas ellas con el mismo objetivo de defender y sostener el estado de cosas presente. «Reformar a los hombres», como dice el «reformador»; «mejorar las condiciones», como te asegura el político.

Pero las nuevas leyes dejan a los hombres como son, y las condiciones permanecen, por lo general, las mismas. Desde que comenzó el capitalismo y la esclavitud asalariada, se han aprobado millones de leyes, pero todavía permanecen el capitalismo y la esclavitud asalariada. La verdad es que todas las leyes sirven tan sólo para hacer al capitalismo más fuerte y para perpetuar el sometimiento de los trabajadores. Es asunto del político, de la «ciencia de la política», hacerte creer que la ley te protege a ti y a tus intereses, siendo así que sirve meramente para conservar el sistema que te roba, te engaña y te esclaviza en el cuerpo y en la mente. Todas las instituciones de la sociedad tienen este único objetivo: infundir en ti el respeto por la ley y el gobierno, hacer que tú reverencies su autoridad y santidad y de este modo sostener la estructura social que descansa en tu ignorancia y en tu obediencia. Todo el secreto del asunto es que los amos desean conservar sus posiciones robadas. La ley y el gobierno son los medios mediante los cuales lo hacen.

No existe un gran misterio en torno a este asunto del gobierno y de las leyes. Tampoco hay nada sagrado o santo en ellos. Las leyes se hacen y deshacen; las leyes viejas quedan abolidas y se aprueban otras nuevas. Todo esto es el trabajo de hombres, un trabajo humano y, por consiguiente, falible y temporal. Pero sean cuales fueren las leyes que hagan y sea cual fuere el modo como las cambies, ellas siempre sirven a un objetivo: obligar a la gente a que haga determinadas cosas, prohibirles o castigarlos por hacer otras. Es decir, el único objetivo de las leyes y del gobierno es gobernar al pueblo, impedir que hagan lo que desean y prescribirles lo que otra gente desea que hagan.

¿Pero por qué hay que impedir a la gente que haga lo que desea? ¿Y qué es lo que desean hacer?

Si examinas esto, encontrarás que la gente desea vivir, satisfacer sus necesidades, disfrutar de la vida. Y en esto toda la gente es igual, como ya he indicado antes. Pero si se le impide a la gente que viva y disfrute de su vida, entonces es que tiene que haber algunos entre nosotros que tienen interés en hacer eso.

Así es lo que ocurre; hay ciertamente gente que no desea que nosotros vivamos y disfrutemos de la vida, porque ellos han suprimido el gozo de nuestras vidas y no desean restituírnoslo. El capitalismo ha hecho esto y el gobierno sirve al capitalismo. Dejar que la gente disfrute la vida, supondría detener el robo y la opresión. Por eso el capitalismo necesita el gobierno, por eso nos enseñan a respetar la «santidad de la ley». Nos han hecho creer que violar la ley es criminal, aunque la violación de la ley y el crimen con frecuencia son cosas enteramente diferentes. Nos han hecho creer que cualquier acción contra la ley es mala para la sociedad, aunque pueda ser mala solamente para los amos y explotadores. Nos han hecho creer que todo lo que amenaza las posesiones del rico es «malo» e «injusto», y que todo lo que debilita nuestras cadenas y destruye nuestra esclavitud es «criminal».

En resumen, en el curso del tiempo de ha desarrollado una especie de «moralidad» que es útil para los gobernantes y los amos tan sólo, una moralidad de clase; en realidad, una moralidad de esclavos, porque contribuye a mantenernos en la esclavitud. Y cualquiera que vaya contra esta moralidad de esclavos es llamado «malo», «inmoral», un criminal, un anarquista.

¿Si te robara todo lo que tienes y luego te persuadiera de que lo que te hice es bueno para ti y que tú deberías guardar mi botín contra otros, no sería esto un truco muy inteligente de mi parte? Me aseguraría en mis posesiones robadas. Supón además que consiguiera también convencerte de que hicieras una norma que ninguno pudiera tocar mi riqueza robada y que yo pudiera continuar acumulando más de la misma manera y que esa ordenación es justa y para tu mejor interés. Si un esquema disparatado así fuera llevado a cabo efectivamente, entonces tendríamos «la ley y el orden» del gobierno y del capitalismo que tenemos en la actualidad.

Está claro, por supuesto, que las leyes no tendrían fuerza alguna si el pueblo no creyese en ellas y no las obedeciese. Por eso la primera cosa que hay que hacer es hacerles creer que las leyes son necesarias y que son buenas para ellos. Y todavía es mejor si puedes llevarlos a creer que son ellos mismos los que hacen las leyes. Entonces ellos estarán deseosos y ansiosos por obedecerlas. A esto se le denomina democracia: conseguir que el pueblo crea que ellos son sus propios gobernantes y que ellos mismo aprueban las leyes de su país. Esta es la gran ventaja que tienen una democracia o una república frente a una monarquía. En los viejos tiempos, el negocio de gobernar y robar al pueblo era mucho más duro y más peligroso. El rey o el señor feudal tenía que obligar al pueblo por la fuerza a servirle. Tenía que alquilar bandas armadas para que sus súbditos estuvieran sometidos y le pagasen el tributo. Pero eso era costoso y molesto. Se encontró una forma mejor al «educar» al populacho para que creyeran que ellos «debían» al rey lealtad y servicio fiel. Entonces el gobernar se convirtió en algo mucho más fácil, pero el pueblo sabía todavía que el rey era su señor y su comandante. Una república, sin embargo, es mucho más segura y más confortable para los gobernantes, pues allí el pueblo se imagina que él mismo es el dueño. Y no importa lo explotados y oprimidos que están; en una «democracia» ellos se creen a sí mismos libres e independientes.

Esta es la razón por la que el obrero medio en los Estados Unidos, por ejemplo, se considera un ciudadano soberano, aunque él no tiene más que decir sobre el gobierno de su país que el campesino muerto de hambre de la Rusia bajo los zares. Piensa que es libre, cuando de hecho es tan sólo un esclavo asalariado. Cree que disfruta la «libertad para la prosecución de la felicidad», cuando sus días, semanas y años, y toda su vida, están hipotecados al patrón de la mina o de la fábrica.

El pueblo bajo una tiranía sabe que está esclavizado y algunas veces se rebela. El pueblo de América está esclavizado y no lo sabe. Por esto no hay revoluciones en América.

El capitalismo moderno es juicioso. Sabe que prospera bajo instituciones «democráticas», con un pueblo que elige a sus propios representantes para los cuerpos legislativos e indirectamente emitiendo un voto incluso para el presidente. Los amos capitalistas no se preocupan de cómo o por quién votas tú, si por la candidatura republicana o demócrata. ¿Qué diferencia hay para ellos? Cualquiera que tú elijas, legislará en favor de «la ley y el orden», para proteger las cosas tal como están. La preocupación principal de los poderes existentes es que el pueblo continúe creyendo y manteniendo el sistema presente. Por eso dedican millones a las escuelas, colegios y universidades que te «educan» a creer en el capitalismo y en el gobierno. La política y los políticos, los gobernadores y los legisladores, todos ellos son sus marionetas. Ellos cuidarán de que no se apruebe legislación alguna contraría a sus intereses. De cuando en cuando aparentarán luchar contra ciertas leyes y favorecer otras, pues de otra manera el juego perdería su interés para ti. Pero sean cuales fueren las leyes, los amos procurarán que ellas no dañen sus negocios y sus abogados bien pagados saben cómo convertir cada ley en beneficio de los Grandes Intereses, como lo prueba la experiencia diaria.

Una ilustración muy llamativa de esto es la famosa Ley Sherman Anti-Trust. La clase trabajadora organizada gastó miles de dólares y años de energía para hacer aprobar esa legislación. Estaba dirigida contra el monopolio capitalista creciente, contra las poderosas combinaciones de dinero que controlaban los cuerpos legislativos y los tribunales y dominaban a los obreros con una mano de hierro. Después de un esfuerzo largo y costoso, por fin se aprobó la Ley Sherman, y los líderes y políticos de los trabajadores, estaban exultantes sobre la «nueva época» creada por la ley, tal como ellos aseguraban con entusiasmo a los trabajadores.

¿Qué ha realizado la ley? No ha alcanzado a los trust; éstos permanecen sanos y salvos; de hecho, los trust han crecido y se han multiplicado. Ellos dominan el país y tratan a los obreros como a esclavos abyectos. Son más poderosos y gozan de más prosperidad que nunca.

Pero al Ley Sherman realizó una cosa importante. Fue aprobada especialmente en «interés de los trabajadores», pero la han convertido en una ley contra los obreros y sus asociaciones. Ahora se usa para destruir las organizaciones de los trabajadores como algo que «impide la libre competencia». Las asociaciones de trabajadores se encuentran ahora amenazadas constantemente por esa ley antitrusts, mientras que los trusts capitalistas siguen su camino sin ser molestados.

Amigo mío, ¿necesito hablarte de los sobornos y la corrupción de la política, de la corrupción de los tribunales y de la vil administración de la «justicia»? ¿Necesito recordarte la gran Teapot-Dome y los escándalos sobre los arrendamientos petrolíferos, y los mil y un casos menores de la actualidad diaria? Sería insultar tu inteligencia detenerme en estas cosas conocidas universalmente, pues forman parte esencial de toda política en cualquier país.

El gran mal no es que los políticos estén corrompidos y que la administración de la ley sea injusta. Si fueran ésas las únicas desgracias, entonces podríamos intentar, como el reformador, «purificar» la política y trabajar por un más «justa administración». Pero no es eso lo que contribuye la desgracia real. La desgracia no reside en la política impura, sino en que todo el juego de la política está podrido. La desgracia no reside en lo que falta en la administración de la ley, sino en que la ley misma es un instrumento para subyugar y oprimir al pueblo.

El sistema entero de la ley y el gobierno es una máquina para mantener a los obreros esclavizados y para robarles su esfuerzo. Toda «reforma» social, cuya realización depende de la ley y del gobierno, está ya condenada, como resulta de eso, al fracaso.

«Pero el sindicato», exclama tu amigo, «el sindicato es la mejor defensa del obrero».

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